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Opinión

El Comentario Obligado: Rosario Robles por Caleb Ordóñez T.

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En serio, ya nada nos sorprende de nuestros políticos, sean del color que sean… sea la función que ejerzan, cuando escuchas que la secretaria Rosario Robles dice desde Parral Chihuahua que los periódicos solo sirven para matar moscas y limpiar vidrios y lo dice con tal seriedad que realmente le creo que así piense, porque muchos políticos lo creen de verdad.

 

 

Por: Caleb Ordóñez Talavera

Porque en México las investigaciones periodísticas de poco sirven, delatar la corrupción, los escándalos de políticos sin vergüenza, las mañas de los líderes sindicales, los abusos de poder, la falta de libertad de prensa, los asesinatos de periodistas, los pecados del clero, la frivolidad del gobernador arrogante, del funcionario público distante.

Todo lo que pase en los periódicos, para gente como Rosario Robles no importa porque no trasciende, sirve para matar moscas, para lanzar al aire lo que ahí contiene. La secretaria solo describe una realidad triste pero finalmente cotidiana, en este México donde ella es funcionaria nunca le pasará nada a los políticos corruptos, pueden vivir en su cinismo, por más que se escriban reportajes y tengan la verdad, para ellos quienes se defienden desde su pobreza mental, los periódicos son tan solo un instrumento del cual se pueden reír.

Es cierto señora Robles, lamentablemente la palabra puede ser destruida fácilmente, en el país que usted vive diariamente la impunidad está a su favor y de la gente sin escrúpulos que ostenta el poder, quizá por eso el mexicano promedio detesta a sus políticos, eso para ustedes es simplemente odio provocado por los medios.

Señora Robles usted describió en una frase toda una cultura doliente, no la culpo. Usted es parte del problema, del cáncer, de las complicidades que dan los negocios del poder. Usted se asume como enemiga de lo que escribimos los que buscan la verdad y amiga de los que esconden sus porquerías, la entiendo.

Ríanse todo lo que quieran, quizá el periódico hoy sirve para matar moscas quizá, pero un día terminará por acabar con ratas también. Ya va por ese camino, porque los medios los construimos todos.

Opinión

Reforma caída, poder en disputa. Por Caleb Ordóñez T.

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La reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum pretendía convertirse en una de las grandes piezas políticas de su primer tramo de gobierno. No era una iniciativa menor: implicaba tocar las reglas del sistema político mexicano, rediseñar parte de la representación legislativa y volver a colocar sobre la mesa una vieja bandera del obradorismo: abaratar la democracia mexicana. Sin embargo, lo que se anticipaba como una muestra de fuerza legislativa terminó convirtiéndose en el primer gran aviso de que el poder dentro de la coalición oficialista ya no funciona con obediencia automática.

La propuesta partía de una idea políticamente rentable: reducir costos y simplificar estructuras. Entre los puntos centrales estaba disminuir el número de senadores, modificar el esquema de representación proporcional y recortar gastos electorales que, desde la narrativa presidencial, siguen siendo excesivos para un país con enormes desigualdades sociales. También se buscaba actualizar reglas frente al uso de inteligencia artificial, bots y propaganda digital en campañas, bajo el argumento de que la política mexicana ya no puede seguir regulándose con instrumentos pensados para otra época.

Pero detrás del discurso de austeridad había un elemento mucho más sensible: la redistribución real del poder entre partidos.

Ahí apareció el primer muro inesperado. El Partido del Trabajo y el Partido Verde, aliados históricos de Morena, decidieron no acompañar la iniciativa. No fue una ruptura ideológica, sino una reacción de supervivencia política. Ambos entendieron que una reducción o modificación profunda en el sistema de representación proporcional podía afectar directamente su capacidad de conservar espacios legislativos propios. En otras palabras: Morena proponía una reforma pensada desde la lógica de partido dominante, mientras sus aliados la leyeron desde la lógica de partidos que necesitan reglas protectoras para seguir siendo relevantes.

La votación dejó una fotografía políticamente incómoda: Morena no logró reunir la fuerza suficiente para sacar adelante una reforma constitucional aun teniendo la Presidencia, mayoría simple y control narrativo del debate público.

Y esa derrota tiene consecuencias internas.

Porque más allá del revés legislativo, el episodio deja a la presidenta frente a una realidad que en política pesa mucho: el capital político no es permanente, se administra y también se erosiona. Dentro de Morena, la señal fue clara: si los aliados ya marcan distancia, también empiezan a moverse los grupos internos que observan hasta dónde llega realmente la capacidad presidencial de ordenar decisiones.

Eso obliga ahora a Claudia Sheinbaum a recuperar control interno. Y una de las rutas más previsibles es endurecer su influencia en la construcción de candidaturas. Lo que viene hacia 2027 puede ser un proceso mucho más cerrado, donde perfiles cercanos a Palacio Nacional busquen ocupar candidaturas a gubernaturas y diputaciones federales como mecanismo de blindaje político. Es decir: si el Congreso mostró límites, entonces la siguiente apuesta será construir una mayoría futura más disciplinada desde el origen.

En política mexicana eso suele traducirse en una lógica sencilla: menos concesiones territoriales y más control sobre quién llega.

Por eso no es casual que desde el entorno presidencial ya se hable del llamado “Plan B”.

La presidenta ha dejado claro que el fracaso de una reforma constitucional no significa renunciar al proyecto. El plan alterno consiste en avanzar por rutas secundarias: reformas legales ordinarias, ajustes administrativos y decisiones presupuestales que no necesiten mayoría calificada. Reducir financiamiento público a partidos, endurecer reglas de operación institucional y modificar mecanismos internos del sistema electoral pueden ejecutarse parcialmente sin tocar la Constitución.

Es una estrategia conocida: fragmentar una gran reforma en pequeñas decisiones acumulativas.

El cálculo político es evidente. Si no se puede ganar todo de una vez, se gana por partes.

Sin embargo, el costo político permanece. Porque esta votación también reveló algo más profundo: la coalición gobernante ya entró en una etapa donde cada aliado comienza a defender su propio futuro electoral.

Y cuando eso ocurre, cada iniciativa deja de ser solamente técnica para convertirse en una negociación de poder.

La reforma electoral no murió; simplemente abrió una nueva batalla.

Una donde ya no basta tener mayoría moral, narrativa presidencial o popularidad pública. Ahora también habrá que reconstruir disciplina política.

Y esa es quizá la prueba más delicada que enfrenta hoy la presidenta: demostrar que todavía puede ordenar a su propia mayoría sin fracturar el proyecto que la llevó al poder.

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