Opinión
GUERRILLAS CHIHUAHUENSES DE LOS 60 POR VICTOR OROZCO. parte 5
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hace 11 añoson
El sentido de justicia social, el espíritu de solidaridad, la generosidad juvenil, el convincente argumento de que en México se necesitaba una nueva revolución, las apresuradas pero penetrantes lecturas de escritores marxistas: todo ello se amalgamó y pudo confluir hacia la lucha armada cuando hubo alguien que no se contentó con cantar loas a la gesta cubana, sino que pasó de las palabras a los hechos, cruzando el famoso “Hic Rhodus, hic salta!” (“¡Aquí es Rodas, salta aquí!”,por la fábula de Esopo) de los revolucionarios. Ya para el verano de 1965, varios activistas universitarios, hablaban de seguir la “línea de Gámiz”.
La decisión de atacar un cuartel militar cambiaba la perspectiva política de la guerrilla. Hasta entonces se había mantenido un campo de negociación con el gobierno en tanto que los ataques se dirigían sobre todo al gobernador y a los remanentes de cacicazgos locales. Entre muchos intelectuales, periodistas, maestros, provenientes de las viejas guardias agraristas, del cardenismo o en general de las visiones más radicales de la revolución mexicana, el presidente en turno de la República tenía siempre a su favor el beneficio de la duda, respecto a su comportamiento, no obstante que éste supusiera represiones y acciones contra sectores populares. Casi siempre éstas eran atribuidas a funcionarios menores, a los gobernadores y en última instancia a núcleos políticos y económicos que saboteaban la obra revolucionaria. Se trataba del viejo juego en el que casi todas las burocracias políticas que duran suficiente tiempo en el poder terminan por hacerse maestras.
Y si bien es cierto que a mediados de los sesenta franjas políticas de la izquierda, ya fuera de los dos partidos en que ésta se representaba, el PPS y el PCM, o fuera de ellos, rompían lanzas en contra de la ideología de la revolución mexicana, sus exponentes podían todavía sobrevivir en el escenario político y aun tener acceso a espacios limitados en algunos medios de comunicación. Para ellos –quizá fue Vicente Lombardo Toledano su autor– se acuñó la despectiva frase de “izquierda delirante”. Sin embargo, entre consignar en un documento, escribir un artículo de prensa o exponer en una tribuna, la idea de la necesidad de una nueva revolución y asaltar un cuartel federal para proclamar su comienzo, mediaba un abismo político. En ambos bandos se entendía esto con claridad. De allí en adelante no habría ninguna posibilidad de dar marcha atrás o de negociar alguna salida al conflicto. No en 1965 y con Díaz Ordaz en la presidencia de la república.
Por otra parte, apenas el año anterior el entonces candidato presidencial había tenido una mala experiencia en Chihuahua. En Ciudad Juárez le arrojaron huevos podridos y en la capital ocurrió un zafarrancho en el curso del cual llovieron palos sobre la comitiva del candidato y luego fueron incendiados tanto el templete del mitin como la fachada de la presidencia municipal. No obstante que todos los elementos de juicio revelaban que no existió ningún preparativo o conspiración, las autoridades locales procedieron a detener a dirigentes normalistas y campesinos, de acuerdo con el rápido juicio del general-gobernador: “fueron los palominos” –aludiendo a Ramón Danzós Palomino, candidato del FEP–. Varios de los candidatos de esta organización fueron detenidos y por varios meses se mantuvo encarcelados a Álvaro Ríos dirigente campesino en Durango y Chihuahua, y a Hilario Carmona, estudiante normalista. Ello motivó una marcha campesina-estudiantil del norte de Durango hasta Chihuahua para exigir la libertad de los detenidos, participando en ella Pablo Gómez y Óscar González. La lectura de periódicos y documentos diversos de la época nos dan cuenta de la inicua arbitrariedad policiaca que imperaba y de la polarización de fuerzas que se estaba generando.
http://madera1965.com.mx/ | Exigien la libertad de estudiantes ante el procurador Hipólito Villa
Por esos mismos meses se produjo el espaldarazo político del general Lázaro Cárdenas a la candidatura de Gustavo Díaz Ordaz. Símbolo viviente de la revolución mexicana, Cárdenas contribuyó con este acto a robustecer la idea de que el árbol torcido ya no tenía remedio, sobre todo en un estado en el que campeaban las agresiones y la represión del gobierno contra la oposición de izquierda. En medio de todo este ambiente mundial, nacional y local, se fue abriendo paso el nuevo proyecto revolucionario, que descansaba en la estrategia del foco guerrillero, por entonces ensayado en Colombia y Venezuela, con el apoyo cubano. A diferencia de estos casos, en México la guerrilla nacía aislada en el ámbito internacional, porque el precio pagado por el gobierno cubano al apoyo diplomático mexicano, en medio del acoso de Estados Unidos, era abstenerse de prestar ayuda o estimular de cualquier manera a grupos armados en México, compromiso que La Habana honró a cabalidad.
