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AMLO mantiene confianza en Jorge Alcocer, pero le pide eficiencia en abasto de medicamentos

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El presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que tiene toda la confianza en el secretario de Salud, Jorge Alcocer, pero que no deben existir excusas para garantizar el abasto de medicamentos en México.

“Decir que le tengo toda la confianza (a Jorge Alcocer), que se malinterpretó (…) Como lo dije se pensó que era un regaño al secretario de Salud, que es una gente extraordinaria, lo conozco de años”, expuso.

Es una eminencia, premio nacional de Ciencias, reconocido mundialmente en su especialidad y además hombre bueno, honesto, de convicciones, pero también necesitamos que no nos falten las medicinas ,y lo tenemos que hacer, lo tenemos que lograr”, refirió.

El miércoles, López Obrador exigió a Alcocer Varela y al director del Insabi, Juan Ferrer, para que se resuelva el problema de desabasto de medicamentos: “ya no quiero escuchar que faltan medicamentos y no quiero excusas, de ningún tipo. No podemos dormir tranquilos si no hay medicamentos para atender enfermos”, afirmó en su momento.

Este jueves, el presidente señaló que ya se hizo todo lo necesario para garantizar el abasto de medicamentos en el país y ahora se requiere eficiencia para cumplir con este compromiso de su Administración.

“Hay productos chatarra en todos lados, ¿cómo no vamos a hacer llegar las medicinas, todas, si hay presupuesto suficiente, si ya se resolvió el problema del monopolio que existía, de que no se le podía comprar más que a 10 empresas que vendían 100 mil millones de pesos al año de medicinas al gobierno? Eso se terminó, no se podía comprar medicinas en el extranjero”. explicó.

“Se reformó la ley y podemos comprar medicinas en cualquier país del mundo, cualquier tipo de medicina. Entonces, no debe de haber ninguna excusa para tener todos los medicamentos gratuitos, porque nos alcanza para entregar medicamentos gratuitos a todo el pueblo, con el mismo presupuesto de antes, porque era muchísimo lo que se robaban, entonces es un asunto de eficiencia, de aplicarnos”, adujo.

Que no falten los medicamentos, es un compromiso y vamos a seguir vamos a seguir y ya saben, yo soy perseverante, terco, no se me olvidan las cosas. Es un compromiso que tenemos y lo vamos a cumplir”, agregó.

El jefe del Ejecutivo federal contó que en el viaje a Nueva York, una ciudadana se le acercó para reclamarle de forma respetuosa el desabasto de fármacos contra el cáncer.

En el viaje a Nueva York, en el avión, una señora se acercó, muy respetuosa, nada de politiquería, porque han utilizado lo del desabasto para afectar al gobierno, al movimiento. La señora con muy buenas intenciones me hizo el planteamiento en el avión para las medicinas para el cáncer, me lo planteo, dijo: ‘no tenemos los medicamentos en el Seguro, ¿qué se va a hacer porque vamos y no nos atienden y no los están dando los medicamentos’”, refirió.

La crisis por el desabastecimiento de medicamentos en el sector salud se agudizó en 2019 debido a los recortes presupuestarios y a los cambios en la compra de las medicinas impuestos por el Gobierno de López Obrador, quien asumió la Presidencia el 1 de diciembre de 2018.

Mientras que en 2020 esto se complicó por la cobertura de la pandemia de COVID-19.

En los últimos meses, el Gobierno mexicano informa puntualmente de la adquisición de medicamentos para tratar diferentes enfermedades y asegura combatir la escasez existente para algunos tratamientos a diario.

Con información de López-Dóriga Digital

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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