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Opinión

Rocha vs Maru: el silencio de Sinaloa y el ruido de Chihuahua. Por Caleb Ordóñez T.

La política mexicana tiene algo de cantina vieja: todos juran lealtad eterna hasta que llega la cuenta. Entonces miran hacia otro lado, piden otro tequila y fingen que nunca conocieron al que está pagando solo. Lo que está ocurriendo con Rubén Rocha Moya no es una excepción. Es el manual.

Caleb Ordoñez

Hace apenas unos meses, desde Palacio Nacional y desde las tribunas de Morena, cuestionar a Rocha equivalía casi a traicionar a la patria. Había indignación cuidadosamente producida, discursos patrióticos de estudio, llamados encendidos a no «subordinarse» a Estados Unidos. Había quienes aseguraban que todo era una operación mediática contra la Cuarta Transformación. Que el gobernador de Sinaloa era víctima, no protagonista.

Y luego llegó el silencio.

A Rocha no lo abandonaron con un comunicado. Lo abandonaron cuando nadie lo volvió a mencionar. Y en política, el silencio es la forma más cobarde de traicionar.

Como lo habíamos previsto en otra columna de #ZonaLibre, desaparecieron las defensas efusivas. Se evaporaron los grandes operadores del movimiento que antes salían a poner el pecho. Nadie dijo «con Rubén hasta el final» porque nadie quería terminar hasta el final con Rubén. Morena entendió algo brutalmente sencillo: defenderlo empezaba a costar más de lo que ayudaba. Y en política, cuando algo empieza a costar, se abandona. No con drama. Con enmudecimiento. Con ausencia. Con el arte fino de ya no contestar el teléfono.

El problema es que los silencios también hablan. Y este gritaba.

Porque una cosa es blindar políticamente a un gobernador cuestionado. Eso ocurre todo el tiempo en México y nadie se escandaliza demasiado. Otra cosa muy distinta es convertirlo en bandera nacional cuando las acusaciones crecen, las presiones internacionales aumentan y el nombre de tu gobernador empieza a aparecer en conversaciones que no quieres tener. Ahí el cálculo cambia. Ahí el partido aprende a no pronunciar ciertos nombres en voz alta.

Rocha se convirtió en eso: en un nombre que Morena aprendió a no pronunciar. En el expediente que existe pero que nadie saca del cajón. En la llamada que se deja ir al buzón.

Y justo ahí, mientras Sinaloa se convertía en un pantano cada vez más incómodo, alguien dentro del partido tomó una decisión estratégica que parecía inteligente y terminó siendo un regalo envenenado para la oposición: mover la conversación hacia Chihuahua. Hacia la gobernadora María Eugenia “Maru” Campos.

Rocha es el nombre que Morena aprendió a no pronunciar. Maru es el nombre que Morena no puede dejar de atacar. Esa diferencia lo dice todo.

La lógica era comprensible desde adentro: instalar la idea de que la gobernadora panista estaba permitiendo injerencia extranjera, golpearla narrativamente, convertir el debate chihuahuense en uno de soberanía nacional. En otras palabras: dejar de hablar de Rocha y empezar a hablar de Maru. Cambiar el canal. Controlar la sintonía.

Lo que no calcularon es que Chihuahua no es un canal que se cambia fácilmente.

La marcha que debía demostrar músculo terminó demostrando otra cosa. No necesariamente vacío numérico —las cifras en política siempre son disputadas— sino algo peor: la percepción de vacío. Y en política moderna, la percepción vale más que la matemática. Puedes juntar miles de personas y aun así parecer débil si la narrativa pública decide que esperaban más. Eso fue exactamente lo que ocurrió.

Comenzó a circular la idea del acarreo, de la presión territorial, de la movilización artificial. Nada nuevo bajo el sol político mexicano. El problema específico es que Chihuahua no reacciona igual que otros estados frente a esas cosas.