No obstante que durante 1964 y los primeros meses del siguiente año ya se habían producido varios enfrentamientos entre el grupo embrionario de la guerrilla y agentes de la policía del estado, el inicio de la lucha armada “en serio”, se produciría con el ataque a un cuartel militar. Los dirigentes escogieron el ubicado en Ciudad Madera, en la vía del ferrocarril Chihuahua al Pacífico, en su ramal que une a La Junta o Villa Adolfo López Mateos con Ciudad Juárez. La población tenía por entonces unos 10 mil habitantes, dedicados a la agricultura, la ganadería, la explotación forestal y con un floreciente comercio. Se había formado a principios de siglo, cuando la oligarquía chihuahuense agrupada en el clan Terrazas-Creel, junto con inversionistas norteamericanos, había decidido abrir el gran macizo forestal chihuahuense al mercado mundial. Para ello se construyó el ferrocarril y Ciudad Madera fue sede de grandes aserraderos y talleres mecánicos. En uno de ellos, un hábil tornero fabricó el primer cañón que usaron las fuerzas revolucionarias, usando el eje de una locomotora. La zona se ubica en lo que Fernando Jordán llamó la “longitud de Guerra”, por haber sido escenario de resistencias y luchas armadas desde el siglo XIX.
http://madera1965.com.mx/ | Armas que portaban los guerrilleros
La guarnición militar usaba como cuartel algunas de las barracas construidas por las compañías madereras. ¿Por qué seleccionaron los guerrilleros este recinto del ejército para iniciar la lucha armada? Podría pensarse que se trató de una imitación extralógica del correspondiente ataque al Cuartel Moncada doce años antes por los revolucionarios cubanos. Podría ser, pero desde el año anterior, Arturo Gámiz y Salvador Gaytán habían anunciado en una carta publicada el 11 de septiembre en el periódico Índice, que castigarían a los soldados que eran empleados como instrumentos por los caciques para agredir a los campesinos. Declaraban que si bien no tenían nada contra aquéllos que estaban en el servicio por razones económicas y que eran “hermanos de clase”, también anunciaban que no se detendrían en su lucha incluso contra el ejército mexicano. También estaba entre los propósitos de los guerrilleros mostrar a los campesinos que se podía vencer al ejército y no sólo a las “acordadas”.
El asalto guerrillero supuso que el factor sorpresa eliminaría todas las desventajas, entre ellas la numérica y la del armamento. Óscar González relató después que fueron trece los atacantes, pues varios de los convocados no llegaron a la cita por diversas razones. Se enfrentaban a 125 soldados que poseían fusiles M-1 y ametralladoras, en tanto los insurrectos portaban rifles de diversos calibres, entre ellos una escopeta y un 22. También las consabidas “granadas” artesanales. Atacaron poco antes de que amaneciera, disparando sobre los soldados que se dirigían a tomar el “rancho”, conminándolos a rendirse.
Cortesía | Cuartel militar al momento del ataque
El resto de la tropa se parapetó con rapidez y comenzó su ofensiva, que acabó más o menos pronto. Los atacantes fueron tomados entre dos fuegos, pues un rondín de la tropa que vigilaba la ciudad comenzó a dispararles por la espalda, cortándoles la retirada. Ocho guerrilleros fueron acribillados, la flor y nata de la dirección campesina radical en Chihuahua. Cayeron allí Arturo Gámiz García, profesor rural y principal dirigente de la guerrilla; Pablo Gómez Ramírez, médico y profesor; Emilio Gámiz García hermano de Arturo, estudiante; Antonio Scobell, campesino; Óscar Sandoval Salinas, estudiante de la Escuela Normal del Estado; Miguel Quiñones, profesor rural en Arisiáchi, Guerrero; Rafael Martínez Valdivia, profesor rural en Basúchil, Guerrero, y Salomón Gaytán, campesino de Dolores, Madera. Murieron también el teniente Marcelino Rigoberto Aguilar; los sargentos Nicolás Estrada Gómez y Moisés Bustillo Orozco, el cabo Felipe Reyna López y los soldados Jorge Velázquez y Virgilio Yáñez Gómez.
