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Opinión

Petróleo, poder y una vecindad incómoda. Por Caleb Ordóñez T.

Durante años, Nicolás Maduro fue para México (y para buena parte del continente) un problema ajeno, distante, encapsulado en el discurso ideológico y en la tragedia humanitaria. Venezuela era “el otro”, el ejemplo extremo. Hoy ya no. Hoy Venezuela volvió al centro del tablero regional y, querámoslo o no, sus movimientos impactan directamente a México, a nuestra economía energética y a nuestra relación con Estados Unidos.

Tras la caída política y operativa de Maduro, emerge una figura que muchos subestimaron durante años: Delcy Rodríguez. Inteligente, dura, formada y con un instinto de supervivencia política notable, Delcy no gobierna desde la épica revolucionaria sino desde la urgencia. Su presidencia no es el resultado de una transición democrática ejemplar, sino de una implosión del poder chavista y de una presión internacional inédita.

Y aquí aparece el actor que realmente ordena la escena: Donald Trump.

Trump, Delcy y una relación que nadie imaginó; pero todos entienden.

La relación entre Trump y Delcy Rodríguez es, por decirlo suavemente, antinatural. Durante años ella fue sancionada, vetada y exhibida como parte del núcleo duro del chavismo. Hoy, sin embargo, se ha convertido en la interlocutora necesaria. No porque haya afinidad ideológica, sino porque el petróleo manda.

Trump no está interesado en “democratizar” Venezuela por convicción moral. Está interesado en controlar flujos energéticos, estabilizar precios, reducir dependencias incómodas y, de paso, enviar un mensaje interno de fuerza. Delcy lo sabe. Y no puede jugar con eso.

Venezuela necesita oxígeno económico; Estados Unidos necesita petróleo confiable y bajo control. El resultado es una relación áspera, vigilada, pero funcional. Nadie se abraza. Nadie confía. Pero todos negocian.

Aquí es donde México entra de lleno en la historia sufriendo un golpe silencio.

Cuando Estados Unidos decide colocar millones de barriles de petróleo venezolano en el mercado —bajo esquemas controlados y políticamente diseñados— no solo mueve a Caracas y Washington. Mueve al Golfo de México, mueve refinerías, contratos, márgenes y estrategias.

Para Pemex, esto no es una nota internacional: es una variable directa de negocio.

Más petróleo pesado en el mercado significa:

• Mayor presión sobre precios.

• Competencia directa en ciertos nichos de refinación.

• Ajustes en los márgenes de ganancia.

• Reconfiguración de flujos en la región.

Pemex ya opera con una carga financiera enorme, con refinerías que aún buscan estabilidad y con un modelo que depende mucho más de la política que del mercado. Si Estados Unidos refina petróleo venezolano y luego lo redistribuye, México puede terminar comprando derivados a precios más competitivos, pero también perdiendo mucho espacio estratégico.

Es una paradoja peligrosa: gasolina más barata a corto plazo, pero menor autonomía energética a mediano plazo.

Claudia Sheinbaum: la intermediaria.

En este escenario aparece una figura clave para México: la presidenta Claudia Sheinbaum.

Sheinbaum no heredó una relación fácil -para nada- con Trump. Nadie lo hubiera podido lograr. Pero tampoco llegó con el discurso de confrontación que muchos temían. Su papel ha sido —hasta ahora— el de intermediaria racional, no ideológica, entre Washington y América Latina.

México no puede darse el lujo de romper con Estados Unidos por este tema, pero tampoco puede asumir un rol sumiso frente a decisiones que impactan su economía. Sheinbaum lo sabe y por eso ha optado por una diplomacia silenciosa, técnica, enfocada en estabilidad.

Su interlocución con Trump no busca protagonismo mediático; busca evitar sobresaltos. Que el petróleo venezolano no se convierta en un factor de desestabilización regional. Que Pemex no quede atrapado entre decisiones ajenas. Que México siga siendo un actor confiable y no un espectador pasivo.

Nada de esto ocurre en el vacío. Trump no actúa solo como presidente; actúa como candidato permanente. En noviembre se juegan las elecciones del Congreso estadounidense y su margen de maniobra depende de llegar fortalecido.

Para Trump, Venezuela cumple varias funciones:

1. Demuestra control internacional.

2. Refuerza su narrativa de “orden” y “liderazgo”.

3. Le permite hablar de energía, precios y seguridad.

4. Le da resultados tangibles para vender al electorado.

Pero el margen es estrecho. Si la estrategia se percibe como desordenada, intervencionista o caótica, puede volverse en su contra. Un Congreso hostil limitaría su política exterior, abriría investigaciones y desdibujaría acuerdos frágiles como el venezolano.

Por eso Trump necesita “planchar” la situación: petróleo fluyendo, Delcy controlada, región estable. Sin sobresaltos. Sin imágenes incómodas.

El petróleo vuelve a recordarnos una vieja lección: en América Latina, la ideología pasa, pero la geopolítica se queda. Y entenderla —con datos, sin consignas ideológicas— es más urgente que nunca.

Opinión

Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.

México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.

¿Por qué Huachicol?

“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera

Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.

Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.

La escoba de Tabasco

Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.

Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.

Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.

El huachicol aprendió a usar corbata

Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.

Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.

Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas

Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.

Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.

Los otros demonios

Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.

López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.

Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.

¿Alguien les pondrá un alto?

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