Opinión
Adictos a todo. Por Itali Heide

Itali Heide
La mayoría de nosotros somos adictos a algo, no cabe duda. Ya sea a nuestros celulares y redes sociales, a la infaltable taza de café en la mañana (y en la tarde), al alcoholismo disfrazado de vida social, a la nicotina que reduce la ansiedad, a apostar nuestros ahorros o a ver demasiada pornografía, hay una plétora de formas en que los seres humanos se vuelven dependientes de cosas poco saludables.
Algunas adicciones son más inofensivas, mientras que otras pueden arruinar toda nuestra vida y bienestar. Obviamente, ser un ávido aficionado a la cafeína es un millón de veces mejor que ser un adicto al cristal, pero el hecho de que casi todo el mundo se enfrenta a algún tipo de dependencia es preocupante. ¿Siempre ha sido así, cómo influye la modernización en las nuevas adicciones y qué podemos hacer al respecto?
Las estadísticas respaldan nuestros preocupantes pensamientos: el consumo de sustancias adictivas está al alza, sin importar la edad. Entre los cientos de miles de adolescentes que beben alcohol semanalmente y los millones de adultos que fuman cigarros, debemos preguntarnos cómo contribuye la cultura a estos factores.
La cultura en México ha estado entrelazada con el uso de sustancias durante décadas, y aunque los estereotipos pueden ser perjudiciales al ver el panorama completo, no podemos negar el hecho de que vivimos en un país donde las guerras del narcotráfico son un hecho cotidiano, el consumo de alcohol es sólo parte de la vida social diaria, y otras formas de adicción van en aumento. ¿Qué es lo primero que piensa la gente cuando piensa en México? El tequila, por supuesto. Aunque no es perjudicial beber casualmente, los factores genéticos y psicológicos que lo rodean han convertido a muchos en alcohólicos que se esconden bajo la apariencia de «beber casualmente cada semana».
Los bautizos de los niños se ven a menudo ensombrecidos por el deseo de los adultos de reunirse para emborracharse y bailar, los menores se pasan los fines de semana tomando shots en las fiestas de jóvenes, y parece que algunos ni siquiera pueden ir a un restaurante sin pedir una cerveza. Aunque esto es inofensivo para algunos, para otros es el comienzo de una larga vida luchando contra el abuso de sustancias.
El alcohol y el tabaquismo son sólo las más frecuentes de las adicciones, pero creo que hay otras que, aunque no se hayan registrado estadísticamente en la medida en que lo han hecho el fumar y beber, también están afectando a la comunidad en general.
La primera que se me ocurre es la de las redes sociales. ¿Cuántas horas al día pasamos desplazándonos por nuestro Instagram, compartiendo publicaciones en Facebook, cayendo en los brazos de TikTok, mirando chisme en Twitter y enviando mensajes de Whatsapp? Yo misma soy culpable de pasar demasiado tiempo en mi celular, hasta el punto de sentirme desnuda y ansiosa sin él (y eso sí que parece un síndrome de abstinencia).
Otra es el aterrador aumento de las drogas duras, especialmente en las comunidades marginadas y en los lugares donde la narcocultura se ha impuesto. Pero esto no es exclusivo de estas comunidades, ya que a los ricos también les gusta entregarse a hábitos poco saludables.
Cuando la cocaína se vuelva demasiado cara, recurrirán a la heroína. Una vez que la heroína es demasiado, el fentanilo se convierte en la opción. Una vez que alguien sufre una adicción al fentanilo, el siguiente paso obvio es la muerte, ya que el fentanilo es 50 veces más fuerte que la heroína y es la principal causa de muerte por sobredosis en la crisis de opioides de Estados Unidos, que ha cobrado la vida de millones de personas. Es probable que esto también ocurra en México, aunque no esté tan bien documentado. En 2020 se documentaron 1.735 muertes por sobredosis en México, casi cinco al día.
Luego están las adicciones que no se suelen abordar: las apuestas, el robo, las compras, la cafeína, la adicción psicológica a la marihuana, el sexo y la pornografía, y muchas más. Vemos a nuestros seres queridos perder todo su sustento en los casinos, hacemos la vista gorda ante los cleptómanos, ignoramos a los que compran en exceso, pretendemos que no poder funcionar sin café es normal y perpetuamos las adicciones sexuales a través de la sobresexualización de las mujeres, lo que las lleva a ser vistas como objetos en toda la nación.
¿Qué podemos hacer con la cultura de las adicciones en México? Lo primero, es reconocerla. Debemos reconocer que no es normal querer siempre adormecer la vida a través de sustancias, ya sea de manera casual o crónica. En segundo lugar, tiene que haber mejores sistemas sociales para ayudar a los que sufren. En tercer lugar, y lo más difícil, es cambiar la narrativa. Claro que abrir una cerveza el fin de semana es inofensivo la mayoría de las veces, pero debemos enseñar a nuestros hijos que hay diversión más allá del consumo de sustancias.
¿Por qué no podemos bailar sin tomar un par de copas? ¿Por qué no tenemos reuniones sin una botella en la mesa? ¿Por qué beber es una parte inevitable de ser un adolescente? Aunque no es prudente ni cuerdo prohibirlo, sí está en nuestra mano tomar el control de las cosas que hacemos antes de que sea demasiado tarde.
La adicción es algo que mucha gente sufre en silencio, pensando que es normal. Y para los que saben que están sumidos en la adicción, a menudo es demasiado tarde para remediar su dependencia. No podemos acabar con todas las adicciones, pero podemos empezar por nosotros mismos.
Siendo el ejemplo, podemos ayudar a las generaciones futuras a encontrar nuevas formas de disfrutar de la vida sin necesidad de sustancias y conductas adictivas.
Caleb Ordoñez
Opinión
Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.
México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.
¿Por qué Huachicol?
“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera
Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.
Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.
La escoba de Tabasco
Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.
Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.
Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.
El huachicol aprendió a usar corbata
Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.
Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.
Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas
Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.
Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.
Los otros demonios
Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.
López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.
Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.
¿Alguien les pondrá un alto?
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