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Una menor en Sinaloa murió mientras grababa un TikTok

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Jazmín tenía 15 años y estaba de vacaciones con su familia en la comunidad Ruiz Cortines Tres, Sinaloa. El pasado jueves, mientras grababa un video para la red social Tiktok falleció. De acuerdo con la Fiscalía General del Estado, la menor decidió hacer un mortal video que implicaba el uso de un arma. Jazmín sostenía un subfusil Uzi, calibre nueve milímetros, el cual cayó al suelo y se accionó. Un disparo terminó con la vida de ésta joven.

La víctima fue encontrada por su madre y abuelos. Tenía unas mancha de sangre, por lo que llamaron a la línea de emergencia. Al acudir al sitio, los paramédicos De la Cruz Roja le informaron a los familiares que la menor una no tenía signos vitales.

La información hasta ahora disponible detalla que el arma pertenecería al padre de la menor, quien es investigado por tener este tipo de metralleta.

El subfusil Uzi se utilizó durante algún tiempo en el Ejército; sin embargo poco después fue retirado por no contar con seguros.

La titular de la fiscalía, Sara Bruna Quiñonez Estrada aseguró que ya investigan cómo ocurrió el crimen, y si se trató de un accidente.

TikTok creció imparable durante la pandemia por coronavirus.Se trata de una red social donde los usuarios graban videos de pocos segundos y los comparten entre sus seguidores.

Los expertos han advertido que TikTok es mucho más de videos de humor y bailes. Aseguran que debido al éxito de la red social, los cárteles de las drogas la están utilizando para reclutar contrabandistas.

Además, las autoridades han detectado que a través de TikTok los usuarios pueden tener una vía de contacto informal para preguntar por el distribuidor del cártel en Estados Unidos, París u Holanda, así como pactar envíos a través de quienes se cree son sicarios de Nemesio Oseguera Cervantes o Ismael Zambada García, el Mayo, pero gustan de mostrar contenidos como ya lo hacían en otras redes sociales.

En México ha nacido un termino conocido como narcomarketing, que hace referencia a las grabaciones de los narcotraficantes en las redes. TikTok se usa para generar una imagen de lujo y glamour, para mostrar los “beneficios” de unirse a las actividades delictivas.

En los videos se promocionan imágenes con dinero en efectivo, fiestas, armas de grueso calibre y mascotas exóticas, como tigres.

Al escribir el nombre de alguna organización criminal, en TikTok u otras redes, lo aparecen corridos, fotografías y videos de la narcocultura localizada en las entrañas digitales.

La búsqueda de palabras claves como “Jalisco Nueva Generación”, “Mencho”, o “Cártel de Sinaloa”, nos ofrece videos de sicarios fabricando droga, o autos estacionados de convoyes con sujetos armados, además de vehículos de lujo. Algo que es casi inamovible de estos clips es el narcocorrido de fondo.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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