Opinión
¿Y el peor? – Parte II. Por José Luis Font
Published
hace 2 añoson
Si me honraron leyendo mi última entrada, les empecé a compartir lo que fue mi más de un mes retenido en un lugar mágico, misterioso e idílico llamado Ijebu-Ode, Nigeria y las particularidades que fui encontrando en el camino mientras se llevaba a cabo el Mundial Sub17 de la FIFA en el 2009.
Tampoco es novela de esas de los años ‘90 que si se perdieron el capítulo anterior no van a entender porque Jaime José Rodolfo de los Monteros le disparó a María de las Luces Antonieta de los Saguaros Corcuera, pero igual y les saco un par de risas con las pendejadas que hago y me ocurren; quizás y les serviría un poco de contexto de cómo es que me convertí en experto de frutos diversos nigerianos y cuál es mi impresión acerca de un lugar al que muy pocos “afortunados” hemos tenido la oportunidad de visitar. Para más información, aquí el enlace: https://www.joseluisfont.com/post/y-el-peor
Entonces ¿qué es lo que, en mi opinión, hace de un Mundial o evento de este tipo mejor o peor? La respuesta no es así de fácil y cabe la aclaración qué, además, esto es una opinión muy personal porque cada uno platica como le fue en la feria.
Hay un montón de factores y variables a considerar que, sin duda, variarán según cada quien y sus gustos; por ejemplo, hay gente que la pasó increíble en Brasil durante el 2014 y otros que no tanto. Si le preguntamos a la mayoría de mis compañeros europeos que participaron (trabajaron) en ese Mundial del 2014, la mayoría tiene buenas referencias porque un verano en Rio de Janeiro dista mucho de un verano inglés o suizo, pero muchos de mis clientes y conocidos de LATAM, les pareció bastante malo, caro y complejo el Mundial de Brasil en cuanto al servicio e infraestructura en comparación con muchos otros países y servicios a los que estamos acostumbrados por este lado del charco.
Lo mismo pasó con Qatar 2022. La gente que valora el basarse en una ciudad, no tener que trasladarse o mudarse a sedes y tener la oportunidad de ver muchos más partidos de los que típicamente pueden meter en su experiencia mundialista, les pareció el mejor mundial de todos. Siendo Doha una ciudad carita, sobre todo para temas de entretenimiento (entiéndase: la peda), para muchísima gente que no iba con un cheque en blanco fondeado por algún Tío Rich, les pareció que Qatar dejó mucho que desear por el acceso y costo a bares, antros y demás recintos de desmadre; todo lo contrario pasó en Rusia 2018 donde había fiesta todos los días, todo el día, con gran servicio y precios bastante razonables aún en época del evento más grande del planeta con millones de extranjeros yendo a gastar sus rublos.
Estuve yendo a Rusia varias veces, pero previo al Mundial entonces no sé si en la Rusia normal los precios y servicio fueron así siempre o, como según se rumoraba, estaba el país entero “amenazado” de dejar una buena impresión a los visitantes; sea como sea, les quedó más que chingón el eventito y dejaron, cuando menos en mí, una muy agradable impresión de ese país. Por fortuna, mi bendita ignorancia me impide opinar acerca del actual conflicto con Ucrania, pero lo que sí es una realidad es que el buen sabor de boca que Rusia dejó al mundo entero después del Mundial se fue a la chingada por andarse agarrando a madrazos con el vecino.
Así pues, cada uno tendrá sus métricas y su propia valuación de sus experiencias mundialistas; para mi cada evento, ya sea de los Mundiales grandes o de tantísimos chicos que me tocó operar, tiene lo suyo y guardarán siempre algo especial para mí y clasificarlos también requiere que yo analice el punto en que estuve en mi vida cuando pasaron. Previo a Qatar, mi mejor Mundial había sido Rusia porque justo en esa etapa de mi vida, mi rol dentro de la empresa, cómo fueron saliendo las cosas y mis más de 3 meses basado en un hotel de 5 estrellas en Moscú contribuyeron a mi gusto por ese Mundial – también era la época en que yo era experto en vodkas y sus diferentes usos, así que supongo eso también influyó.