Hay entidades donde el acarreo ya forma parte del paisaje cotidiano, casi como el tráfico o el calor. Chihuahua históricamente se presume distinto. Más incómodo con el poder. Más frontal. Más rebelde. Más empresarial. Más bravo. Más norteño en el sentido político del término: una identidad construida sobre la desconfianza al centro, sobre la memoria de pleitos viejos, sobre el orgullo de haber tenido que resolver las cosas sin que nadie de la gran Tenochtitlán viniera a ayudar.

Morena cometió un error que no es de estrategia sino de lectura cultural. Y esos son los peores errores porque los más difíciles de corregir.

Cada vez que el centro intenta decirle al norte cómo debe sentirse, ocurre algo predecible: el norte decide sentir exactamente lo contrario.

En lugar de instalar la imagen de una gobernadora aislada y débil, le ayudaron a construir el personaje que más le conviene: la gobernadora que se pelea con el centro y no se rinde. La mujer que no se deja. La norteña que le dice no a la Ciudad de México. Ese personaje, en Chihuahua, tiene historia. Tiene resonancia. Tiene mercado electoral y es comúnmente apoyado y aplaudido.

Los errores y arrebatos internos

Y mientras todo eso ocurría afuera, adentro de Morena empezaron los jaloneos que siempre siguen a los eventos que salen mal. Porque cuando algo falla, en cualquier partido político del mundo, todos buscan culpables más rápido que soluciones. Es una ley tan constante como la gravedad.

Aparecieron las versiones de tensión entre Andrea Chávez y la presidenta nacional de Morena, la también chihuahuense Ariadna Montiel. Las acusaciones cruzadas sobre quién movilizó menos, quién prometió más gente, quién operó mal, quién llegó tarde, quién dejó solos a quiénes. La política mexicana es un teatro fascinante: pueden hablar horas sobre transformación histórica, revolución moral y pueblo noble, pero al final terminan peleándose por quién llenó menos camiones.

La acusada de acarreo, Andrea Chávez, ya vive una situación particularmente compleja. Tiene reflectores nacionales. Conecta con sectores jóvenes. Domina las redes sociales con naturalidad, algo que pocos políticos mexicanos han logrado. Tiene narrativa, tiene presencia, tiene la capacidad de convertir un momento en tendencia.

Pero dentro de Morena muchos la ven más como fenómeno mediático frágil que como estructura territorial real. Y esa distinción importa muchísimo cuando se aproxima una elección tan importante. Andrea viene arropada desde el Senado, específicamente de Adán Augusto Hernández y el exgobernador Javier Corral, algo que en Chihuahua no gusta nada.

En el norte, nadie gana con retuits. Se gana con estrategia en calle, con operadores, con gente que conoce cada colonia por su nombre.

Porque mientras todos se distraían peleando por la narrativa de la marcha, otro nombre comenzó a crecer de manera silenciosa y sostenida: Cruz Pérez Cuéllar. Con menos estridencia, con menos clips virales, pero con algo que en política tiene más peso específico que cualquier tendencia viral: estructura real, operación probada, conocimiento granular del territorio y —quizá lo más importante— la capacidad de hablarle a un electorado fronterizo y rural sin sonar como alguien enviado desde Insurgentes Sur a explicarle cómo vivir.

Ese perfil es la verdadera preocupación interna de Morena en Chihuahua (ganaría por más de 10 puntos según casi todas las encuestas) Y si Cruz termina siendo el candidato natural, muchas piezas del morenismo local quedarán desplazadas. Y cuando eso ocurre, las guerras internas no son posibilidad: son certeza.

Donde Andrea construye audiencia, Cruz construye mapa. Uno es el político que la gente comparte; el otro es el político que la gente lleva a votar. En una elección normal, ambos sirven. En Chihuahua, en 2027, solo uno de esos perfiles gana y eso lo sabe la presidenta.

La nueva adelita del PAN

Mientras tanto, Maru Campos ha tomado una decisión que sus adversarios siguen sin comprender del todo: polarizar deliberadamente. Elegir el conflicto como terreno. Pelearse con el centro no como accidente sino como cálculo y todo esto, en entrevistas realizadas en la misma CDMX.

