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¡Tengan para que aprendan! AMLO

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Con un “tengan para que aprendan”, el presidente Andrés Manuel López Obrador presumió la confianza de la población en las instituciones de seguridad, como la Marina Armada de México, el Ejército y la Guardia Nacional, misma que incrementó en el tercer trimestre de 2022, según la última encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).

El presidente Andrés Manuel López Obrador presumió la percepción del desempeño de las autoridades de Seguridad Pública

La mañanera de hoy. El presidente presumió la percepción del desempeño de las autoridades de Seguridad Pública

“Quiero presumir algo, quiero tirar aceite”, dijo el mandatario al finalizar su conferencia de prensa matutina. “Uno, el resultado de la encuesta del INEGI, sobre percepción de inseguridad en México. La gente sí está sintiendo que estamos haciendo un gran esfuerzo y estamos trabajando todos los días, con profesionalismo, de manera coordinada. Esto es importantísimo”, comentó el presidente.

López Obrador dijo que su gobierno está “trabajando para eso, todos los días, con profesionalismo y de manera coordinada”. Es por eso que “No considero justo que, de manera grosera, traten a servidores públicos del gabinete de seguridad, y menos cuando está de por medio sólo la politiquería”, comentó.

El presidente criticó que la oposición hable de militarización del país y preguntó: “¿Quiénes fueron los que militarizaron al país? Ellos, ellos eran los que permitían la tortura, ellos permitían las masacres, ellos eran los que daban la orden del ¡Mátalos en caliente!. Y ahora, como buenos hipócritas conservadores, se convierten en los paladines, en los defensores de los derechos humanos. No, la verdad no somos lo mismo. No somos iguales. Tienen muy malos sentimientos, malas entrañas. Son malos de malolandia”.

Al mostrar el aumento de la confianza en las Fuerzas Armadas, López Obrador señaló: “¡Qué gusto me da que la gente se da cuenta! Y no sólo eso, ¡tengan para que aprendan! ¡Sigan votando en contra de la Marina! ¡Sigan votando en contra de la Secretaría de la Defensa! ¡Sigan votando en las Cámaras en contra de la Guardia Nacional! Esto es lo que piensa el pueblo, y esos legisladores ¿a quién representan? Se supone que al pueblo, pero no. Representan a los grupos de intereses creados. Representan a los corruptos, a los que han saqueado a México. A los que se sentían dueños de México y por eso su enojo”, añadió.

Finalmente, el presidente dejó entrever que los resultados obtenidos en confianza por las Fuerzas Armadas son superiores a los de los partidos políticos. “El pueblo es mucha pieza. Y nada más por respeto, y ahí se los dejo de tarea, no ponemos lo que piensa la gente de otras instituciones, porque ya es mucho. Pero ahí queda eso”, concluyó.

Opinión

Reforma caída, poder en disputa. Por Caleb Ordóñez T.

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La reforma electoral enviada por la presidenta Claudia Sheinbaum pretendía convertirse en una de las grandes piezas políticas de su primer tramo de gobierno. No era una iniciativa menor: implicaba tocar las reglas del sistema político mexicano, rediseñar parte de la representación legislativa y volver a colocar sobre la mesa una vieja bandera del obradorismo: abaratar la democracia mexicana. Sin embargo, lo que se anticipaba como una muestra de fuerza legislativa terminó convirtiéndose en el primer gran aviso de que el poder dentro de la coalición oficialista ya no funciona con obediencia automática.

La propuesta partía de una idea políticamente rentable: reducir costos y simplificar estructuras. Entre los puntos centrales estaba disminuir el número de senadores, modificar el esquema de representación proporcional y recortar gastos electorales que, desde la narrativa presidencial, siguen siendo excesivos para un país con enormes desigualdades sociales. También se buscaba actualizar reglas frente al uso de inteligencia artificial, bots y propaganda digital en campañas, bajo el argumento de que la política mexicana ya no puede seguir regulándose con instrumentos pensados para otra época.

Pero detrás del discurso de austeridad había un elemento mucho más sensible: la redistribución real del poder entre partidos.

Ahí apareció el primer muro inesperado. El Partido del Trabajo y el Partido Verde, aliados históricos de Morena, decidieron no acompañar la iniciativa. No fue una ruptura ideológica, sino una reacción de supervivencia política. Ambos entendieron que una reducción o modificación profunda en el sistema de representación proporcional podía afectar directamente su capacidad de conservar espacios legislativos propios. En otras palabras: Morena proponía una reforma pensada desde la lógica de partido dominante, mientras sus aliados la leyeron desde la lógica de partidos que necesitan reglas protectoras para seguir siendo relevantes.

La votación dejó una fotografía políticamente incómoda: Morena no logró reunir la fuerza suficiente para sacar adelante una reforma constitucional aun teniendo la Presidencia, mayoría simple y control narrativo del debate público.

Y esa derrota tiene consecuencias internas.

Porque más allá del revés legislativo, el episodio deja a la presidenta frente a una realidad que en política pesa mucho: el capital político no es permanente, se administra y también se erosiona. Dentro de Morena, la señal fue clara: si los aliados ya marcan distancia, también empiezan a moverse los grupos internos que observan hasta dónde llega realmente la capacidad presidencial de ordenar decisiones.

Eso obliga ahora a Claudia Sheinbaum a recuperar control interno. Y una de las rutas más previsibles es endurecer su influencia en la construcción de candidaturas. Lo que viene hacia 2027 puede ser un proceso mucho más cerrado, donde perfiles cercanos a Palacio Nacional busquen ocupar candidaturas a gubernaturas y diputaciones federales como mecanismo de blindaje político. Es decir: si el Congreso mostró límites, entonces la siguiente apuesta será construir una mayoría futura más disciplinada desde el origen.

En política mexicana eso suele traducirse en una lógica sencilla: menos concesiones territoriales y más control sobre quién llega.

Por eso no es casual que desde el entorno presidencial ya se hable del llamado “Plan B”.

La presidenta ha dejado claro que el fracaso de una reforma constitucional no significa renunciar al proyecto. El plan alterno consiste en avanzar por rutas secundarias: reformas legales ordinarias, ajustes administrativos y decisiones presupuestales que no necesiten mayoría calificada. Reducir financiamiento público a partidos, endurecer reglas de operación institucional y modificar mecanismos internos del sistema electoral pueden ejecutarse parcialmente sin tocar la Constitución.

Es una estrategia conocida: fragmentar una gran reforma en pequeñas decisiones acumulativas.

El cálculo político es evidente. Si no se puede ganar todo de una vez, se gana por partes.

Sin embargo, el costo político permanece. Porque esta votación también reveló algo más profundo: la coalición gobernante ya entró en una etapa donde cada aliado comienza a defender su propio futuro electoral.

Y cuando eso ocurre, cada iniciativa deja de ser solamente técnica para convertirse en una negociación de poder.

La reforma electoral no murió; simplemente abrió una nueva batalla.

Una donde ya no basta tener mayoría moral, narrativa presidencial o popularidad pública. Ahora también habrá que reconstruir disciplina política.

Y esa es quizá la prueba más delicada que enfrenta hoy la presidenta: demostrar que todavía puede ordenar a su propia mayoría sin fracturar el proyecto que la llevó al poder.

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