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CONTEXTO: *La Marcha en Chihuahua… *Maestros Progresistas… *AMLO y sus 69s…

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Sin más aspavientos que solo para cumplir, sin discursos ni nada, la góber de Chihuahua acudió a la marcha en favor del INE que congregó a más de 7 mil personas en la capital del estado.

Personajes del PAN, PRI y PRD, pero eso sí, más raza de a pie que nadie, marcharon de la Glorieta de Villa al Ángel, y luego de regreso, por sus carros, con pancartas en favor del órgano electoral.

Los opositores a la reforma dicen que está bien cambiar algunas cosas, como las superprestaciones que tanto se mencionan de los consejeros y magistrados, pero de eso a desaparecerlo, eso sí que no.

Otra cosa que pelean es que se quite el financiamiento, que suena muy bonito, sin embargo eso daría paso a campañas financiadas vaya usted a saber con qué tipo de recursos.

Por su parte los morenistas locales afirman y reafirman que en ningún momento se intenta desaparecerlo, solo a los oples, pero para que no dupliquen funciones y se pongan a chambear de verdad en el Instituto Nacional.

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Quien anda activo, es el líder estatal de Diálogos Progresistas, Héctor Ochoa, en la promotoría de Marcelo Ebrard como el mejor perfil para ser el sucesor de AMLO.

Se le ve por igual en Juárez, Cuauhtémoc, Rubio y ayer en la capital donde reunió a algo así como 80 maestros para mostrarles la propuesta del canciller para continuar la transformación del país.

En esta reunión explicó porqué el carnal Marcelo es el mejor perfil y logró sumar simpatías, convocando además a todo aquel que crea en Ebrard como el bueno para ganar la presidencia en 2024.

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Al que ni las 32 marchas estatales le quitaron el sueño ni le aguaron la fiesta, fue al presidente López Obrador, que festejó con los suyos sus 69 primaveras.

En su rancho La Chingada, allá en Chiapas, llevó a sus acarreados, como él lo dijo en redes sociales, es decir a su familia para partir el pastel y apagar las velitas.

El mandatario fue felicitado por toda la moreniza, a lo largo y ancho del país y no dudamos que más allá de nuestras fronteras.

Ya hoy regresa a la realidad y veremos si estrena frase contra los detractores a su gobierno, sobre todo con motivo de la reforma electoral.

Opinión

Reforma caída, poder en disputa. Por Caleb Ordóñez T.

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La reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum pretendía convertirse en una de las grandes piezas políticas de su primer tramo de gobierno. No era una iniciativa menor: implicaba tocar las reglas del sistema político mexicano, rediseñar parte de la representación legislativa y volver a colocar sobre la mesa una vieja bandera del obradorismo: abaratar la democracia mexicana. Sin embargo, lo que se anticipaba como una muestra de fuerza legislativa terminó convirtiéndose en el primer gran aviso de que el poder dentro de la coalición oficialista ya no funciona con obediencia automática.

La propuesta partía de una idea políticamente rentable: reducir costos y simplificar estructuras. Entre los puntos centrales estaba disminuir el número de senadores, modificar el esquema de representación proporcional y recortar gastos electorales que, desde la narrativa presidencial, siguen siendo excesivos para un país con enormes desigualdades sociales. También se buscaba actualizar reglas frente al uso de inteligencia artificial, bots y propaganda digital en campañas, bajo el argumento de que la política mexicana ya no puede seguir regulándose con instrumentos pensados para otra época.

Pero detrás del discurso de austeridad había un elemento mucho más sensible: la redistribución real del poder entre partidos.

Ahí apareció el primer muro inesperado. El Partido del Trabajo y el Partido Verde, aliados históricos de Morena, decidieron no acompañar la iniciativa. No fue una ruptura ideológica, sino una reacción de supervivencia política. Ambos entendieron que una reducción o modificación profunda en el sistema de representación proporcional podía afectar directamente su capacidad de conservar espacios legislativos propios. En otras palabras: Morena proponía una reforma pensada desde la lógica de partido dominante, mientras sus aliados la leyeron desde la lógica de partidos que necesitan reglas protectoras para seguir siendo relevantes.

La votación dejó una fotografía políticamente incómoda: Morena no logró reunir la fuerza suficiente para sacar adelante una reforma constitucional aun teniendo la Presidencia, mayoría simple y control narrativo del debate público.

Y esa derrota tiene consecuencias internas.

Porque más allá del revés legislativo, el episodio deja a la presidenta frente a una realidad que en política pesa mucho: el capital político no es permanente, se administra y también se erosiona. Dentro de Morena, la señal fue clara: si los aliados ya marcan distancia, también empiezan a moverse los grupos internos que observan hasta dónde llega realmente la capacidad presidencial de ordenar decisiones.

Eso obliga ahora a Claudia Sheinbaum a recuperar control interno. Y una de las rutas más previsibles es endurecer su influencia en la construcción de candidaturas. Lo que viene hacia 2027 puede ser un proceso mucho más cerrado, donde perfiles cercanos a Palacio Nacional busquen ocupar candidaturas a gubernaturas y diputaciones federales como mecanismo de blindaje político. Es decir: si el Congreso mostró límites, entonces la siguiente apuesta será construir una mayoría futura más disciplinada desde el origen.

En política mexicana eso suele traducirse en una lógica sencilla: menos concesiones territoriales y más control sobre quién llega.

Por eso no es casual que desde el entorno presidencial ya se hable del llamado “Plan B”.

La presidenta ha dejado claro que el fracaso de una reforma constitucional no significa renunciar al proyecto. El plan alterno consiste en avanzar por rutas secundarias: reformas legales ordinarias, ajustes administrativos y decisiones presupuestales que no necesiten mayoría calificada. Reducir financiamiento público a partidos, endurecer reglas de operación institucional y modificar mecanismos internos del sistema electoral pueden ejecutarse parcialmente sin tocar la Constitución.

Es una estrategia conocida: fragmentar una gran reforma en pequeñas decisiones acumulativas.

El cálculo político es evidente. Si no se puede ganar todo de una vez, se gana por partes.

Sin embargo, el costo político permanece. Porque esta votación también reveló algo más profundo: la coalición gobernante ya entró en una etapa donde cada aliado comienza a defender su propio futuro electoral.

Y cuando eso ocurre, cada iniciativa deja de ser solamente técnica para convertirse en una negociación de poder.

La reforma electoral no murió; simplemente abrió una nueva batalla.

Una donde ya no basta tener mayoría moral, narrativa presidencial o popularidad pública. Ahora también habrá que reconstruir disciplina política.

Y esa es quizá la prueba más delicada que enfrenta hoy la presidenta: demostrar que todavía puede ordenar a su propia mayoría sin fracturar el proyecto que la llevó al poder.

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