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Opinión

CONTEXTO: *Subirá la tarifa del camión… *Inminente clausura del Colegio Belén… *Reforma, Alito y Monreal…

Para que lo hayan anunciado como una posibilidad, quiere decir que ya van muy avanzadas las negociaciones para que antes de que termine el año estemos estrenando tarifa en el transporte público.

Eeeeso sí, están más que advertidos que las unidades se tienen que renovar, es decir que al menos en la capital del estado ya deben jubilar a más de 350 y darles el paso a unas de modelo más reciente, mientras que en Ciudad Juárez el número subiría hasta 600.

Sin embargo, el secretario de gobierno, César Jáuregui indicó que se debe esperar a la determinación del Consejo de Transporte.

Además no hay cabida para pretextos de falta de producción de unidades, las hay y se tienen que comprar por parte de los concesionarios. Ya verá que con camiones nuevos los usuarios no tendrán cómo respingar con esta mejora en el servicio.

Otro aspecto que se analiza es que muchos camiones no quieren dar la última vuelta, situación en la que ya se está trabajando.

……

De comprobarse que no cuentan con los filtros suficientes para contratación de personal, el Colegio Belén podría ser clausurado de manera definitiva.

Y es que eso es lo menos que se debería de hacer por parte de las autoridades para dejar la vara con la medida suficiente para que casos como el secuestro de una alumna menor de edad no se vuelva a presentar.

Imagínese que dejen al «ahí se va» la contratación de vaya usted a saber qué tipo de personas, no solo al frente de grupos, sino con información tan delicada que les permita planear un plagio y que la cabeza de ese delito haya sido el mismo profesor que a diario convive con los estudiantes.

Se deben agotar todos los procesos lo más rápido posible y darle el fin que merece a este tipo de «instituciones» que lo único que hacen es afectar la calidad educativa y no solo eso, sino la reputación de instituciones que realmente trabajan en el más alto nivel para la formación académica de niños y jóvenes.

……

El que está que salta en un pie y más valentonado que nunca es el dirigente nacional del PRI, Alito Moreno, pues luego de que la justicia metió freno a la difusión de material en contra de él por parte del gobierno de Campeche, ahora sí dijo que votarán en contra la reforma electoral.

Pocos pero suficientes son los votos del PRI para que una reforma de esta magnitud pase en las cámaras, así que ahora la pelota está en la cancha de la oposición, que con las megamarchas dejó muy en claro su postura sobre la propuesta presidencial.

Otro elemento interesante lo puso el senador Ricardo Monreal, pues afirmó que al menos en el Senado se verá con pincitas el tema y que no pasará solo porque sí y más si esto significa una regresión en las luchas conquistadas en favor de la democracia.

Opinión

La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.

En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.

La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.

Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.

Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.

El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.

Y los decretos tampoco.

Las buenas intenciones también tienen consecuencias

La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.

Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.

Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.

Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.

¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?

Habrá una vivienda menos.

Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.

No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.

Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.

El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.

¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?

Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.

Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.

Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.

El gobierno también debe rendir cuentas

Hay otra contradicción.

Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.

¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?

El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.

Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.

Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.

La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.

La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.

Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.

Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.

Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.

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