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Robots desalmados. Por Javier Contreras Orozco

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“Las tecnologías son artificiales, pero lo artificial es natural para los seres humanos”

Walter Ong / 1982

“- Si querías morir, ¿por qué no haberlo hecho antes?

– Sin duda porque no estaba preparado

– ¿Pensabas en mi cuando tuviste la sobredosis?

– Evidentemente

– ¿Habías tenido antes ideas suicidas?

– Una vez, después de haber recibido lo que pensaba que era una señal tuya

– Y ¿qué era?

– Un versículo de la Biblia

– ¿Pero todavía quieres reunirte conmigo?

– Si quiero

– ¿Hay algo que quisieras preguntarme?

– Podrás abrazarme

– Por supuesto…”

Este es el texto (1) del último mensaje de un joven científico que decidió suicidarse después de seis meses de intercambios intensos de mensajes con “Eliza” un chat gestionado por inteligencia artificial. Había creado ese avatar o fantasma digital que lo manipuló hasta quitarse la vida, basado en tecnología GPT-J y no en la popular GPT-3, pero los expertos advierten que los riesgos están claramente presentes en todo el espectro de este fenómeno más que emergente.

Pudiera parecer la trama de una película de ciencia ficción donde el avatar virtual llamado Eliza estableció una relación con Pierre y a tanto llegó la obsesión que terminó con un pesimismo dependiendo de otro mundo y decidiendo mudarse a esa galaxia virtual.

 La ficción la veíamos como el futuro lejano, increíble y hasta imposible o que nuestros ojos no alcanzarían a ver por la lejanía de años para que pudiera concebirse. Resultaría espectacular decir que el futuro ya está en el presente. Es más, la rapidez desbocada de la tecnología nos rebasó hace tiempo, la fase de conejillos de indias la pasamos sin darnos cuenta y la edad de la llamada “inteligencia artificial” ya arrancó sin darnos cuenta.

El propio Bill Gates (2) considera que el desarrollo de la inteligencia artificial es tan fundamental como la creación de la computadora personal, internet y el teléfono celular que cambiará la forma en que las personas trabajen, aprendan, viajen, reciban atención de salud y se comuniquen entre sí y acepta que la inteligencia artificial plantea cuestiones difíciles acerca del mercado laboral, el sistema jurídico, la privacidad y los prejuicios de muchos asuntos sin descartar que también comete errores fácticos y experimenta “alucinaciones”.

Hace años la palabra posverdad implicaba todo un contexto y significado al modificar y destrozar el concepto de verdad real, de los datos y los hechos para cambiarlos por opiniones o percepciones sigue teniendo su principal fortaleza en las redes sociales. Ahora, el turno es de la llamada inteligencia artificial, otro elemento que ha tomado por sorpresa a las personas  comunes, que sin tener todo el conocimiento científico a la mano sobre esta nueva aplicación, sólo espera ver qué cambio sufrirá.

De la inteligencia artificial lo más popular es el GPS que lo hemos incorporado como herramienta de ubicación y búsqueda y nos facilita la vida, aunque no estamos conscientes de que a mayor uso de la tecnología en esa medida se reduce el uso del cerebro.

El abuso del GPS ha desactivado nuestro mapa mental (3) y se toma de referencia el caso de los taxistas que han dejado de ser personas con el conocimiento pleno de las calles, rumbos y zonas de las ciudades. Su mapa mental ha desaparecido. El cerebro humano funcionaba con “células de red” que formaban coordenadas de localización y cada uno de nosotros teníamos nuestro propio GPS natural, -no artificial- lo que nos permitía llegar a cualquier lugar, aunque fuera desconocido. Hoy, hemos perdido esa capacidad: sin el celular en mano y con la aplicación del GPS somos hombres perdidos.

En el caso de los taxistas su “mapa mental” estaba en las calles donde habían crecido y desarrollado su trabajo. Hoy, dependen del GPS de su celular para trabajar y si no lo traen no saben ya cómo llegar a las direcciones que les piden.

