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Opinión

ADIOS FUERO, HOLA INMUNIDAD…Por Jaime Fong Ríos

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Que tal amigos, con el gusto de saludarlos les comparto que el día de ayer en San Lázaro la sesión duro cerca de 7 horas, de las cuales 5, se llevo el tema del fuero constitucional de los servidores públicos en nuestro país.

¿Pero en qué consiste tan traída y llevada reforma? Pues les platico que el término de “Fuero Constitucional”, desaparece de nuestra carta magna y se convierte en el denominado, desde la constitución de Apatzingan de 1814, como “Inmunidad”.

¿Qué es el fuero?impune

Es la imposibilidad de proceder penalmente contra determinados servidores públicos acusados de algún delito, sin antes haber agotado un procedimiento para separarlos del cargo. Procedimiento que está claro en nuestra constitución.

Reconociendo los diputados y senadores que esta figura de fuero, ha generado en la sociedad mexicana la percepción de impunidad, hoy se voto para que desapareciera.

¿Quiénes tienen fuero?

En la actualidad, los diputados federales, senadores, ministros de la suprema corte, magistrados del tribunal electoral, consejeros de la judicatura federal, secretarios de estado, asambleístas del distrito federal, el jefe de gobierno del distrito federal, el procurador general de la república, el del distrito federal y consejeros electorales del IFE.

Con la modificación, se pretende que el término de fuero constitucional deje de existir y pase a ser inmunidad. La diferencia estriba en que durante el ejercicio de su función podrán ser acusados de delito cometido en materia penal y llevar el procedimiento como cualquier ciudadano, sin embargo no los podrán separar del cargo, sino hasta que haya sentencia definitiva que dicte su culpabilidad.

En las diferentes materias a la penal, el procedimiento se llevara conforme lo establece la legislación actual, es decir no aplica la Inmunidad para materias diferentes a la penal.

Luego entonces.

Tenemos que se pretende que en igualdad de circunstancias, todos los mexicanos seamos sujetos a los procedimientos legales en caso de cometer algún ilícito.

¿Podrá ser posible que en nuestro país exista la igualdad judicial, usted qué opina?

Al tiempo, tiempo.

 

José Rubén – pronto conoceremos de él.

Nos leemos la próxima semana.

Twitter: @jafong

Jaime Agustín Fong Ríos, es originario de Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua, egresado de la Licenciatura en Derecho por la Universidad Autónoma de Chihuahua, ha trabajado como asesor de comisiones legislativas en el Congreso del Estado de Chihuahua y actualmente labora en la Cámara de Diputados del Congreso de la Uniónjaime fong

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Opinión

Marx Arriaga: cuando la educación se volvió trinchera. Por Caleb Ordóñez T.

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La salida de Marx Arriaga del aparato educativo federal cerró un capítulo ruidoso, pero no el libro completo. Porque más allá del personaje, lo que deja este episodio es una historia conocida —aunque pocas veces contada con calma— sobre cómo la educación en México suele administrarse: entre egos, cuotas y pulsos políticos que poco tienen que ver con lo que pasa dentro del salón de clases.

Arriaga no fue un funcionario gris. Al contrario: fue protagonista. Defendió con convicción una visión específica de los libros de texto gratuitos y convirtió su gestión en una causa. Eso lo volvió visible, influyente… y también prescindible. En educación, cuando el conflicto escala, el sistema rara vez se corrige; simplemente cambia de rostro.

Los números ayudan a dimensionar el tamaño del problema. Cada año, el Estado mexicano distribuye más de 150 millones de libros de texto gratuitos a través de la CONALITEG. Es uno de los programas editoriales más grandes del mundo. Pero ese volumen contrasta con la fragilidad del consenso que lo sostiene. Cambian equipos, cambian prioridades, cambian narrativas, y los libros —que deberían ser un punto de estabilidad— se convierten en terreno de disputa.

Mientras tanto, más de 1.2 millones de docentes en educación básica reciben materiales y lineamientos que se ajustan con rapidez, pero sin el mismo cuidado en la capacitación. El maestro no siempre sabe si el cambio responde a una mejora pedagógica o a una decisión política. Y cuando esa duda se instala, la implementación se vuelve irregular.

Los resultados están a la vista. En la última evaluación PISA disponible, México se mantuvo por debajo del promedio internacional: alrededor de 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias, frente a promedios globales que rondan los 470–480 puntos. No son cifras nuevas ni sorprendentes, pero sí persistentes. Y esa persistencia sugiere que el problema no es un sexenio ni un funcionario, sino un modelo que cambia formas sin transformar el fondo.

La historia de siempre: el botín político de la educación.

El caso Arriaga también expone cómo la educación suele operar como espacio de poder simbólico. Definir contenidos no es solo decidir qué se enseña, sino qué país se imagina. Por eso los debates se vuelven tan intensos y, a veces, tan poco técnicos. Se discute más el mensaje que el método, más la intención que el impacto real en el aprendizaje.

Desde fuera, esa dinámica proyecta una imagen incómoda. México aparece como un país que discute la educación desde la confrontación interna, no desde la mejora continua. En un contexto global donde el conocimiento, la innovación y las habilidades críticas son la moneda fuerte, esa señal pesa.

¿Se puede hacer distinto? Sí, pero requiere decisiones menos espectaculares y más estructurales.

Primero, sacar los contenidos básicos del vaivén político. No congelarlos, sino someterlos a revisiones periódicas con reglas claras, evaluaciones públicas y participación real de especialistas y docentes de aula.

Segundo, alinear libros, capacitación y evaluación. No tiene sentido rediseñar materiales si no se invierte con la misma fuerza en formar a quien los va a usar. Hoy, ese es uno de los grandes cuellos de botella.

Tercero, transparentar los procesos de decisión. Quién participa, con qué criterios y con qué indicadores de éxito. Cuando eso se aclara, baja la polarización y sube la confianza.

Y cuarto, recordar algo básico: enseñar a pensar es más rentable que imponer una visión. Los sistemas educativos más sólidos no son los más ideológicos, sino los más consistentes.

La salida de Marx Arriaga no arregla la educación mexicana, pero deja una lección útil: mientras los libros, los programas y las aulas sigan tratándose como territorios de poder, los cambios serán ruidosos y los resultados modestos.

La educación no debería ser el botín de nadie. Debería ser, simplemente, el proyecto más serio del país.

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