Opinión
El detrimento del simbolismo. Por Itali Heide
No solemos pensar en lo mucho que vivimos a través de los símbolos que nos rodean. Reconocemos nuestro signo del zodiaco, usamos palomas blancas en las bodas, nos deleitamos en la libertad del vuelo de las mariposas monarca, demostramos nuestro amor con rosas rojas y enviamos emojis para reflejar nuestras emociones.
Los símbolos sirven de guía para mostrarnos cómo y en qué concentrar nuestras emociones y, lo más importante, pueden cambiar nuestro comportamiento. Un octágono rojo nos indica que debemos parar el carro. Una cruz transmite creencias religiosas. Una señal de peligro nos impide ingerir veneno. Queramos o no, hemos creado una red de entendimiento que supera la lingüística y se sumerge en la profundidad visual de nuestra humanidad.
La historia de los símbolos se puede enmarcar como un largo camino hacia la simplificación. Los símbolos más reconocidos son claros y concisos, excluyendo lo que no es esencial. Pareciera que los seres humanos siempre han buscado simplificar su existencia, pero en la era de consumo se ha vuelto un detrimento a la sociedad. Me declaro culpable de responder mensajes con stickers o GIFs en lugar de encontrar las palabras para contestar con atención e interés. En lugar de platicar mis preocupaciones generales de la vida y crisis existenciales con amigos, comparto memes aludiendo a la pérdida de salud mental. Me encuentro relacionadándome más con los TikToks que con las personas. Un exceso de simbolismo me han simplificado la vida, pero a cambio de mi conexión con la vida real.
Parece que hay tantas cosas a nuestro alrededor, que tomamos el camino fácil cuando se trata de relacionarnos con los demás. Si añadimos una pandemia mundial a la ansiedad ya existente que viene como un combo con la existencia como humano, la comunicación se vuelve aún más agotadora. ¿Hay algo que podemos hacer para cambiar el rumbo que tomamos? Está claro que cambiar la forma en que nos hemos acostumbrado a vivir es más difícil de lo que parece. Sin embargo, las cosas que son difíciles suelen merecer la pena.
Debemos superar nuestra necesidad de gratificación instantánea, respuestas rápidas y clics sin sentido. Si tenemos que vivir en la era de Internet, asegurémonos de utilizarla correctamente. Cada día es una nueva oportunidad para establecer conexiones, iniciar conversaciones, abrir mentes y estimular nuestros pensamientos. Nos hemos convertido en los robots que tememos que nos gobiernen algún día, y la única manera de evitar la zombificación de nosotros mismos es despertar del sueño del simbolismo vacuo.
Opinión
Andy: un apellido no basta. Por Caleb Ordóñez T.
Andrés Manuel López Beltrán heredó uno de los apellidos más poderosos de México. También heredó algo mucho más difícil de cargar: la costumbre nacional de nunca verlo a él, sino siempre a través de su padre.
Ser hijo de un expresidente ya es complicado. Serlo de Andrés Manuel López Obrador es otra categoría: crecer bajo la sombra de un hombre al que millones consideran el político más transformador de su generación y otros millones culpan de buena parte de los problemas del país. AMLO no admite tibieza. Y ahora Andy descubre que la polarización también se hereda, con intereses acumulados.

Caleb Ordoñez Talavera
Durante años estuvo cerca del poder institucional sin asumir formalmente sus costos. Participó en la construcción del movimiento de su padre, tuvo influencia real dentro del obradorismo, pero respetó, al menos públicamente, el acuerdo familiar de no buscar cargos de elección mientras López Obrador gobernara. El sexenio terminó. El acuerdo, también.
El aparato
En 2024, Andy asumió la Secretaría de Organización de Morena, el puesto que en cualquier partido mexicano equivale a controlar buena parte del músculo: padrón, estructura territorial y movilización. Bajo su gestión, Morena presumió haber superado los 12 millones de militantes, una cifra extraordinaria que también despertó cuestionamientos sobre el proceso de afiliación. El partido la presenta como prueba de que el movimiento puede seguir creciendo aun sin su fundador al frente.
