Opinión
La Paz. Por Raúl Saucedo
Matices de la armonía
El Premio Nobel de la Paz, una distinción que ha iluminado los esfuerzos por la paz mundial desde su creación en 1901, es un símbolo de esperanza y reconocimiento para aquellos que han dedicado sus vidas a la construcción de un mundo más armonioso. Sin embargo, a lo largo de los años, este prestigioso galardón ha estado envuelto en polémicas, cuestionamientos y debates sobre su impacto real y sus criterios de selección.
Alfred Nobel, el inventor de la dinamita (Que se usa para explosivos y eventualmente para la guerra) , estableció el Premio Nobel de la Paz en su testamento como un medio para honrar a aquellos que contribuyen significativamente a la promoción de la fraternidad entre naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de congresos de paz. Desde entonces, el premio ha pasado por diversas etapas, reconociendo a líderes, movimientos y organizaciones a nivel mundial que han dedicado sus esfuerzos a la resolución pacífica de conflictos y la defensa de los derechos humanos.
A pesar de su noble intención, el Premio Nobel de la Paz no ha escapado de las críticas. Algunas controversias han surgido debido a la elección de laureados que, con el tiempo, se vieron involucrados en acciones contradictorias con los principios de paz que el premio pretende representar. Además, la falta de transparencia en los procesos de selección ha generado desconfianza en algunos sectores, llevando a cuestionamientos sobre la objetividad y la política detrás de las decisiones.
Uno de los momentos más polémicos han sido las nominaciones del premio tales como a personajes históricos como Stalin, Hitler, Benito Mussolini concesión del premio a figuras políticas como Barack Obama, Yasser Arafat cuyas acciones no siempre reflejaron un compromiso inquebrantable con la paz. Esto plantea la pregunta: ¿debería el premio ser otorgado basándose en acciones pasadas o en el compromiso futuro real hacia la construcción de la paz?
A pesar de las críticas, el Premio Nobel de la Paz ha demostrado ser una herramienta poderosa para resaltar y respaldar iniciativas pacíficas en todo el mundo. Ha elevado la conciencia global sobre cuestiones cruciales, desde el desarme nuclear hasta los derechos humanos, proporcionando a los galardonados una plataforma para impulsar sus causas y hacer eco en la sociedad.
Sin embargo, los desafíos actuales del mundo, como los conflictos armados persistentes en diferentes partes del mundo, la crisis climática y la desigualdad social, plantean preguntas sobre la efectividad del premio para generar un cambio real y duradero. ¿Es suficiente un reconocimiento simbólico o se requieren medidas más concretas para abordar los problemas fundamentales que amenazan la paz mundial?
A medida que el mundo evoluciona, el Premio Nobel de la Paz también debe adaptarse para seguir siendo relevante y eficaz. Es fundamental abordar las críticas y mejorar la transparencia en el proceso de selección. Además, el premio podría ampliar su enfoque para incluir a aquellos que trabajan en áreas emergentes, como la ciberseguridad y la diplomacia digital, que desempeñan un papel crucial en la prevención de conflictos en la era moderna en la que vivimos.
En estos dias la polémica se realizará mientras las nominaciones estarán en encabezados periodísticos donde no nos sorprenda que algún líder latinoamericano aparezca en la lista y nos preguntamos si realmente son merecedores de la nominación y quizá eventualmente galardón.
A pesar de la evidente inseguridad con la cual vive la mayoría de los mexicanos en los últimos 15 años, México es un país una paz donde la mayoría de sus habitantes no conoce la guerra salvo en películas y series de streaming.
Todo este contexto me viene a la mente cuando la mayoría de los “no violentos” se manifiestan paradójicamente con violencia frente a los tradicionales tacos villa melón y en su derecho de ser escuchados se creen poseedores de la verdad misma que es reflejo soberbia propia del ser humano, la pregunta es ¿la violencia selectiva de la humanidad es merecedora de las nominaciones al premio nobel? Quizá algún antihéroe de las películas de Marvel o DC nos tengan una respuesta.
@Raul_Saucedo
rsaucedo@uach.mx
Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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