Todos fueron sepultados en una fosa común, sin ataúdes. Los militares recibieron los honores de ejército y la bendición del párroco del lugar, que la negó a los rebeldes. Ninguna gallardía mostraron los altos mandos de las fuerzas armadas ante un grupo de valientes que desde mucho antes habían expuesto sus objetivos políticos y sus ideales. “Querían tierra, échenles hasta que se harten”, dijo el gobernador, resentido porque antes le habían lanzado un desafío: “…nos gustaría verlo acá en la sierra, al frente de sus tropas, para que convenza de un par de cosas: es fácil mandar soldados a la muerte; es fácil lanzar insultos a las maestras y a los estudiantes ahí en su oficina, valiéndose del cargo que tiene. Lo difícil es empuñar un arma, introducirse en la sierra y hacernos frente”.
Después del combate, la fuerza aérea mexicana quiso hacer una demostración de poder y envió varios aviones que sobrevolaron la zona, y luego lanzó a un cuerpo de paracaidistas para localizar a los fugitivos. Ninguno fue encontrado.
De hecho, todas las fuerzas políticas condenaron o reprobaron el intento guerrillero, desde diversos ángulos. No vale la pena recordar lo que dijeron los voceros del PRI, porque se puede colegir sin ningún esfuerzo. El PPS y la UGOCM se deslindaron de sus ex miembros, aunque reconocieron que en Chihuahua existían caciques que propiciaban estas acciones desesperadas, para hacer énfasis en que apoyaban la política agraria del presidente Díaz Ordaz. El Partido Comunista Mexicano, en un largo comunicado, al estilo de la época, sentenciaba:
“El PCM estima que los ideales democráticos que sostuvieron y por los cuales ofrendaron su vida los jóvenes masacrados en Madera, son ideales justos. Y que se impondrán. Lo erróneo y lo que lleva inevitablemente al fracaso son los métodos, es la línea táctica, una concepción de la lucha basada en la falsa idea de que la revolución no la hacen las masas sino los pequeños grupos de revolucionarios que se lanzan solos al ataque. De lo anterior se deduce la inmensa responsabilidad moral en que incurren los que ideológicamente alientan la línea táctica por la que se han guiado Gámiz y sus compañeros… Llama a los obreros, a los campesinos, a los estudiantes de Chihuahua a reforzar las filas del partido, a cohesionarse en las organizaciones que ofrecen una salida revolucionaria a los graves problemas por que atraviesan las masas del estado, como la Central Campesina Independiente y la Central Nacional de Estudiantes Democráticos”.
Entre los intelectuales de la época, Víctor Rico Galán, representativo por entonces del sector de la izquierda “delirante”, escribió sobre la táctica militar equivocada que siguieron los guerrilleros, apoyando su lucha. José Santos Valdez, maestro y amigo personal de Pablo Gómez y de Miguel Quiñónez, los recordó con afecto y encomió sus altas cualidades, pero al final estimó que habían caído en una provocación de alguien desconocido. Flaco favor del viejo y bien intencionado maestro rural a los caídos. La realidad es que adoptaron a plena conciencia la vía de la lucha armada. Más precavido, el destacado pintor Alberto Carlos, tituló a su bello y conmovedor cuadro: …Ellos sabían por qué.
Meses más tarde arribó a Chihuahua el general Lázaro Cárdenas, acompañado de su hijo Cuauhtémoc y de Leonel Durán. Visitó la zona y se entrevistó con grupos de campesinos, profesores y simpatizantes. Se dijo entonces que había presentado un amplio informe sobre la situación social, al presidente de la República.
En las semanas, meses y años siguientes se intensificó el reparto agrario hasta la distribución del inmenso latifundio maderero Bosques de Chihuahua, propiedad del consorcio Vallina-Trouyet-Alemán. Se formaron nuevos centros de población en la zona, afectándose latifundios denunciados por los insurrectos.
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Opinión
Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.
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hace 2 semanason
May 29, 2026
Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.
La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.
Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.
Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia, secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.
No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.
Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.
Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el temporal amaina.
Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.
Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.
Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:
«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.
Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.
Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.
Parece un político concentrado en administrar daños.
Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta rentable.
La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.
Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.
Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.
Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.
Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.
Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador
Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.
Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.
Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los
estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.
Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.
Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.
Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.
Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un
juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.
Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.
Esa es la verdadera decadencia.
No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.









