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Opinión

Fátima Monterrosa y el costo de la defensa contra un ataque mediático Por Aquiles Córdova Morán

Hace algunas semanas, en el programa televisivo “Punto de partida” de la conocida conductora Denisse Maerker, la reportera Fátima Monterrosa publicó un reportaje contra las más de mil 200 familias carentes de vivienda que pretenden ser despojadas por el perredismo texcocano, encabezado por Horacio Duarte Olivares, conocido vividor de la política “de izquierda”, del predio “El Pimiango” de su legítima propiedad. Lleno de groseras distorsiones de los hechos, de falsa información sobre la situación legal del predio, de abierta manipulación de imágenes y documentos que no eran lo que la reportera aseguró, yo y varios afectados más, en ejercicio de nuestro derecho a la legítima defensa, hicimos aclaraciones puntuales al ataque mediático sin esperar, naturalmente, ninguna rectificación de parte de la autora, pues sabemos bien que tal gesto de honradez intelectual es punto menos que pedir peras al olmo en el periodismo mexicano. Pero la respuesta fue más allá del tozudo silencio que esperábamos: Fátima Monterrosa, fingiendo que se hacía eco de un reclamo de los antorchistas de Chimalhuacán, volvió a la cargada con un segundo reportaje, esta vez “enriquecido” con las tronantes declaraciones de una “víctima del antorchismo” y de un “estudiante” sin rostro, quienes salieron a despotricar a su sabor lo que les vino al caletre, más los gritos solitarios de un fanático perredista que exigía: ¡Fuera Antorcha de Texcoco! Es decir, íbamos por lana y salimos trasquilados.

Ingenuamente creímos que allí quedaba la cosa. Pero no. Resulta que en el número 4 de una revista de reciente aparición, llamada Nueva Era, y en su página web, la misma periodista publica un nuevo y más extenso ataque en contra del Movimiento Antorchista Nacional y de algunos de sus dirigentes. El eje del ataque, esta vez, es la acusación directa de enriquecimiento escandaloso (a costillas de sus agremiados) de Aquiles Córdova Morán. El artículo comienza con eso, es decir, principia por el final, por lo que debería ser la conclusión de los datos que exhibe; y después de este sabio recurso de colocar la carreta delante de los bueyes, lanza sin transición otra acusación: que aunque se diga otra cosa, Antorcha es monopolio de Aquiles y sus hermanos, sobrinos, cuñados, compadres y amigos más cercanos. Y para probar tal aserto, la reportera procede a enlistar, sin ton ni son, todos los nombres que pudo pescar en la web de Antorcha, sin detenerse a precisar ni el cargo ni la relación de parentesco de los mencionados. En síntesis, un auténtico batiburrillo de nombres tomados al azar, sólo para aparentar información seria y detallada. Viene luego lo que sería la nuez del asunto, el inventario “completo y documentado” de los numerosos y variados negocios de la mafia antorchista. Se entra al tema hablando de más de 30 gasolineras, además de hoteles, restaurantes, etcétera, pero todo termina en agua de borrajas, pues de todas esas “inmensas riquezas”, no suman más de tres las estaciones de servicio realmente documentadas y nada más. Para llenar el hueco (y sus ansias de sensacionalismo), Fátima da otro salto en el vacío, ahora con la sobada cantaleta de terrenos “regalados” a los “antorchos” como premio a sus servicios políticos, aunque ahora, a la acusación sobre “El Pimiango” obsequiado por “Peña Nieto”, se agrega una imputación similar al gobernador de Veracruz.

Todo esto de los terrenos es basura, obvia distorsión de la verdad que consiste en que los predios que se mencionan, y muchos más que la reportera calla o desconoce, ni son “regalo” de nadie ni son para beneficio de los “líderes” sino soluciones, apegadas a derecho, del grave problema de la vivienda popular, de la que carecen millones de familias mexicanas pobres. Denunciar esto como un ilícito y como una prueba de corrupción de dirigentes y gobernantes, sólo puede ocurrírsele a un enfermo mental, desquiciado por la vanidad y el odio “aristocrático” contra los necesitados. Pero también en el asunto de las gasolineras “documentadas” hay calumnias e inventos descarados; por ejemplo, lo de San Sebastián Teitipac, Oaxaca, donde el antorchismo no posee ninguna estación de servicio ni ha recibido jamás ningún dinero; y tampoco es cierto que se obligue a nadie a surtirse de combustible en las gasolineras antorchistas. Fátima debe demostrar fehacientemente su dicho y yo pongo por testigo y juez a la opinión pública.

