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Opinión

El Comentario Obligado: Rosario Robles por Caleb Ordóñez T.

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En serio, ya nada nos sorprende de nuestros políticos, sean del color que sean… sea la función que ejerzan, cuando escuchas que la secretaria Rosario Robles dice desde Parral Chihuahua que los periódicos solo sirven para matar moscas y limpiar vidrios y lo dice con tal seriedad que realmente le creo que así piense, porque muchos políticos lo creen de verdad.

 

 

Por: Caleb Ordóñez Talavera

Porque en México las investigaciones periodísticas de poco sirven, delatar la corrupción, los escándalos de políticos sin vergüenza, las mañas de los líderes sindicales, los abusos de poder, la falta de libertad de prensa, los asesinatos de periodistas, los pecados del clero, la frivolidad del gobernador arrogante, del funcionario público distante.

Todo lo que pase en los periódicos, para gente como Rosario Robles no importa porque no trasciende, sirve para matar moscas, para lanzar al aire lo que ahí contiene. La secretaria solo describe una realidad triste pero finalmente cotidiana, en este México donde ella es funcionaria nunca le pasará nada a los políticos corruptos, pueden vivir en su cinismo, por más que se escriban reportajes y tengan la verdad, para ellos quienes se defienden desde su pobreza mental, los periódicos son tan solo un instrumento del cual se pueden reír.

Es cierto señora Robles, lamentablemente la palabra puede ser destruida fácilmente, en el país que usted vive diariamente la impunidad está a su favor y de la gente sin escrúpulos que ostenta el poder, quizá por eso el mexicano promedio detesta a sus políticos, eso para ustedes es simplemente odio provocado por los medios.

Señora Robles usted describió en una frase toda una cultura doliente, no la culpo. Usted es parte del problema, del cáncer, de las complicidades que dan los negocios del poder. Usted se asume como enemiga de lo que escribimos los que buscan la verdad y amiga de los que esconden sus porquerías, la entiendo.

Ríanse todo lo que quieran, quizá el periódico hoy sirve para matar moscas quizá, pero un día terminará por acabar con ratas también. Ya va por ese camino, porque los medios los construimos todos.

Opinión

Marx Arriaga: cuando la educación se volvió trinchera. Por Caleb Ordóñez T.

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La salida de Marx Arriaga del aparato educativo federal cerró un capítulo ruidoso, pero no el libro completo. Porque más allá del personaje, lo que deja este episodio es una historia conocida —aunque pocas veces contada con calma— sobre cómo la educación en México suele administrarse: entre egos, cuotas y pulsos políticos que poco tienen que ver con lo que pasa dentro del salón de clases.

Arriaga no fue un funcionario gris. Al contrario: fue protagonista. Defendió con convicción una visión específica de los libros de texto gratuitos y convirtió su gestión en una causa. Eso lo volvió visible, influyente… y también prescindible. En educación, cuando el conflicto escala, el sistema rara vez se corrige; simplemente cambia de rostro.

Los números ayudan a dimensionar el tamaño del problema. Cada año, el Estado mexicano distribuye más de 150 millones de libros de texto gratuitos a través de la CONALITEG. Es uno de los programas editoriales más grandes del mundo. Pero ese volumen contrasta con la fragilidad del consenso que lo sostiene. Cambian equipos, cambian prioridades, cambian narrativas, y los libros —que deberían ser un punto de estabilidad— se convierten en terreno de disputa.

Mientras tanto, más de 1.2 millones de docentes en educación básica reciben materiales y lineamientos que se ajustan con rapidez, pero sin el mismo cuidado en la capacitación. El maestro no siempre sabe si el cambio responde a una mejora pedagógica o a una decisión política. Y cuando esa duda se instala, la implementación se vuelve irregular.

Los resultados están a la vista. En la última evaluación PISA disponible, México se mantuvo por debajo del promedio internacional: alrededor de 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias, frente a promedios globales que rondan los 470–480 puntos. No son cifras nuevas ni sorprendentes, pero sí persistentes. Y esa persistencia sugiere que el problema no es un sexenio ni un funcionario, sino un modelo que cambia formas sin transformar el fondo.

La historia de siempre: el botín político de la educación.

El caso Arriaga también expone cómo la educación suele operar como espacio de poder simbólico. Definir contenidos no es solo decidir qué se enseña, sino qué país se imagina. Por eso los debates se vuelven tan intensos y, a veces, tan poco técnicos. Se discute más el mensaje que el método, más la intención que el impacto real en el aprendizaje.

Desde fuera, esa dinámica proyecta una imagen incómoda. México aparece como un país que discute la educación desde la confrontación interna, no desde la mejora continua. En un contexto global donde el conocimiento, la innovación y las habilidades críticas son la moneda fuerte, esa señal pesa.

¿Se puede hacer distinto? Sí, pero requiere decisiones menos espectaculares y más estructurales.

Primero, sacar los contenidos básicos del vaivén político. No congelarlos, sino someterlos a revisiones periódicas con reglas claras, evaluaciones públicas y participación real de especialistas y docentes de aula.

Segundo, alinear libros, capacitación y evaluación. No tiene sentido rediseñar materiales si no se invierte con la misma fuerza en formar a quien los va a usar. Hoy, ese es uno de los grandes cuellos de botella.

Tercero, transparentar los procesos de decisión. Quién participa, con qué criterios y con qué indicadores de éxito. Cuando eso se aclara, baja la polarización y sube la confianza.

Y cuarto, recordar algo básico: enseñar a pensar es más rentable que imponer una visión. Los sistemas educativos más sólidos no son los más ideológicos, sino los más consistentes.

La salida de Marx Arriaga no arregla la educación mexicana, pero deja una lección útil: mientras los libros, los programas y las aulas sigan tratándose como territorios de poder, los cambios serán ruidosos y los resultados modestos.

La educación no debería ser el botín de nadie. Debería ser, simplemente, el proyecto más serio del país.

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