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CONTEXTO: *Corral, a declarar… *Contingente dividido el de Chihuahua… *Congregó marcha a 1.2 millones…

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El que más que aceptar, sonó a reto, fue el ex gobernador Javier Corral, al afirmar, en cadena nacional, que está dispuesto a ir a declarar sobre la Operación Justicia para Chihuahua, donde un ex fiscal suyo es señalado de tortura y fabricación de delitos.

Corral, aseguró que está listo para enfrentar lo que sea y que lo menos que tiene es miedo de enfrentar a esa «banda política», refiriéndose así al grupo que hoy está en el poder.

Con todo y el amago de la titular del Judicial, Myriam Hernández, volvió a señalarla como ahijada de César Duarte y a la gobernadora de imponer a la hoy presidenta del Tribunal.

El fiscal deberá tener ya la invitación lista y notificar al ex gobernador, porque eso de que se presenten a declarar por su propio pie no da resultados. Se deben tomar las cosas en serio y darle formalidad a todo el proceso.

……

En la marcha por la unidad en favor de AMLO se volvió a hacer presente la división que persiste en Chihuahua, si bien tienen un líder en común, en lo local el duelo es de dos bandos.

Tanto los de Cruz, como los de Loera, se proclamaron como el contingente de Chihuahua, pese a que fueron dos y no fue un solo grupo en unidad.

Cruz fue acompañado por la presidenta del Legislativo, Adriana Terrazas, mientras que Loera llevaba como escudera a su sobrina Brighite Granados, dirigente estatal de los guindas en el estado grande.

Eso sí, las consignas eran fuertes en favor de AMLO y en contra del neoliberalismo, además de que Juárez sigue siendo el bastión de la Cuatroté en México.

……

Ya que tocamos el tema de la marcha, que juran y perjuran que no fue en respuesta por la marcha para defender al INE, congregó, según cifras de la CDMX, léase Claudia Sheinbaum, a más de 1.2 millones de personas.

La raza y la operación camión, de todos los rincones del país, le respondió a AMLO y superó ampliamente a la del INE, impulsada por la oposición.

De esta manera, siguen jugando vencidas los obradoristas contra la oposición, donde claramente la Cuatroté sigue a la delantera y allanando el camino por la sucesión, sea quien sea que quede como candidato por Morena a la presidencia.

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Reforma caída, poder en disputa. Por Caleb Ordóñez T.

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La reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum pretendía convertirse en una de las grandes piezas políticas de su primer tramo de gobierno. No era una iniciativa menor: implicaba tocar las reglas del sistema político mexicano, rediseñar parte de la representación legislativa y volver a colocar sobre la mesa una vieja bandera del obradorismo: abaratar la democracia mexicana. Sin embargo, lo que se anticipaba como una muestra de fuerza legislativa terminó convirtiéndose en el primer gran aviso de que el poder dentro de la coalición oficialista ya no funciona con obediencia automática.

La propuesta partía de una idea políticamente rentable: reducir costos y simplificar estructuras. Entre los puntos centrales estaba disminuir el número de senadores, modificar el esquema de representación proporcional y recortar gastos electorales que, desde la narrativa presidencial, siguen siendo excesivos para un país con enormes desigualdades sociales. También se buscaba actualizar reglas frente al uso de inteligencia artificial, bots y propaganda digital en campañas, bajo el argumento de que la política mexicana ya no puede seguir regulándose con instrumentos pensados para otra época.

Pero detrás del discurso de austeridad había un elemento mucho más sensible: la redistribución real del poder entre partidos.

Ahí apareció el primer muro inesperado. El Partido del Trabajo y el Partido Verde, aliados históricos de Morena, decidieron no acompañar la iniciativa. No fue una ruptura ideológica, sino una reacción de supervivencia política. Ambos entendieron que una reducción o modificación profunda en el sistema de representación proporcional podía afectar directamente su capacidad de conservar espacios legislativos propios. En otras palabras: Morena proponía una reforma pensada desde la lógica de partido dominante, mientras sus aliados la leyeron desde la lógica de partidos que necesitan reglas protectoras para seguir siendo relevantes.

La votación dejó una fotografía políticamente incómoda: Morena no logró reunir la fuerza suficiente para sacar adelante una reforma constitucional aun teniendo la Presidencia, mayoría simple y control narrativo del debate público.

Y esa derrota tiene consecuencias internas.

Porque más allá del revés legislativo, el episodio deja a la presidenta frente a una realidad que en política pesa mucho: el capital político no es permanente, se administra y también se erosiona. Dentro de Morena, la señal fue clara: si los aliados ya marcan distancia, también empiezan a moverse los grupos internos que observan hasta dónde llega realmente la capacidad presidencial de ordenar decisiones.

Eso obliga ahora a Claudia Sheinbaum a recuperar control interno. Y una de las rutas más previsibles es endurecer su influencia en la construcción de candidaturas. Lo que viene hacia 2027 puede ser un proceso mucho más cerrado, donde perfiles cercanos a Palacio Nacional busquen ocupar candidaturas a gubernaturas y diputaciones federales como mecanismo de blindaje político. Es decir: si el Congreso mostró límites, entonces la siguiente apuesta será construir una mayoría futura más disciplinada desde el origen.

En política mexicana eso suele traducirse en una lógica sencilla: menos concesiones territoriales y más control sobre quién llega.

Por eso no es casual que desde el entorno presidencial ya se hable del llamado “Plan B”.

La presidenta ha dejado claro que el fracaso de una reforma constitucional no significa renunciar al proyecto. El plan alterno consiste en avanzar por rutas secundarias: reformas legales ordinarias, ajustes administrativos y decisiones presupuestales que no necesiten mayoría calificada. Reducir financiamiento público a partidos, endurecer reglas de operación institucional y modificar mecanismos internos del sistema electoral pueden ejecutarse parcialmente sin tocar la Constitución.

Es una estrategia conocida: fragmentar una gran reforma en pequeñas decisiones acumulativas.

El cálculo político es evidente. Si no se puede ganar todo de una vez, se gana por partes.

Sin embargo, el costo político permanece. Porque esta votación también reveló algo más profundo: la coalición gobernante ya entró en una etapa donde cada aliado comienza a defender su propio futuro electoral.

Y cuando eso ocurre, cada iniciativa deja de ser solamente técnica para convertirse en una negociación de poder.

La reforma electoral no murió; simplemente abrió una nueva batalla.

Una donde ya no basta tener mayoría moral, narrativa presidencial o popularidad pública. Ahora también habrá que reconstruir disciplina política.

Y esa es quizá la prueba más delicada que enfrenta hoy la presidenta: demostrar que todavía puede ordenar a su propia mayoría sin fracturar el proyecto que la llevó al poder.

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