Opinión
Something about little Patrick
La vanidad superlativa suele rayar en lo zoológico; le ha convencido a sí mismo de que es un buen gallo, por tanto, piensa que el sol sale todos los días con la estricta finalidad de oírlo cantar. Hablo de Patricio Martínez García, un personaje que medra de las que estima glorias del pasado. Casi convierte el día 17 de enero en el punto cronológico de un antes y un después en la historia de Chihuahua. Cuando era el mandamás pretendió –y casi lo logra– convertir el palacio de gobierno en su propia pirámide egipcia, alcanzando sólo a colocar una ridícula placa en la escalinata donde se fija para la eternidad que ahí, en ese sitio, cayó mortalmente herido. En reciente entrevista al periodista Alejandro Salmón vuelve al tema, como lo hace cada año, públicamente, para recordar la efeméride. En privado, sus aduladores brindan por la prodigiosa providencia que cobijó al hombre para que lo preservara, casi como semilla semental de una nueva raza, valerosa, abnegada y colmada de trofeos, entre ellos su curul en el Senado. En la realidad todo este culebrón no pasa más allá de la moraleja popular que dicta que el crimen sí le paga a sus protagonistas.
Martínez García repite ahora lo que ya sabemos: que fue advertido de que un atentado llegaría a algún gobernador e insinúa su vulnerabilidad, pues, a decir de él, continuó su vida política de manera ordinaria. Pero es sugerente al recordarnos la circunstancia de que pudo haber una pretensión de mayor envergadura que rebasaría la de la agresora solitaria que le asestó el balazo en su cráneo, a saber, digno de coronas de laurel. Por eso se queja de que la presidencia de la república no le dio la importancia al hecho, aunque recordemos que Fox, con su habitual frivolidad, reconoció que los malosos le habían metido un gol, aunque nunca nos aclaró la naturaleza de ese gol, dejándonos sin explicación alguna posterior, a diferencia del famoso gol de Dios, que todos saben que contó, aunque fue mano de Maradona.
Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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