Después, de pronto, prácticamente desde la nada, dejó el cargo para buscar una diputación federal por Tabasco en 2027. Quizá sea un movimiento inteligente (o un salvavidas político) pues cambia el control del aparato por legitimidad de urna, algo que ningún acuerdo familiar ni ninguna cercanía con Palacio Nacional pueden regalarle. Es también, para sus adversarios, la prueba de que el heredero necesita ahora un mandato propio porque el apellido, por sí solo, empieza a no bastarle, sino a molestarle.
El símbolo que no calculó
El viaje a Japón fue el primer costo político serio de esa transición. Las imágenes y los señalamientos sobre hospedajes costosos chocaron frontalmente con la palabra que su padre convirtió en columna vertebral del obradorismo: austeridad. López Beltrán respondió que pagó el viaje con recursos propios y habló de un linchamiento. Puede tener razón en lo legal. El problema nunca fue si tenía derecho a gastar su dinero; fue no anticipar que, siendo quien es, ese gasto se leería como traición simbólica antes que como libertad personal.
Ningún asesor de López Obrador habría permitido esa fotografía. Y esa distancia entre el instinto político del padre y el del hijo dice más sobre Andy que cualquier discurso.
La carta que no le correspondía escribir
La revocación de su visa estadounidense abrió un capítulo distinto y aquí conviene la precisión: una decisión migratoria no es una sentencia. Hasta ahora no existe una acusación penal pública en Estados Unidos contra López Beltrán, y tratarlo como culpable a partir de una visa revocada sería tan irresponsable como el linchamiento que él mismo denuncia.
Lo que sí es criticable es la respuesta. Escribirle directamente a Donald Trump para reclamar una persecución política no es un exceso de carácter: es una confusión de investidura. México tiene Presidenta, canciller y embajada para gestionar la relación bilateral. Andy no conduce esa política exterior ni representa al Estado mexicano. Al actuar como si lo hiciera, no demuestra fuerza: demuestra que todavía no distingue entre tener influencia dentro de un movimiento y tener autoridad de Estado. Es exactamente el tipo de error que un político con oficio, empezando por su padre, difícilmente habría cometido en público.
El heredero imposible
Ahí está la verdadera paradoja de Andy: el apellido le abre prácticamente cualquier puerta política y, al mismo tiempo, le impide construir algo que sea solamente suyo. Quienes aman a López Obrador buscarán al padre dentro del hijo y se decepcionarán cuando no lo encuentren. Quienes lo detestan le cobrarán al hijo cuentas que nunca fueron suyas. Ambas cosas son injustas. Ninguna es evitable.
Andy puede heredar el obradorismo, pero no puede heredar a AMLO.
López Obrador dejó una consigna que sus seguidores repiten como mandamiento: no mentir, no robar, no traicionar al pueblo. Si Andy quiere una herencia real (no una curul, no una secretaría, no una multitud prestada) probablemente esa frase sea lo único que valga la pena reclamar como suyo.
Porque Andrés Manuel López Obrador tardó casi cuatro décadas en convertirse en AMLO. Su hijo nació siendo “Andy”. Si quiere hacer historia propia, tendrá que conseguir algo mucho más difícil que heredar el poder: lograr que México deje de preguntarse de quién es hijo.
-
México4 días ago
Nueva licencia de Rocha Moya ‘es lo mejor para Sinaloa’, asegura Sheinbaum
-
Política2 días agoChihuahua dará un gran ejemplo nacional; no permitiremos la llegada de la 4T: Alan Falomir
-
México2 días ago
Sheinbaum califica como ‘entreguista y traidor’ a ‘Alito’ Moreno
-
México2 días ago
Sheinbaum califica como ‘entreguista y traidor’ a ‘Alito’ Moreno