Cuatro años después de aquel gran Mundial del 2018, puedo afirmarles que mi mejor Mundial, hasta el momento, ha sido el de Qatar; viví allá desde más de un año antes del evento, conocí una cultura y religión totalmente ajena a mí, maté de tajo infinidad de preconcepciones que aún persisten de la región, tuve la oportunidad de avanzar en mi carrera dentro de la empresa, conocí gente a quien sigo conservando en mi vida, agarré el gusto por un hobby-deporte nuevo (soy malísimo pero me gusta), cambié de hábitos que me tienen al puro chingadazo del colesterol y triglicéridos y, creo que, en general, crecí como individuo que es precisamente lo que hacen estas experiencias de vivir en otras partes del mundo.
Pero volvamos a Nigeria, me la pasé de la súper chingada.
Trece años después, la historia está cagadísima y me quedó la anécdota con material suficiente para, no una sino, dos entradas de este humilde blog, pero en su momento NADA de lo que me estaba sucediendo me pareció remotamente simpático por decir lo menos.
Desde el fallido intento por aterrizar a la primera en Lagos, el par de individuos fenecidos al pie de carretera que vi camino a mi ciudad sede, las historias de terror del país que nos contaban los guardaespaldas que dejaban ver a Kevin Costner como un pendejo y obviamente la comida, la neta no me estaba llevando así que tu dijeras una buena impresión de todo ese asunto.
No podía dejar de pensar en que si de plano la había cagado tanto en los pocos meses que llevaba trabajando para la empresa como para que me hayan enviado a este lugar con ese nivel de estrés y así, en lugar de tener que despedirme, simplemente agarrar mis cosas e irme. Comer fue un pedo, diario. Uno pensaría que equivocarte haciendo unos huevitos revueltos con sal y pimienta es prácticamente imposible pues les confirmo que en Ijebu-Ode lo lograban a casi diario de una manera olímpica. Y que no se confunda, la gente que nos atendía en el hotel lo hacía de la mejor manera con gran actitud, el problema radicaba en que había una muy pobre infraestructura en general y esos huevos revueltos que nos sirvieron crudos varias mañanas fue porque la compañía de gas no le surtió al hotel como estaba programado y se había acabado a la mitad del proceso de cocción por lo que el personal de la cocina tomó la decisión ejecutiva de servirlos así, que al cabo ya estaban hechos a la mitad.
Necesito aclararles que tampoco andaba yo de mamón esperando unos huevos pochados en agua de manantial caramelizados en aceite de trufa con rebosos de caviar, sal de los himalayas, gratinados con queso suizo importado esa misma puta mañana y ahumado con esencias de la región; los que me conocen saben que mi placer es comer y que disfruto tanto de un Rib-eye jugoso y grasoso de algún steakhouse fifí, así como mis taquitos de Doña Tifoidea a pie de la calle más transitada de cualquier lugar de México para que todo el smog, humo y mugre les dé ese saborcito extra a los de bistek, lengua, labio, carnaza y tripa. Lo único que pedía para mí y toda la delegación que me acompañaba en este martirio era algo comestible y que el supuesto pollo que venía en un caldo de misterio no se moviera sospechosamente cada que tratabas de pescarlo con la cuchara.
Haciendo a un lado las cosas simples que, por más surreales que fueran, causaban bastante risa una vez que me acordaba de poner en perspectiva las cosas, hubo demasiados momentos de tensión y estrés para poder llevar a cabo mi trabajo y que la parte que me correspondía a mí del evento saliera medianamente bien.