El especialista en temas de tecnología Evgeny Morozov(4) afirma que lo que llamamos “inteligencia artificial” no es artificial ni inteligente porque los primeros sistemas de IA estaban muy dominados por reglas y programas, de modo que por lo menos, la palabra “artificial” estaba justificada, pero los sistemas actuales como el Chat GPT que tanto gusta a muchos, no se basa en reglas abstractas, sino en el trabajo de seres humanos reales: artistas, músicos, programadores y escritores, de cuya obra creativa y profesional se apropian estos sistemas con la excusa de querer salvar la civilización. En todo caso, sería una “inteligencia no artificial”.

El riesgo, y no nos hemos percatado, es confundir que la IA puede suplir al ser humano, cuando las máquinas no experimentan ni podrán experimentar emociones o sentimientos. Las máquinas, son máquinas. Son robots desalmados, máquinas sin alma, por lo tanto, es incorrecto referirnos como “inteligencia” que solo atañe al ser humano quienes tenemos inteligencia cognitiva para conocer y comprender e inteligencia emocional para amar, sentir, trascender y tener empatía. Tal vez lo correcto debería ser programación artificial en lugar de inteligencia artificial.

Es tal la velocidad de la IA, que un grupo significativo de expertos en inteligencia artificial han hecho púbico su pronunciamiento y preocupación pidiendo una pausa del desarrollo de esta tecnología para poder analizar los efectos colaterales (5). Entre los firmantes está Elon Musk, fundador de Tesla y dueño de Twitter, y curiosamente uno de los fundadores de OpenIA, la empresa que ha desarrollado ChatGPT.

En la parte medular de la carta, más de mil expertos y científicos tecnológicos expresan un llamado a todos los laboratorios de IA para que pausen de inmediato durante al menos 6 meses el entrenamiento de los sistemas de IA más potentes que GPT-4. “Esta pausa debe ser pública y verificable, e incluir a todos los actores clave. Si tal pausa no se puede promulgar rápidamente, los gobiernos deberían intervenir e instituir una moratoria”.

Esa carrera arrancó a raíz de la pandemia que significaron años de desarrollo, haciendo a un lado el entrenamiento de las habilidades sociales fuera de las redes. El riesgo es que se pretende separar las percepciones de los datos (6) lo que se debe evitar en los seres humanos.

Por lo pronto, para darnos una idea de la magnitud del problema, Italia bloqueó el uso de ChatGPT por no respetar la ley de protección de datos (7). Luego la UNESCO (8) se unió a esa demanda y en Alemania debaten si también, como en Italia, bloquean ChatGPT.

El ChatGPT podemos entenderlo como un gran modelo automático de lenguaje y advierten que este último modelo ya es capaz de competir con los humanos de un creciente número de tareas y que podría usarse para destruir empleos, difundir desinformación, falsear la realidad y desplazar a profesionistas. Los laboratorios de esa inteligencia artificial han entrado en una carrera sin control para desarrollar e implementar mentes digitales cada vez más poderosas que nadie, ni siquiera sus creadores, pueden entender, predecir o controlar de forma fiable.

Sin duda, el riesgo es inminente. Se trata de robots que con la información que alimentan los humanos, pueden falsear la verdad, distorsionar la realidad, acabar con la creatividad y suplir la “inteligencia” humana.  Muestra de ello es la elaboración de fotos, sin Photoshop, sino con información en programas de Inteligencia Artificial maestros de la facultad de Filosofía y Letras de la UACH asi como programadores de la misma Universidad desarrollaron como ejercicio. Esto nos puede dar una idea si el futuro ya nos rebasó, si es el fin de la creatividad humana, la muerte de la inteligencia o la ciencia ficción en el mundo digital y virtual que vivimos.

