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Reportaron un muerto y 11 lesionados tras explosión en toma de gas clandestina en Puebla

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Durante las primeras horas de este domingo, autoridades municipales de Puebla reportaron una impactante explosión que hasta el momento dejó una persona fallecida y 11 lesionados.

Así confirmó Ana Lucía Hill, secretaria de Gobernación de Puebla, en una entrevista con el periodista Juan Carlos Valerio de Imagen Tv.

“Se mantiene el mismo número de personas lesionadas que teníamos temprano, hay el reporte de una persona fallecida, lamentablemente, aquí lo importante es que la zona está controlada, el riesgo está controlado y el riesgo está siendo administrado y le pedimos a la gente que no se acerque para que permita trabajar a los cuerpos de respuesta”, indicó la funcionaria estatal.

De acuerdo con Protección Civil del municipio de Puebla, en la madrugada se registró una fuga de gas por una probable toma clandestina en San Pablo Xochimehuacán.

Ante el siniestro, las autoridades pidieron evitar la zona y permitir el paso de las unidades de emergencia, así como seguir las indicaciones del personal de emergencias y no encender luces ni flamas.

Para el resguardo de los afectos fueron habilitados tres refugios temporales:

– Centro Escolar Gregorio de Gante: Camino Real a Tlaxcala # 11, San Jerónimo Caleras Gregorio de Gante

– Templo de mormones: Blvd. Norte y 9 Norte

– Auditorio Papalotla (Tlaxcala)

Por otra parte, la dependencia detalló que continúan las labores de mitigación en la zona de la explosión. Además, recomendó a la población permanecer en sus hogares y alejarse del área del siniestro.

“Continúan labores de mitigación de riesgos en zona de explosión en la Junta Auxiliar de San Pablo Xochimehuacán. Solicitamos a la población no regresar a sus casas. Permanecer lejos del área afectada. Seguir atentos de avisos oficiales”, advirtió.

En tanto, durante una rueda de prensa, el gobernador de Puebla, Miguel Barbosa, estuvo acompañado de funcionarios para comunicar todo lo relacionado con el accidente. De acuerdo con el parte médico, en la unidad de quemados del Hospital del Niño Poblano y del Hospital del Norte, se encuentran 11 hospitalizados, de los cuales cuatro son menores de edad.

Los afectados tienen quemaduras de segundo y de tercer grado que van del 15 al 75%, precisó el secretario de Salud estatal, José Antonio Martínez García.

Por su parte, Barbosa Huerta aseguró que el hecho no quedará impune y se dará con los responsables. Además, indicó que desde la madrugada se estableció contacto con el director de Petróleos Mexicanos (Pemex), así como con otras instituciones de seguridad federales.

“Es un asunto que hay que afrontarlo con datos veraces, lo lamentamos mucho, toda nuestra solidaridad a los familiares de los fallecidos y decir que vamos a aplicar la ley, no va a quedar impune este hecho y tenemos que eficientar más este asunto tan grave, del hecho de que por el centro de la ciudad, de la Zona Metropolitana, pasen ductos de gas, que fueron colocados antes de que creciera la ciudad. Vamos a ser muy leales con la gente”, aseveró.

En tanto, las autoridades precisaron que hasta el momento no se han reportado desaparecidos luego de la explosión.

Aunado a esto, afirmó que los tres órdenes de gobierno se encuentran combatiendo el robo de combustibles. “Hay una lucha constante, permanente para robo a gasolina y robo a gas. Son dos ductos que vienen de Veracruz y van rumbo a México y Guadalajara, el triángulo rojo es el triángulo de robo a gas”, detalló.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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