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Sectur y Conade forman alianza estratégica para fortalecer el turismo deportivo

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La secretaría de Turismo del Gobierno de México, Josefina Rodríguez Zamora, y la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade), a cargo de Rommel Pacheco Marrufo,anuncian estrecha colaboración, con el fin de promocionar la riqueza cultural de los estados a través del deporte.

Acapulco será sede de destacadas justas deportivas internacionales en 2024, aseguraron la secretaria de Turismo y el titular de la Conade.

La secretaria de Turismo de México, Josefina Rodríguez Zamora, y el director general de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade), dieron a conocer la formación de una alianza estratégica, que tiene el objetivo de promocionar la grandeza y riqueza cultural de los estados, a través del deporte.

Refirieron que esta colaboración es una gran oportunidad para lograr que, por medio de los diferentes eventos deportivos internacionales de alto impacto, se logre atraer a un segmento turístico especializado que disfruta de la pasión deportiva en sus distintas disciplinas, además de ser una oportunidad para que las sedes de las justas sean en sitiosturísticos no tradicionales.

La titular de la Secretaría de Turismo (Sectur) explicó que el turismo deportivo en México es un mercado en crecimiento, en el que se busca que, a través de los eventos deportivos, se fortalezcan destinos turísticos que no siempre son los que más se visitan. La inclusión de las comunidades residentes y Pueblos Originarios como sedes de eventos deportivos internacionales, es una acción sustentable y que genera desarrollo económico y social para sus habitantes.

Además de ser una ventana para el mundo de la belleza natural, de la riqueza cultural, y de las tradiciones milenarias que son pilar de la identidad mexicana, agregó Rodríguez Zamora.

Por su parte, Rommel Pacheco, director general de la Conade, refirió que muchos países consideran que México es un destino atractivo para ser sede de encuentros deportivos internacionales, y añadió que, a través de la promoción de los eventos deportivos, se busca reforzar el fomento al deporte.

Señaló que el turismo deportivo impulsa la economía nacional, generando empleo y derrama económica a través de grandes eventos que benefician a diversas regiones del país.

Así mismo destacó la importancia de trabajar en conjunto con otras áreas de gobierno. “Agradezco a la secretaria de Turismo, Josefina Rodríguez Zamora, por su compromiso en fortalecer, junto con la Conade, iniciativas que contribuyan al desarrollo económico y deportivo de México”, comentó.

Como parte de esta importante colaboración, con miras no solo a la Copa Mundial de la FIFA 2026, sino también en otros importantes eventos deportivos como los Juegos Olímpicos 2028, ambas dependencias firmarán un convenio de colaboración a fin de poner a disposición de las y los atletas, que son grandes embajadores de México ante el mundo.

En este sentido, la titular de Sectur México puso a disposición de las y los deportistas la Marca México, para que la porten con orgullo en cada uno de los eventos deportivos que se llevan a cabo en el exterior, en los que ponen en alto el nombre de nuestro país.

En el marco de esta alianza y como parte de la recuperacióneconómica de Acapulco, instruida por la presidenta, Claudia Sheinbaum Pardo, la secretaria de Turismo añadió que el bello puertoes un destino prioritario para Sectur y, en conjunto con la Conade, se trabajará para llevar diversas justas nacionales e internacionales. Señaló que, en próximos días, será anunciado el primer evento deportivo de alto impacto para este importante destino turístico, a realizarse en 2024.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia, secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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