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Opinión

Elige diferente. Por Itali Heide

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Itali Heide

Nos han enseñado a comprar y a comprar. Y a comprar más. Cuando se acerca la Navidad, nos abastecemos de regalos. Cuando nos cansamos de nuestro viejo vestuario, lo sustituimos. Cuando algo nuevo y brillante nos llama la atención, queremos tenerlo. Cuando nuestra tecnología es más antigua que lo más nuevo del mercado, la actualizamos. Comprar se ha convertido en una segunda naturaleza para nosotros, hasta el punto de controlar nuestras vidas.

Solemos comprar donde es más cómodo, más barato y más rápido. La modernidad ha hecho que comprar sea más fácil que nunca, pero ¿pensamos realmente en lo que hay detrás de cada compra? Culpar al consumidor de todos los problemas sistémicos derivados del hipercapitalismo es un error, porque las empresas tienen la sartén por el mango a la hora de cambiar nuestro funcionamiento. Sin embargo, los consumidores que pueden elegir su forma de comprar, no le están haciendo ningún favor al mundo.

Lo que dicen es cierto: no hay consumo ético en el capitalismo. No quiero parecer socialista, pero la verdad del asunto es así de simple. El socialismo no es la respuesta, pero tampoco lo es el sistema en el que vivimos actualmente. ¿No hay una alternativa? Las grandes empresas recortarán la inversión en cualquier esquina posible para ganar más dinero, lo que lleva a los problemas que sufren tantas personas de la clase trabajadora.

Cuando pides un producto en tu servicio de compra favorito (ya sabes de quién hablo), personas reales crearán y tendrán ese producto en sus manos. Alguien tiene que fabricarlo, ¿verdad? Tal vez estén agotados por turnos que duran demasiado para ser aceptables. Tal vez los niños atrapados en las fábricas se ven obligados a crearlo. A menudo sólo se dan centavos a cambio de un trabajo agotador. Y luego viene el proceso de envío. Corren de un lado a otro del almacén, recogen tu producto, lo llevan a su siguiente parada y continúan con miles de productos más. Pies reales golpean el suelo mientras se cronometra cada movimiento. Corazones reales laten más rápido cuando se ven obligados a trabajar más allá de las capacidades naturales de un ser humano. La verdad es que la gente sufre bajo este sistema, pero la gran mayoría prefiere hacer la vista gorda.

Los más culpables, sin duda, son las empresas que priorizan la ganancia de dinero sobre las normas éticas que garantizan la seguridad de los empleados y los consumidores. A fin de cuentas, el dinero es el centro de la mayoría de los problemas del mundo. Es tan poderoso que sobrepasa las leyes (basta con ver los recortes de impuestos para los ricos), domina los mercados (adivina por qué las corporaciones son más populares que las pequeñas empresas) y, al final, crea más dinero sólo con existir, más del que cualquiera podría pensar en utilizar en su vida.

¿Qué podemos hacer al respecto? No mucho, pero algo. Para los que tienen la posibilidad de elegir entre un negocio local y una gran empresa, ¿por qué no lanzarse? Para los empresarios que saben que podrían prescindir de unos pesos de más en sus bolsillos y dar a sus empleados un salario que les dé una vida cómoda, ¿por qué no hacerlo? Deja de comprar tu ropa en el centro comercial y empieza a ir a las ventas de garaje y a los bazares. Encuentra tus muebles en Facebook Marketplace y no en tu mega mueblería. Cómprale miel a tu vecino y no a la corporación a la que le da igual que compres o no.

Una persona no es lo suficientemente poderosa para cambiar el mundo, eso está claro. Pero una sola persona es suficiente para cambiar las cosas, aunque suene a cliché. Cambiar el mundo es un trabajo de muchos, y nunca se conseguirá sin el esfuerzo individual de las personas que son lo suficientemente valientes y capaces de elegir de forma diferente.

Opinión

Kristi Noem: la caída de la antimexicana más visible. Por Caleb Ordóñez T.

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En Washington nadie desaparece del poder: simplemente cambia de oficina, de pasillo o de batalla. Eso acaba de ocurrir con Kristi Noem, una de las figuras más visibles del trumpismo duro, una mujer que construyó su carrera política con una narrativa casi perfecta para seducir a Donald Trump: origen rural, discurso firme, conservadurismo frontal y una capacidad mediática poco común dentro del Partido Republicano.

Noem no surgió de las élites de Washington ni de las grandes universidades de la costa este. Su historia política nace en el corazón agrícola de Dakota del Sur, donde la tierra pesa tanto como la identidad política. Creció en una familia dedicada al campo y su biografía pública quedó marcada por un episodio decisivo: la muerte de su padre, que la obligó a asumir responsabilidades en el negocio familiar siendo muy joven. Esa experiencia se convirtió después en una de sus credenciales más poderosas ante el electorado conservador estadounidense: la mujer fuerte, práctica, criada en la América profunda.