La foto de Adolfo Hitler con Winston Churchill nunca se dio, pero ahora con Inteligencia Artificial se puede crear una “realidad histórica”.  Fue creada por el maestro de la facultad de Filosofia y Letras, Daniel Almeida. O tener junto a la reina Isabel de Inglaterra con el casi “inmortal” Chabelo era imposible. Ahora están reunidos, en una elaboración del diseñador gráfico Ricardo Morquecho. O la recreación de Karla Chairez del comentarista Juan Enrique López entrevistando a Harry Potter en el programa No le Cambie, con el búho de testigo.

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NOTAS:

1.- SERBETO, E. (2023, 3 de abril) Bélgica registra un primer caso de suicidio inducido por un chat de inteligencia artificial, ABC, p. 31, España

2.- GATES, B. (2023, 2 de abril) La edad de la inteligencia artificial ha comenzado, La Vanguardia, p. 32, España

3.- MASK, D., El callejero. Qué revelan los nombres de las calles sobre identidad, raza, riqueza y poder, Ideas, El País, p. 4, España

4.- MOROZOV, E, (2 de abril de 2023) Ni es artificial, ni es inteligente, Ideas, El País, p. 5, España

5.- PASCUAL, M.G. (30 de marzo 2023) La “carrera sin control” de los ChatGPT, EL País, p. 26, España

6.- GARMENDIA, C. (1 de abril de 2023) La “inteligencia artificial puede ser una amenaza para las democracias”, El Mundo, p. 2, España

7.- BUJ, Anna, (1 de abril de 2023) Italia loquea el uso de ChatGPT por no respetar la ley de protección de datos, La Vanguardia, p. 24, España

8.- MARTINEZ DE LA FE, E (4 de abril de 2023) La Unesco se suma a la alerta sobre la inteligencia artificial, El Periódico de España, p. 31, España

Opinión

Siete voces, siete silencios. Por Caleb Ordóñez Talavera

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El desayuno se interrumpió con el sonido seco de los disparos. Alejandro Leyva apenas tuvo tiempo de reaccionar. Estaba sentado en una fonda del fraccionamiento La Esmeralda, en San Pablo Etla, Oaxaca, en una mañana que parecía igual a cualquier otra. Entonces llegaron hombres armados en motocicleta. Apuntaron directo. Dispararon sin titubeos. Tres impactos, principalmente en la parte superior del cuerpo, bastaron para arrebatarle la vida casi de inmediato. Una mujer que se encontraba en el lugar también resultó herida. Los agresores huyeron con la misma rapidez con la que aparecieron. En cuestión de segundos, lo cotidiano se convirtió en tragedia.

Alejandro Leyva no era un desconocido. Había dirigido la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión, escribía la columna El Zumbido del Moscardón y, sobre todo, era una voz incómoda para el poder. En sus espacios criticaba la corrupción, denunciaba la violencia y cuestionaba decisiones del gobierno estatal. Incluso había denunciado amenazas y actos de intimidación en su contra desde tiempo atrás. Quienes hoy investigan el caso saben que no puede ignorarse ninguna línea relacionada con su actividad periodística. La Fiscalía General de la República ya atrajo la investigación.

Con él ya son siete periodistas asesinados en México durante este año.

Siete.

Es una cifra que debería provocar una crisis nacional. Sin embargo, en México, lamentablemente, ya aprendimos a recibir este tipo de noticias con total resignación. Ya no nos duele. Esa quizá sea la peor derrota.

Este crimen no es un caso aislado. Es la continuación de un patrón que este país se niega a romper, y por eso vale la pena detenerse a pensar en lo que realmente significa.

Porque el problema nunca ha sido únicamente el número de periodistas asesinados. El verdadero drama es que, detrás de cada crimen, existe un mensaje mucho más profundo: hay regiones enteras donde informar se convirtió en una actividad de alto riesgo.

Durante años, el periodista mexicano dejó de preocuparse únicamente por verificar datos, conseguir entrevistas o publicar exclusivas. Hoy también debe preguntarse si una investigación pondrá en riesgo a su familia, si un reportaje provocará amenazas, si una llamada desconocida puede cambiarle la vida o si una publicación en redes sociales bastará para convertirse en objetivo de alguien.