Muchos analistas y operadores de Morena creen que enfrentarse abiertamente con Claudia Sheinbaum es suicida políticamente. Y en la mayoría de los estados probablemente tendrían razón. Pero Chihuahua no es la mayoría de los estados.

Chihuahua tiene memoria política larga. Tiene identidad fronteriza que no es folklore sino convicción. Tiene una relación históricamente complicada con el centralismo que viene de muy atrás, mucho antes de que existiera Morena o el PAN. Ahí el conflicto con el centro no erosiona necesariamente: a veces consolida. A veces convierte a una gobernadora en símbolo de resistencia regional. Y los símbolos de resistencia regional ganan elecciones en territorios que sienten que el centro los ignora o los utiliza.

Maru entendió algo que sus adversarios no: esta elección no se ganará con estadísticas de obras públicas ni con programas sociales bien presentados en PowerPoint. Se ganará emocionalmente. Se ganará en el terreno de la identidad. Se ganará en la pregunta que los chihuahuenses se hacen antes de entrar a la urna: ¿quién me representa? ¿Quién habla como yo? ¿Quién tiene claro que no somos una extensión de la Ciudad de México?

En México no gana quien tiene razón. Gana quien logra que ya nadie recuerde cuál era la pregunta original.

Aquí está entonces la paradoja que hace tan extraordinario este momento político.

Morena quiso usar Chihuahua para hacer olvidar a Sinaloa. Quiso mover la conversación nacional de Rocha a Maru. Quiso transformar un pantano en una oportunidad de narrativa soberanista. Y al intentarlo, hizo exactamente lo que no debía hacer: le dio a su adversaria el escenario que más le favorece, el villano que más necesitaba y el conflicto que mejor activa a su electorado.

Rocha es el expediente que nadie quiere defender demasiado fuerte porque defenderlo ya es perder algo.

Maru es el conflicto que todos quieren amplificar porque en Chihuahua el conflicto con el centro es capital político.

Uno se hunde en el silencio cómplice de quienes debían cuidarlo.

La otra flota sobre el ruido que sus adversarios generan sin querer.

Y en medio de todo esto, los chihuahuenses observan algo que ya empieza a parecer costumbre nacional: políticos peleándose furiosamente por controlar una narrativa mientras el resto del país intenta descifrar dónde termina la estrategia y dónde empieza la verdad. Si es que esa frontera todavía existe.

Morena quería apagar el incendio de Sinaloa con agua de Chihuahua. Lo que no vio es que Chihuahua ya tenía su propio fuego. Y ese fuego, avivado desde afuera, se vuelve más difícil de controlar.

Al final, la política mexicana contemporánea opera bajo una lógica que ya no tiene que ver con programas, propuestas ni verdades verificables. Tiene que ver con quién controla el momento. Con quién logra que la conversación cambie antes de que el incendio llegue a su puerta. Con quién convierte su problema en el problema del otro.

Rocha aprendió tarde que no alcanzó a hacer ese movimiento.

Maru parece haberlo aprendido a tiempo.

Y Morena, que tanto ha hablado de transformación, sigue repitiendo el error más viejo de la política mexicana: creer que el poder que se tiene hoy garantiza el poder que se necesitará mañana.

No garantiza nada. Nunca lo ha hecho.

La cantina sigue abierta. Rocha ya no aparece en la conversación (y le esperan sus peores días). Maru sigue en ella, más fortalecida de lo que imaginó. Y Morena, que quiso cambiar el canal, terminó transmitiendo exactamente lo que no quería.

Opinión

Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.

México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.

¿Por qué Huachicol?

“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera

Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.

Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.

La escoba de Tabasco

Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.

Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.

Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.

El huachicol aprendió a usar corbata

Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.

Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.

Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas

Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.

Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.

Los otros demonios

Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.

López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.

Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.

¿Alguien les pondrá un alto?

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