Opinión
Un mundo moribundo, y yo. Por Itali Heide

Itali Heide
Como muchos jóvenes de mi edad, estoy a punto de graduarme en la universidad. Después de cuatro años tratando de prestar atención a las eternas clases, de pasar las tempranas horas de la madrugada escribiendo ensayos, de averiguar cómo trabajar en equipo con personas con las que no puedo relacionarme y de navegar por el intenso sistema burocrático de los eternos asuntos que hay que resolver en las oficinas de los despachos in-entendibles, me siento más perdida que cuando empecé.
No sólo me estoy dando cuenta de que debí haber prestado más atención, haberme esforzado más por alcanzar los niveles más altos de las calificaciones y haberme saltado menos clases de las que me escapé para jugar al UNO con mis amigos en la explanada, sino que también estoy terriblemente confundida y asustada por ver lo que me espera en el futuro. Para ser justos, he pasado el 80% de mi vida sentado en un aula que no me preparó para las realidades de la vida.
Nadie me enseñó que me pasaría los veinte años con un miedo existencial constante. Nunca me informaron de que los traumas que creía que podía ignorar me perseguirían cuando la inocencia de la infancia y el distanciamiento de la adolescencia acabaran. Me creía invencible, indestructible, invulnerable, imbatible. La creencia de que la vida sería mejor cuando tuviera libertad era un sueño con el que fantaseaba a cada momento.
La realidad es mucho más sombría de lo que pensaba: no sé quién soy, en quién quiero convertirme, qué quiero hacer, ni a quién quiero adoptar como mi familia sin sangre. El mundo que me prometieron está lleno de mucha más confusión, dolor y dificultades de lo que pensaba. Encontrar un trabajo que me guste es tan difícil como encontrar una aguja en un pajar. Mantener el contacto con los amigos que una vez conocí es intentar reavivar un fuego que ya no se puede salvar. Sentirse satisfecho parece una imposibilidad total, y el pánico existencial invade cada uno de mis pensamientos.
No puedo evitar preguntarme si las generaciones anteriores también pasaron por esto. ¿Era más fácil entonces? La norma era terminar unos estudios, ganar algo de dinero, casarse, formar una familia, comprar una casa y salir adelante. No parecía haber tiempo para preguntarse qué nos deparaba la vida, ya que estaba prácticamente predeterminada por lo que habían hecho todas las generaciones que les precedían.
Ahora, comprar una casa es un sueño que dudo que llegue a cumplir, pagando precios demasiado altos por el alquiler hasta el día de mi muerte. Creo que ni siquiera podré plantearme tener hijos, teniendo en cuenta el estado de un mundo que se está deteriorando. ¿Podré seguir oliendo el aire fresco y recogiendo flores silvestres cuando esté en mis últimos días? La división que se ha combatido durante siglos sigue latiendo su corazón sin descanso, y las redes sociales siguen marcando la pauta de una vida imposible de alcanzar. Mientras los ricos siguen haciéndose más ricos, los más pobres amplían la brecha entre una vida digna que merecen.
No estaba preparada para la vida que me espera después de haber pasado toda mi existencia recibiendo órdenes de sentarme, callarme, hacer tarea, pedir permiso incluso para ir al baño y seguir órdenes. El mundo al que me han lanzado espera que me levante, que hable, que investigue, que tome mis propias decisiones y que sea mi propio líder. El mundo ha cambiado mucho, pero el sistema escolar sigue creando robots que antes podían prosperar en las circunstancias de un mundo más fácil, pero que ahora luchan por encontrar un sentido y una estabilidad en cualquier punto.
Lo último que permanece vivo en mi corazón es la esperanza. Espero sentirme en casa en la tierra algún día. Espero encontrar un trabajo que no me explote. Espero poder llegar a fin de mes y un poco más que eso. Espero encontrar un lugar al que pertenezca. Espero salvar al mundo de la inevitable destrucción del clima. Espero mantenerme alejada del mundo digital que promueve la falsedad por encima de cualquier otra cosa. Espero dejar la tierra en un lugar mejor que cuando llegué. La esperanza es algo que llevo dentro de mí, aunque todos los signos apuntan al inevitable desmantelamiento de las cosas que les resultaron mucho más fáciles a quienes me precedieron.
A fin de cuentas, sigo viva y seguiré estándolo. El sol sigue saliendo, mi gato sigue maullando en mi puerta a la espera de mimos, el aire sigue siendo fresco algunos días, y los traumas de la experiencia vivida no siempre plagan todos mis pensamientos. No quiero ser pesimista, pero parece la única manera de vivir sin volverse absolutamente loco. Con pensamientos de esperanza nadando en mi mente, espero pacientemente pero con ansiedad el mundo que dejaron en ruinas las generaciones pasadas que no pensaron en lo que vivirían sus descendientes.
Opinión
Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.
México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.
¿Por qué Huachicol?
“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera
Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.
Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.
La escoba de Tabasco
Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.
Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.
Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.
El huachicol aprendió a usar corbata
Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.
Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.
Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas
Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.
Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.
Los otros demonios
Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.
López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.
Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.
¿Alguien les pondrá un alto?
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