Apunto de arrancar el torneo y las diferentes selecciones poco a poco instalándose para su torneo, fui a uno de los hoteles donde estaba por llegar uno de los dos equipos que se quedaría un par de días en mi sede para verificar que las instrucciones que había dado se hayan llevado a cabo y que estuviera todo conforme al plan; aunque era nuevo en la empresa, ya me había aventado un par de eventos y ya le había agarrado yo la onda a este asunto de la hotelería entonces ir al hotel para cerciorarme que las instrucciones claras y sencillas que había enviado con mucha antelación no debiera ser mayor problema… cuan equivocado estuve.
Para empezar, mi trato había sido directamente con la Gerente General del hotel por lo que yo confiaba en que, habiendo nadie más arriba que ella, estaba yo en las mejores manos para que se ejecutaran las cosas; cuando llegué a eso de las 2 de la tarde, me informaron que la señora estaba en su siesta porque ya había comido, esto a pesar de que habíamos acordado en la hora. La verdad no hice mucha bronca del asunto porque aún no había empezado el evento y estaba yo ya exhausto de pelearme con todo mundo así que lo dejé por la paz.
Procedí con aquel personal del hotel que no estaba en siesta a revisar el piso que habíamos designado para el equipo que estaba a no más de 30 minutos del hotel. Muy sencillo, había que revisar que las habitaciones designadas estuvieran distribuidas conforme a la solicitud del equipo, la configuración correcta en cada una de ellas, llaves listas y demás monerías que se nos había solicitado. Con mis papeles y notas en mano abro la primera habitación, la que sería del entrenador, y me llevo la agradable sorpresa de que el cuarto estaba ocupado; no había nadie, pero la cama estaba destendida, cepillo de dientes en el vasito del lavamanos, botas, zapatos, chamarras y un traje militar colgados en el closet.
Con muchísima pena (la neta no tanta), pedí que despertaran a su majestad, la Bella Durmiente, para que pudiera ponerse a chambear en arreglar el inminente pedo en el que todos nos íbamos a meter si no quedaba todo listo para la llegada del equipo; no voy a decir cuáles son, pero se podrán imaginar que hay selecciones mucho más pederas que otras, pues la que estaba por llegar era una de esas pederísimas así que había que arreglar el tema a la de ya.
Entre que desperté a la doña y en lo que esperaba su llegada según yo había pasado una eternidad por lo que yo ya había tomado acciones con ayuda de varias amas de llaves y habíamos metido todo el mugrero del baño y closet en bolsas que sacamos del cuarto para que se le entregara al huésped o se moviera o lo que fuera.
A la gerente del hotel le estalló la lagaña cuando vio lo que habíamos hecho bajo mis instrucciones y me explicó que ese huésped en particular era un general del ejército de no se que madres y que ESE era el cuarto preferido que al oficial le gustaba ocupar cada que visitaba la base militar de la ciudad; muy bonita historia y toda la cosa, pero básicamente ese no era mi pedo. Y no por sangrón o altanero, pero realmente ese problema ya no era mío porque de haberlo sabido con anticipación movíamos al equipo a otro piso y tan tan pero con todo confirmado y todo lo demás accionado no íbamos a modificar 32 habitaciones a costa de solo 1, aunque fuese esa la del general.
Nos enfrascamos con discusiones en español, yoruba y un inglés muy jodido de ambos de algo que ya había pasado y mi insistencia era en resolver los miles de pendientes que todavía teníamos porque la princesa solo trabaja un poco entre siesta y siesta y el equipo estaba a minutos de llegar.
Problemas operativos como estos había todos y eso no me asustó nunca, era una chinga y demasiadas noches de desvelo y estrés evitable, pero ni mi primer ni último trabajo complicado así que a darle; poniéndonos un poco más serios, lo que más saco de onda fue el nivel de corrupción, de insalubridad y de pobreza extrema que jamás había visto ni siquiera en México.
