Opinión
Pronombres. Por Raúl Saucedo
Crónicas de un Martes
Este martes las pantallas de los televisores y celulares de México fueron el medio por el cual los mexicanos percibieron el arribo de una protesta al salón de plenos del senado, en mi caso fue por medio de la pantalla de la Tablet, porque en el televisor de mi habitación se reproducía el debate presidencial entre Kamala Harris y Donald Trump.
El debate en general ofreció un combate de visiones entre dos polos políticos. Este primer encuentro entre estos dos personajes fue lleno de confrontaciones, subrayando temas como migración, economía, aborto y tensionesinternacionales en diferentes latitudes, con una retórica feroz y alusiones personales.
Kamala Harris, quien asumió la candidatura demócrata tras la renuncia tardía de Joe Biden, se mostró como defensora de los derechos reproductivos, la equidad social y las políticas medioambientales. Criticó abiertamente a Trumppor sus políticas de división y su retórica incendiaria, señalando en reiteradas ocasiones que su contrincanterepresenta una amenaza para los logros sociales y la estabilidad a nivel mundial. Kamala enfatizó la necesidad de una economía más compartida y de oportunidades equitativas, destacando su experiencia como fiscal dentro del poder judicial y la vicepresidencia en la Casa Blanca.
Donald Trump, por su parte, no dejó pasar la oportunidad de atacar la gestión de la actual administración. El expresidente (2017-2021) reiteró su promesa de endurecer la seguridad en la frontera sur con México y criticó las políticas migratorias actuales, argumentando que estas han permitido la entrada sistemática de delincuentes al país. Además, volvió a cuestionar los resultados de las elecciones presidenciales del2020, manteniendo su narrativa de fraude electoral, a pesar de la falta de pruebas tangibles. También afirmó ser el único capaz de resolver los conflictos globales, especialmente en el conflicto de Rusia y Ucrania (Gringos siendo Gringos), presentándose como un líder que puede garantizar la paz a través de sus relaciones internacionales.
En el tema del aborto, el cual ha sido controvertido en los últimos meses en aquella nación, Trump adoptó una postura más moderada, negando querer prohibir el procedimiento a nivel nacional, lo que contrasta con algunas declaraciones previas al debate. Mientras tanto, Kamala defendió el derecho al aborto como un derecho fundamental que no debería ser negado a las mujeres, destacando el impacto negativo sobre las mujeres pertenecientes a los grupos más vulnerables.
En cuanto a la política exterior, Trump embistió contra la administración actual referente a la retirada de militares de Afganistán. Kamala por su parte, en respuesta, destacó la necesidad de alianzas internacionales acusando a Trump de ser un aliado de dictadores.
El desarrollo del debate estuvo cargado de tensión y contrastes, dejó en claro que los votantes norteamericanostendrán que decidir entre dos visiones completamente diferentes para el futuro de su país.
A mi juicio, este segundo debate norteamericano (El primero entre Trump y Kamala) fue más sustancial a comparación del estrepitoso debate de Biden, sin embargo, creo que la candidata presidencial dentro del debate no aprovecho la tangible oportunidad de ser la primera presidenta de USA, cosa contraria a la pasada contienda electoral en nuestro país, donde las dos principales candidatas utilizaron cada spot, atril y entrevista para denostar la nueva era social.
Por aquello de los estudios lingüísticos recientes y la información otorgada de la Teacher, resumiría el debate norteamericano en el WE de Kamala y el ME de Trump, apelando al progresismo social de una y el enfoque nacionalista /conservador del otro.
@Raul_Saucedo
Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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