Pero, con todo, es cierto que Antorcha cuenta con varias pequeñas empresas. Sólo que nosotros nunca hemos hecho un secreto de eso por la sencilla razón de que no hay motivo para ello. Por el contrario, fuimos nosotros, los líderes antorchistas, los primeros en darlas a conocer por dos razones elementales. Primera, porque no se trata de negocios clandestinos, sino de pequeñas empresas totalmente legales y legítimas, que cumplen con todas sus obligaciones jurídicas, incluidas en primer término las fiscales; segunda, porque, tal como ocurre ahora, nos hemos visto precisados a explicar cómo y de dónde se financia la actividad política de Antorcha, ante los reiterados intentos de sembrar dudas sobre la limpieza de sus recursos. Sostengo que somos la única organización que ha sabido construirse, con el sacrificio y la colecta de su gente (como lo prueba sin proponérselo lo dicho por Eloína González) un patrimonio propio que hace de Antorcha la única organización realmente independiente y con capacidad de lucha real en defensa de sus agremiados y de todo el pueblo pobre de México. La existencia misma de los negocios es prueba irrefutable de la honradez absoluta con que se aplica la colecta de la gente y de la administración honesta de las inversiones. Así que la “denuncia” de Fátima sólo tiene de nuevo la maldad de sus insinuaciones y la acusación torpe y gratuita del enriquecimiento ilícito de los dirigentes.

Ella cree que basta con documentar la existencia de los negocios para que quede demostrada, automáticamente, su explotación fraudulenta. Pero se equivoca. Hace falta, además, documentar el manejo y el destino de la utilidades, la concentración del beneficio, la ausencia total de control y de rendición de cuentas de los administradores, cosas todas que a ella le pasan a varios años luz de la cabeza. Da grima ver la estrechez mental y la falta de honradez profesional de ciertos informadores. A Fátima le urge un cursillo de estadística y teoría de la inducción, para que sepa que lo que se afirma del “todo” partiendo del estudio de “una de sus partes”, nunca arroja una certeza absoluta, sino sólo cierto grado de probabilidad; y que aún para eso, hace falta cumplir ciertos requisitos científicos como el tamaño de la muestra y el carácter aleatorio de la misma. Su ataque condena sin apelación a 200 mil antorchistas (la cifra es de Fátima) con base en una muestra de tres elementos que, además, fueron tendenciosamente elegidos entre los enemigos de Antorcha. Su inferencia, por tanto, no vale absolutamente nada; es falsa y calumniosa por los cuatro costados. Y ahora resulta que uno de sus testigos es José Luis Echeverría Preisser, hijo de Margarita Preisser, alias La Hiena, brazo derecho de Guadalupe Buendía, La Loba, que purga condena de cárcel por multihomicidio. “Dime con quién andas y te diré quién eres”.

Quiero terminar refiriéndome al encabezado de este artículo. El ataque de Fátima Monterrosa prueba elocuentemente algo que he venido denunciando insistentemente: la indefensión del ciudadano común frente al poder de los medios y de los periodistas sin escrúpulos que en ellos laboran. Según la legislación vigente, la labor del periodista es prioritaria para el interés colectivo. Por eso es necesario sobreprotegerlo declarándolo implícitamente un ser de otro mundo, exento de los errores, vicios e intereses personales que aquejan al resto de los mortales. Debe quedar exento, por tanto, de cualquier responsabilidad y del sometimiento a las leyes que aplican para los demás, haga lo que haga y diga lo que diga. Fátima demuestra cómo el derecho de réplica del ciudadano común es papel remojado para la mayoría de los medios; y ¡guay de aquel que intente ejercerlo en serio! Además de ser señalado, y sancionado en su caso, como enemigo de la libertad de prensa y de opinión, recibirá como premio adicional un nuevo baño de materia excrementicia, como el que nos propina ella en castigo a la insolencia de querer desmentirla. ¡Un periodista nunca miente y nunca se equivoca. Faltaba más!

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Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.

México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.

¿Por qué Huachicol?

“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera

Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.

Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.

La escoba de Tabasco

Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.

Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.

Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.

El huachicol aprendió a usar corbata

Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.

Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.

Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas

Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.

Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.

Los otros demonios

Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.

López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.

Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.

¿Alguien les pondrá un alto?

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