Conecta con nosotros

Slider Principal

Humillan al América en Toronto, lo golean 3-1

Published

on

Con anotaciones del italiano Sebastián Giovinco, del estadounidense Jozy Altidore y del canadiense Asthone Morgan, Toronto derrotó el martes 3-1 al América en el choque de ida por una de las semifinales de la Liga de Campeones de la CONCACAF.

Giovinco consiguió el primer gol del partido a los nueve minutos por la vía del penal, Altidore restauró la ventaja a los 44 y Morgan selló la cuenta a los 58.

El partido de vuelta se jugará el próximo martes en el estadio Azteca de la capital mexicana.

En la otra llave, que se dirime a partir del miércoles, Chivas se enfrenta a los Red Bulls de Nueva York.

A Toronto, campeón reinante de la MLS, le basta cualquier empate o derrota por un gol para avanzar a su primera final de este torneo, que premia a su ganador con un viaje al Mundial de Clubes.

El colombiano Andrés Ibargüen empató provisionalmente a los 20 minutos por América, que vio rota una racha de 17 partidos sin revés en la CONCACAF. Las Águilas no perdían en la región desde el 17 de marzo del 2015, cuando sucumbieron en semifinales ante el Herediano de Costa Rica.

América, máximo ganador en la CONCACAF con siete títulos, se ha coronado en sus últimas dos participaciones en el torneo, la más reciente en 2016.

Para mantenerse con vida, América necesita una victoria por 2-0 para avanzar gracias al gol de visitante o de 3-1 para forzar los penales.

Los canadienses tomaron la ventaja cuando Edson Álvarez derribó dentro del área a Giovinco para un penal que el mismo italiano convirtió con un disparo rasante por el centro del arco del argentino Agustín Marchesín, quien se venció al costado derecho.

América niveló a los 20 cuando Ibargüen realizó una gran jugada al sacudirse la marca de tres jugadores antes de sacar un potente disparo al poste derecho del arquero Alexander Bono.

Ibargüen tuvo en sus botines el segundo gol del conjunto mexicano, pero su disparo se fue ligeramente desviado cuando parecía tener el arco abierto.

La escuadra local le sacó provechó a la falla del colombiano cuando Altidore se sacudió la marca de Carlos Vargas y conectó un disparo rasante que dejó sin oportunidad a Marchesín.

Toronto estuvo cerca de ampliar su ventaja a los 51, cuando Giovinco eludió a un zaguero y llegó a línea de fondo por el costado izquierdo antes de conectar un disparo que Marchesín desvió con apuros.

Los canadienses no perdonaron luego de que Auro Junior mandó centro por derecha hacia el corazón del área donde Morgan llegó barriéndose para empujar la pelota al fondo de las redes.

América presionó y tuvo la oportunidad de descontar a los 84, cuando Oribe Peralta le dio un gran pase a Henry Martín, quien no supo resolver.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

Published

on

By

Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia, secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

Continuar Leyendo
Publicidad
Publicidad
Publicidad

Más visto