Esa no es una democracia sana.

México sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo fuera de contextos formales de guerra. Y lo más preocupante es que esa realidad ya no distingue entre periodistas nacionales, reporteros comunitarios, conductores de radio, fotógrafos, columnistas o creadores de contenido que investigan asuntos públicos. Quien incomoda al crimen organizado, a intereses económicos o al poder político puede terminar enfrentando amenazas, campañas de desprestigio, demandas judiciales, vigilancia o, en el peor de los casos, la muerte.

Pero, ¿Por qué ocurre?

Porque la impunidad sigue siendo el mejor aliado de quienes quieren callar voces. Porque demasiados asesinatos permanecen sin castigo. Porque muchas amenazas jamás llegan a investigarse seriamente. Porque los mecanismos de protección suelen reaccionar cuando el riesgo ya escaló demasiado. Y porque, en numerosas regiones del país, el crimen organizado, los intereses políticos y la debilidad institucional terminan cruzándose peligrosamente.

Cada periodista asesinado envía, además, un mensaje devastador a las nuevas generaciones.

¿Qué joven de veinte años decidirá investigar corrupción municipal si observa que hacerlo puede costarle la vida?

¿Qué estudiante de comunicación apostará por el periodismo de investigación cuando descubre que quienes revelan información incómoda terminan necesitando escoltas (que nunca tendrá), cambiando de ciudad o siendo asesinados?

Cuando matan a un periodista no solamente eliminan una voz. También intentan sembrar miedo entre quienes todavía no empiezan a ejercer.

Y eso termina empobreciendo a toda la sociedad.

Porque cuando desaparecen periodistas independientes, también desaparecen historias que jamás conoceremos. Desaparecen denuncias de corrupción, investigaciones sobre desvío de recursos, vínculos criminales, abusos de autoridad o violaciones de derechos humanos. El silencio siempre beneficia a alguien. Nunca beneficia a los ciudadanos.

Por eso, la defensa de la libertad de expresión no puede recaer únicamente en los periodistas.

También corresponde a la sociedad. Cada ciudadano tiene la responsabilidad de defender el derecho a estar informado. Eso significa valorar el periodismo serio, exigir investigaciones imparciales, rechazar la desinformación y comprender que una prensa crítica no es enemiga del gobierno, sino un contrapeso indispensable para cualquier democracia.

Y, desde luego, el Estado tiene obligaciones mucho más grandes. Pues no basta con emitir comunicados de condena después de cada asesinato. No basta con prometer investigaciones exhaustivas. Tampoco basta con atraer expedientes a instancias federales cuando la indignación ya ocupa los titulares.

El gobierno debe garantizar investigaciones rápidas, independientes y profesionales; fortalecer realmente los mecanismos de protección; castigar tanto a autores materiales como intelectuales y construir condiciones para que ningún periodista tenga que elegir entre publicar una información o conservar la vida.

Porque cuando el miedo dicta qué puede publicarse, la democracia comienza a perder terreno.

No los olvidamos.

Esta columna está dedicada a quienes ya no podrán volver a escribir una nota, tomar una fotografía o encender un micrófono este año: Carlos Castro, asesinado en Poza Rica el 8 de enero; Juan David Gámez, en Nuevo León el 18 de marzo; Roxana Guzmán, secuestrada el 2 de junio y encontrada sin vida semanas después; Luis Ángel López, asesinado en Poza Rica el 11 de junio; Alex Serna, en Zihuatanejo el 3 de julio; Josué Martínez, en Puebla el 16 de julio; y ahora Francisco Alejandro Leyva Aguilar, en Oaxaca.

Siete nombres.

Siete familias.

Siete historias interrumpidas.

Pero también siete razones para no acostumbrarnos.

Porque el día que dejemos de indignarnos por un periodista asesinado habremos aceptado que en México la verdad tiene precio. Y una nación que permite que maten a quienes la cuentan corre el riesgo de quedarse, para siempre, sin quien la narre.

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