Su ascenso fue rápido. Primero llegó a la legislatura estatal, luego al Congreso federal y más tarde a la gubernatura de Dakota del Sur. Pero su verdadero salto nacional ocurrió durante la pandemia, cuando decidió desafiar abiertamente las restricciones sanitarias que aplicaban otros gobernadores. Mientras gran parte de Estados Unidos cerraba escuelas, comercios y actividades públicas, Noem defendió la apertura, rechazó confinamientos estrictos y convirtió esa postura en una bandera ideológica.

Ahí fue donde Trump comenzó a verla como algo más que una gobernadora popular: la vio como una figura nacional útil para su proyecto político. Noem representaba una derecha que sabía comunicar con eficacia, que generaba titulares y que además tenía una estética perfectamente alineada con el relato trumpista: botas, campo, bandera y autoridad.

Por eso, cuando Trump regresó a la Casa Blanca, la colocó al frente del United States Department of Homeland Security, una de las posiciones más delicadas del gabinete. No era un nombramiento menor. Era entregarle el control del aparato encargado de frontera, migración, protección territorial y seguridad interior.

Desde ahí asumió el papel esperado: endurecimiento migratorio, discurso severo contra el ingreso irregular y presión permanente sobre la frontera sur. Su presencia encajaba perfectamente en la estrategia política de Trump: convertir la seguridad en símbolo de control.

Pero Washington tiene una regla antigua: cuanto más visible es un funcionario, más rápido puede desgastarse.

El primer gran golpe vino con una campaña multimillonaria diseñada para incentivar que migrantes abandonaran voluntariamente territorio estadounidense. La cifra —220 millones de dólares— provocó preguntas incómodas dentro del Congreso y también dentro del propio círculo republicano. La discusión dejó de ser migratoria y pasó a ser administrativa: contratos, beneficiarios, decisiones internas y sospechas políticas.

Después llegaron audiencias tensas en el Capitolio. Legisladores comenzaron a cuestionar no sólo el manejo operativo del departamento, sino también la manera en que Noem administraba políticamente un aparato extremadamente sensible. A ello se sumaron críticas por gastos elevados, uso de recursos y decisiones internas que comenzaron a incomodar incluso dentro del trumpismo.

Pero en el entorno de Trump, el verdadero problema suele aparecer cuando alguien deja de controlar la narrativa presidencial. Y eso parece haber ocurrido cuando Noem dejó entrever públicamente que ciertas decisiones estratégicas habían sido avaladas directamente por Trump, algo que después fue desmentido desde el propio entorno presidencial.

En política estadounidense los errores administrativos se sobreviven; las incomodidades personales con el presidente, no siempre.

Así llegó su salida.

El relevo fue inmediato: Markwayne Mullin, senador por Oklahoma, empresario, expeleador de artes marciales mixtas y uno de los republicanos más cercanos a Trump dentro del Senado.

Mullin tiene un perfil distinto al de Noem. Menos exposición mediática, menos narrativa personal y más disciplina política. Trump parece haber apostado por alguien menos protagonista y más funcional a una etapa donde necesita resultados operativos sin desgaste innecesario.

Eso no significa que Noem haya sido expulsada del círculo de poder. En realidad, fue trasladada a una nueva tarea internacional vinculada al llamado escudo hemisférico de seguridad, una estrategia orientada al combate regional contra narcotráfico, crimen organizado y redes transnacionales.

Y ahí aparece México.

Porque cualquier cambio en Seguridad Nacional estadounidense impacta directamente a nuestro país.

Noem representaba una línea frontal, muy ideológica, especialmente visible en el discurso migratorio. Mullin podría significar una etapa menos estridente públicamente, pero quizá más pragmática en la ejecución.

Eso abre tres escenarios. Primero, una renegociación inmediata sobre la forma en que Washington quiere administrar los flujos migratorios en la frontera compartida.

Segundo, mayor presión técnica sobre cooperación en materia de cárteles, rutas de tráfico y control del fentanilo.

Tercero, una interlocución menos mediática pero posiblemente más exigente.

México conoce bien este tipo de movimientos en Washington: cuando Trump cambia una pieza, rara vez es para suavizar; normalmente busca ajustar la maquinaria para que funcione con menos ruido y más control.

Por eso la salida de Noem no necesariamente implica moderación. Puede significar exactamente lo contrario: una nueva etapa donde el endurecimiento se ejerza sin protagonismos personales.

Washington vuelve a demostrar algo que nunca cambia: nadie cae sólo por errores; se cae cuando deja de ser útil al relato central del poder. Y ahora a esperar el nuevo ataque anti migrante.

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