Un día por fin decidimos aceptarle la invitación a los locales y nos llevaron al mercado de la ciudad para conocerlo y ver, literal, lo único que había en Ijebu-Ode y fue un golpe brutal de realidad que me cayó al pensar que todos somos producto de la casualidad y que ésta gente no merece las condiciones deplorables en las que les está tocando sobrevivir…. y uno se queja cuando su Venti Doble Caramel Machiatto con Leche de Avena Deslactosada light de Pumpkin Spice queda mal #ComoSufrimosLosInfluencers
Espero que después de todos estos años y de un evento de esta magnitud haya servido para que la gente buena de ese país esté en mejores condiciones; lo dudo porque como ocurre demasiadas veces en nuestros países “emergentes” plagados de sinvergüenzas corruptos, les conviene tener a más gente marginada para eso de los votos, poder y robo desmedido.
Así que sin tratar de encontrar alguien o algo en particular, para mí, Nigeria fue mi peor Mundial y peorcita experiencia en estos 15 años de aventuras; repito, también fue de mis primeros eventos, estaba yo mucho más pendejo que ahora (y vaya que ya es mucho decir), hacía un calor de la chingada y me pongo de muy mal modo cuando no como o como mal así que quizá estoy siendo injusto y solamente me pareció terrible porque me la pasé con hambre más de un mes.
Ciudadano Honorario del Estado Libre y Soberano de Ijebu-Ode
Opinión
Siete voces, siete silencios. Por Caleb Ordóñez Talavera
Published
hace 1 semanaon
Jul 24, 2026
El desayuno se interrumpió con el sonido seco de los disparos. Alejandro Leyva apenas tuvo tiempo de reaccionar. Estaba sentado en una fonda del fraccionamiento La Esmeralda, en San Pablo Etla, Oaxaca, en una mañana que parecía igual a cualquier otra. Entonces llegaron hombres armados en motocicleta. Apuntaron directo. Dispararon sin titubeos. Tres impactos, principalmente en la parte superior del cuerpo, bastaron para arrebatarle la vida casi de inmediato. Una mujer que se encontraba en el lugar también resultó herida. Los agresores huyeron con la misma rapidez con la que aparecieron. En cuestión de segundos, lo cotidiano se convirtió en tragedia.
Alejandro Leyva no era un desconocido. Había dirigido la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión, escribía la columna El Zumbido del Moscardón y, sobre todo, era una voz incómoda para el poder. En sus espacios criticaba la corrupción, denunciaba la violencia y cuestionaba decisiones del gobierno estatal. Incluso había denunciado amenazas y actos de intimidación en su contra desde tiempo atrás. Quienes hoy investigan el caso saben que no puede ignorarse ninguna línea relacionada con su actividad periodística. La Fiscalía General de la República ya atrajo la investigación.
Con él ya son siete periodistas asesinados en México durante este año.
Siete.
Es una cifra que debería provocar una crisis nacional. Sin embargo, en México, lamentablemente, ya aprendimos a recibir este tipo de noticias con total resignación. Ya no nos duele. Esa quizá sea la peor derrota.
Este crimen no es un caso aislado. Es la continuación de un patrón que este país se niega a romper, y por eso vale la pena detenerse a pensar en lo que realmente significa.
Porque el problema nunca ha sido únicamente el número de periodistas asesinados. El verdadero drama es que, detrás de cada crimen, existe un mensaje mucho más profundo: hay regiones enteras donde informar se convirtió en una actividad de alto riesgo.
Durante años, el periodista mexicano dejó de preocuparse únicamente por verificar datos, conseguir entrevistas o publicar exclusivas. Hoy también debe preguntarse si una investigación pondrá en riesgo a su familia, si un reportaje provocará amenazas, si una llamada desconocida puede cambiarle la vida o si una publicación en redes sociales bastará para convertirse en objetivo de alguien.
Esa no es una democracia sana.
México sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo fuera de contextos formales de guerra. Y lo más preocupante es que esa realidad ya no distingue entre periodistas nacionales, reporteros comunitarios, conductores de radio, fotógrafos, columnistas o creadores de contenido que investigan asuntos públicos. Quien incomoda al crimen organizado, a intereses económicos o al poder político puede terminar enfrentando amenazas, campañas de desprestigio, demandas judiciales, vigilancia o, en el peor de los casos, la muerte.
Pero, ¿Por qué ocurre?
Porque la impunidad sigue siendo el mejor aliado de quienes quieren callar voces. Porque demasiados asesinatos permanecen sin castigo. Porque muchas amenazas jamás llegan a investigarse seriamente. Porque los mecanismos de protección suelen reaccionar cuando el riesgo ya escaló demasiado. Y porque, en numerosas regiones del país, el crimen organizado, los intereses políticos y la debilidad institucional terminan cruzándose peligrosamente.
Cada periodista asesinado envía, además, un mensaje devastador a las nuevas generaciones.
¿Qué joven de veinte años decidirá investigar corrupción municipal si observa que hacerlo puede costarle la vida?
¿Qué estudiante de comunicación apostará por el periodismo de investigación cuando descubre que quienes revelan información incómoda terminan necesitando escoltas (que nunca tendrá), cambiando de ciudad o siendo asesinados?
Cuando matan a un periodista no solamente eliminan una voz. También intentan sembrar miedo entre quienes todavía no empiezan a ejercer.
Y eso termina empobreciendo a toda la sociedad.
Porque cuando desaparecen periodistas independientes, también desaparecen historias que jamás conoceremos. Desaparecen denuncias de corrupción, investigaciones sobre desvío de recursos, vínculos criminales, abusos de autoridad o violaciones de derechos humanos. El silencio siempre beneficia a alguien. Nunca beneficia a los ciudadanos.
Por eso, la defensa de la libertad de expresión no puede recaer únicamente en los periodistas.
También corresponde a la sociedad. Cada ciudadano tiene la responsabilidad de defender el derecho a estar informado. Eso significa valorar el periodismo serio, exigir investigaciones imparciales, rechazar la desinformación y comprender que una prensa crítica no es enemiga del gobierno, sino un contrapeso indispensable para cualquier democracia.
Y, desde luego, el Estado tiene obligaciones mucho más grandes. Pues no basta con emitir comunicados de condena después de cada asesinato. No basta con prometer investigaciones exhaustivas. Tampoco basta con atraer expedientes a instancias federales cuando la indignación ya ocupa los titulares.
El gobierno debe garantizar investigaciones rápidas, independientes y profesionales; fortalecer realmente los mecanismos de protección; castigar tanto a autores materiales como intelectuales y construir condiciones para que ningún periodista tenga que elegir entre publicar una información o conservar la vida.
Porque cuando el miedo dicta qué puede publicarse, la democracia comienza a perder terreno.
No los olvidamos.
Esta columna está dedicada a quienes ya no podrán volver a escribir una nota, tomar una fotografía o encender un micrófono este año: Carlos Castro, asesinado en Poza Rica el 8 de enero; Juan David Gámez, en Nuevo León el 18 de marzo; Roxana Guzmán, secuestrada el 2 de junio y encontrada sin vida semanas después; Luis Ángel López, asesinado en Poza Rica el 11 de junio; Alex Serna, en Zihuatanejo el 3 de julio; Josué Martínez, en Puebla el 16 de julio; y ahora Francisco Alejandro Leyva Aguilar, en Oaxaca.
Siete nombres.
Siete familias.
Siete historias interrumpidas.
Pero también siete razones para no acostumbrarnos.
Porque el día que dejemos de indignarnos por un periodista asesinado habremos aceptado que en México la verdad tiene precio. Y una nación que permite que maten a quienes la cuentan corre el riesgo de quedarse, para siempre, sin quien la narre.
