Opinión
La mentira de la perfección. Por Itali Heide

Itali Heide
No hay muchas cosas que den más miedo que ser vulnerable. Abrirse a la gente, permitirles que ocupen un lugar en tu corazón y compartir los detalles más intrincados de tu alma puede parecer a menudo un reto difícil de asumir.
Una vez derribados los primeros muros, se quita un peso de encima. Es como ver florecer una margarita después de un largo y frío invierno, mostrando por fin sus verdaderos colores al mundo.
Qué extraño se siente al despertarse a la mañana siguiente y darse cuenta de que has dejado tu corazón sobre la mesa para que lo acoja otra persona. En primer lugar, aparece el miedo. ¿Y si ahora me odian? ¿Y si he dicho demasiado? ¿Y si no he dicho lo suficiente?
Todos estos temores son válidos y vienen con el territorio de ser vulnerable, pero en todo caso, son una indicación de que hiciste algo bien: fuiste lo suficientemente valiente como para mostrarte íntimamente.
Habrá gente en el camino que no lo entienda. No pasa nada, porque hay muchas otras personas que acogerán las partes de ti que temes que se alejen. El tópico es cierto: nadie es perfecto. Quizá seas un mentiroso compulsivo. Tal vez hayas engañado en el pasado. Tal vez hayas herido a la gente con tu apatía. Puede ser que hayas dejado que tu ego se apodere de ti.
Independientemente de quién seas, de lo que hayas hecho o de lo que tengas que hacer, ya has dado el primer paso para sanar siendo sincero contigo mismo y con las personas que quieres.
La perfección está muy sobrevalorada. Se ha convertido en la norma, pero no existe en ninguna parte. Incluso los cactus se arrugan y mueren. Incluso las personas más honestas mentirán para salirse con la suya. Incluso el perro más cariñoso morderá la mano que le da de comer. Incluso el individuo más temeroso de Dios meterá la pata.
Entonces, ¿por qué seguimos exigiendo la perfección en un mundo que ha demostrado, una y otra vez, que no existe tal cosa? Es porque nos gusta creer que las cosas pueden ser sin culpa. Queremos una vida sin obstáculos, un amor sin límites, un trabajo sin preocupaciones y una existencia sin dolor. Esto simplemente no existe, y es hora de enfrentarse a la música: la perfección no es real, así que ni siquiera intentes alcanzarla. En su lugar, trata cada día como un nuevo reto para ser mejor.
Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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