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CONTEXTO: *Más de un millón marcharán por AMLO… *Camiones saldrán de Chihuahua… *Diálogos Progresistas, división juvenil…

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Dicen los grillos matemáticos que le saben al tema, que al menos un millón de marchantes sí se juntarán en el centro del país para gritar al unísono «es un honor estar con Obrador».

La marcha del próximo domingo se prevé que sea la más grande de los últimos tiempos en nuestro país, sobre todo por la popularidad que tiene el presidente, que hay que reconocerlo, pese al desgaste natural del poder, aún cuenta con mucho capital político a lo largo y ancho del territorio nacional.

Más aún, cuando el propio AMLO asegura que será la última en la que participará, pues no se cansa de recordar que una vez acabando su gestión se retirará de la política, ni comentarios, ni apariciones en actos públicos, nada.

Además hay que destacar que más que una respuesta a la marcha a favor del INE, se trata de una refrescada a sus simpatizantes de que cada vez está más cerca la sucesión y que tienen que cerrar filas con quien sea electo como el candidato de Morena a la presidencia.

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Demostrando harto amor a la camiseta, los diputados locales de Morena anunciaron, sin empacho alguno, que habrán de financiar camiones con recursos propios para que quienes gusten ir los acompañen a la «marcha del amor» en favor del presidente AMLO.

Pidieron además, de la manera más atenta, que sus opositores se guarden sus comentarios de que están acarreando gente y que no se equivoquen, que esto se trata de mero apoyo con transporte, haciendo la comparación que con el PRI sí eran todos llevados a la fuerza.

Además adelantaron que llevarán pomada el próximo martes a la sesión, pues los diputados del PAN y del PRI seguramente llegarán muy ardidos de ver la magnífica respuesta que tendrá la marcha con los millones y millones que aún respaldan al gobierno de la Cuatroté.

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El equipo qie más avance lleva en la promoción de su aspirante a la sucesión, el canciller Marcelo Ebrard, son los liderados por el chihuahuense Hector Ochoa de la organización Diálogos Progresistas.

Y es que el próximo sábado habrá de tomar protesta a un aproximado de 100 jóvenes estudiantes, en su mayoría, que conformarán el equipo juvenil de la mencionada agrupación.

Jesús Barraza y Andres Avilés, son las cabezas visibles de esta nueva división en Diálogos Progresistas, quienes se encargarán de convocar a sumar voluntades en favor del carnal Marcelo.

El evento se realizará en el restaurante La Casona en punto de las 10 de la mañana.

Opinión

Reforma caída, poder en disputa. Por Caleb Ordóñez T.

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La reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum pretendía convertirse en una de las grandes piezas políticas de su primer tramo de gobierno. No era una iniciativa menor: implicaba tocar las reglas del sistema político mexicano, rediseñar parte de la representación legislativa y volver a colocar sobre la mesa una vieja bandera del obradorismo: abaratar la democracia mexicana. Sin embargo, lo que se anticipaba como una muestra de fuerza legislativa terminó convirtiéndose en el primer gran aviso de que el poder dentro de la coalición oficialista ya no funciona con obediencia automática.

La propuesta partía de una idea políticamente rentable: reducir costos y simplificar estructuras. Entre los puntos centrales estaba disminuir el número de senadores, modificar el esquema de representación proporcional y recortar gastos electorales que, desde la narrativa presidencial, siguen siendo excesivos para un país con enormes desigualdades sociales. También se buscaba actualizar reglas frente al uso de inteligencia artificial, bots y propaganda digital en campañas, bajo el argumento de que la política mexicana ya no puede seguir regulándose con instrumentos pensados para otra época.

Pero detrás del discurso de austeridad había un elemento mucho más sensible: la redistribución real del poder entre partidos.

Ahí apareció el primer muro inesperado. El Partido del Trabajo y el Partido Verde, aliados históricos de Morena, decidieron no acompañar la iniciativa. No fue una ruptura ideológica, sino una reacción de supervivencia política. Ambos entendieron que una reducción o modificación profunda en el sistema de representación proporcional podía afectar directamente su capacidad de conservar espacios legislativos propios. En otras palabras: Morena proponía una reforma pensada desde la lógica de partido dominante, mientras sus aliados la leyeron desde la lógica de partidos que necesitan reglas protectoras para seguir siendo relevantes.

La votación dejó una fotografía políticamente incómoda: Morena no logró reunir la fuerza suficiente para sacar adelante una reforma constitucional aun teniendo la Presidencia, mayoría simple y control narrativo del debate público.

Y esa derrota tiene consecuencias internas.

Porque más allá del revés legislativo, el episodio deja a la presidenta frente a una realidad que en política pesa mucho: el capital político no es permanente, se administra y también se erosiona. Dentro de Morena, la señal fue clara: si los aliados ya marcan distancia, también empiezan a moverse los grupos internos que observan hasta dónde llega realmente la capacidad presidencial de ordenar decisiones.

Eso obliga ahora a Claudia Sheinbaum a recuperar control interno. Y una de las rutas más previsibles es endurecer su influencia en la construcción de candidaturas. Lo que viene hacia 2027 puede ser un proceso mucho más cerrado, donde perfiles cercanos a Palacio Nacional busquen ocupar candidaturas a gubernaturas y diputaciones federales como mecanismo de blindaje político. Es decir: si el Congreso mostró límites, entonces la siguiente apuesta será construir una mayoría futura más disciplinada desde el origen.

En política mexicana eso suele traducirse en una lógica sencilla: menos concesiones territoriales y más control sobre quién llega.

Por eso no es casual que desde el entorno presidencial ya se hable del llamado “Plan B”.

La presidenta ha dejado claro que el fracaso de una reforma constitucional no significa renunciar al proyecto. El plan alterno consiste en avanzar por rutas secundarias: reformas legales ordinarias, ajustes administrativos y decisiones presupuestales que no necesiten mayoría calificada. Reducir financiamiento público a partidos, endurecer reglas de operación institucional y modificar mecanismos internos del sistema electoral pueden ejecutarse parcialmente sin tocar la Constitución.

Es una estrategia conocida: fragmentar una gran reforma en pequeñas decisiones acumulativas.

El cálculo político es evidente. Si no se puede ganar todo de una vez, se gana por partes.

Sin embargo, el costo político permanece. Porque esta votación también reveló algo más profundo: la coalición gobernante ya entró en una etapa donde cada aliado comienza a defender su propio futuro electoral.

Y cuando eso ocurre, cada iniciativa deja de ser solamente técnica para convertirse en una negociación de poder.

La reforma electoral no murió; simplemente abrió una nueva batalla.

Una donde ya no basta tener mayoría moral, narrativa presidencial o popularidad pública. Ahora también habrá que reconstruir disciplina política.

Y esa es quizá la prueba más delicada que enfrenta hoy la presidenta: demostrar que todavía puede ordenar a su propia mayoría sin fracturar el proyecto que la llevó al poder.

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