Opinión
¿La Presidenta 2.0? Por Caleb Ordóñez Talavera
El mensaje estaba por terminar cuando Claudia Sheinbaum dejó las cifras y habló de política. Había presumido inversiones, programas sociales y la reducción de homicidios. Entonces lanzó una frase difícilmente casual: “Que nadie se equivoque: aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”. En Palacio Nacional estaban gobernadores, empresarios, ministros, legisladores y buena parte de la clase política. Pero también había sillas que pesaban por estar vacías. Adán Augusto López, Gerardo Fernández Noroña, Andrés Manuel López Beltrán y Rubén Rocha Moya no asistieron. Y cuando alguien necesita aclarar que todos siguen unidos, normalmente es porque algo se está moviendo.
LA FOTO QUE NO SALIÓ
El Segundo Informe fue una rendición de cuentas, pero también pareció la presentación de una nueva etapa. Sheinbaum cumplirá dos años en Palacio Nacional y cada vez se nota menos aquella presidenta obligada a explicar su relación con López Obrador. El expresidente sigue siendo intocable en el discurso, pero ya no parece indispensable para entender lo que ocurre en el poder.
La propia Sheinbaum lo dijo al día siguiente: López Obrador no le llama para decirle qué hacer y ha sido “sumamente respetuoso”. Ella no necesita romper con AMLO. Necesita algo bastante más complicado: gobernar sin pedir permiso a quienes alguna vez pensaron que haber sido cercanos a él les garantizaba influencia durante todo el sexenio.
Ahí aparece Adán Augusto. Hasta hace poco era uno de los hombres más poderosos de Morena. Coordinaba a los senadores y mantenía una red política propia. Hoy ya no ocupa esa posición. La comunicación de Palacio Nacional pasa ahora por Ignacio Mier y otros interlocutores. Incluso Óscar Cantón, cercano al tabasqueño y perfilado para presidir el Senado, quedó fuera; el cargo terminó en manos de Higinio Martínez. Sheinbaum lo confirmó sin rodeos: con Adán ya no habla… como antes. No hubo pleito público ni portazo. Simplemente dejó de estar en el centro y perdió importancia para Palacio.
SIN ROMPER, PERO MANDANDO
Ese parece ser el método Sheinbaum. No hay purgas espectaculares ni enemigos expulsados. Hay desplazamientos, nuevas responsabilidades y personas que, poco a poco, dejan de aparecer en las fotografías importantes.
Mientras unos pierden espacio, otros lo ganan. Omar García Harfuch se ha convertido en el rostro de una política de seguridad distinta a la del sexenio anterior. Marcelo Ebrard ocupa una posición central en la complicada relación económica con Estados Unidos. Rosa Icela Rodríguez funciona como operadora política y enlace con Morena. Ignacio Mier ocupa ahora un espacio que antes pertenecía a Adán Augusto.
No parece casualidad. El poder presidencial también se construye escogiendo con quién sí se habla.
Por eso, la frase “no hay rompimientos” admite otra lectura. Quizá no fue una descripción, sino una instrucción: puede haber diferencias, reacomodos y pérdida de poder, pero nadie tiene autorización para incendiar el movimiento.
EL GOBIERNO QUE VIENE
El tercer año será distinto porque ya no bastará con administrar la herencia. Sheinbaum está colocando las piezas de su propio gobierno y los ajustes naturales que ocurran en el gabinete mostrarán quiénes serán indispensables en la segunda mitad del sexenio y, sobre todo, rumbo a la elección intermedia de 2027.
También por eso llamó la atención su insistencia en la austeridad. Habló de sencillez, humildad, vehículos de lujo y gastos innecesarios después de meses de polémicas por viajes y excesos de personajes de Morena. Cuando le preguntaron al día siguiente a quién iba dirigido el mensaje, respondió: “A todas y a todos”. No hacía falta dar nombres.
A Sheinbaum le interesa conservar la marca política de López Obrador, pero parece decidida a quitarle al obradorismo aquello que pueda convertirse en problema: cacicazgos, grupos internos y personajes convencidos de que tienen derecho de picaporte durante seis años.
LA PRESIDENTA CON “P” DE PODER.
El episodio de Rubén Rocha Moya terminó de dejarlo claro. El gobernador intentó regresar a su cargo sin avisar a Palacio Nacional. Sheinbaum dijo públicamente que no le parecía pertinente y, después de 33 horas de presión política, Rocha volvió a pedir licencia. No hubo necesidad de golpear la mesa.
Esa quizá sea la parte más interesante del Segundo Informe. Durante meses nos preguntamos cuándo Claudia Sheinbaum rompería con López Obrador. Tal vez nunca lo haga porque no lo necesita.
Puede conservar al fundador, reivindicar su legado y repetir los principios de la Cuarta Transformación mientras construye un sistema de poder cada vez más suyo.
Morena tuvo durante años un solo centro gravitacional. Después de 2024, muchos creyeron que podían conservar pequeñas órbitas propias. Esta semana quedó claro que no era así.
Sheinbaum no quiere romper con nadie. Quiere algo más ambicioso: quedarse con todo el poder sin tener que romper con grupos de poder internos. Los cambios que vienen en su gabinete y, sobre todo, las candidaturas de 2027 dirán si lo logró. Porque el poder que no se disputa en público, tarde o temprano, se cobra en las listas.
Opinión
Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.
México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.
¿Por qué Huachicol?
“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera
Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.
Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.
La escoba de Tabasco
Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.
Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.
Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.
El huachicol aprendió a usar corbata
Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.
Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.
Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas
Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.
Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.
Los otros demonios
Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.
López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.
Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.
¿Alguien les pondrá un alto?
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