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AMLO criticó la difusión internacional de las protestas en Cuba y pidió a otros gobiernos no intervenir

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El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se pronunció este lunes en su tradicional conferencia de prensa desde Palacio Nacional en la Ciudad de México, sobre las protestas del fin de semana en Cuba contra la dictadura, en medio de una severa crisis sanitaria.

El mandatario mexicano evitó pronunciarse sobre el llamado de Miguel Díaz-Canel para que los partidarios del régimen salieran a las calles, además de las múltiples denuncias de represión. “Es un asunto interno”, dijo.

AMLO, como se le conoce en México al presidente, pidió evitar el intervencionismo y criticó la “inusual” cobertura internacional de las protestas contra la dictadura.

“Quiero expresar mi solidaridad con el pueblo cubano. Creo que debe buscarse una salida mediante el diálogo sin el uso de la fuerza, sin la confrontación, sin la violencia. Y tienen que ser los cubanos los que decidan, porque Cuba es un país libre, independiente y soberano”, expresó.

“No debe haber intervencionismo. No debe utilizarse la situación de salud del pueblo de Cuba con fines políticos. Eso debe quedar de lado. Nada de politización, de campañas mediáticas, que ya se están dando a nivel mundial”, agregó.

El presidente mexicano acusó a la organización Artículo 19 de difundir una imagen falsa en Twitter de las protestas que el domingo generaron gestos de solidaridad internacional y del exilio cubano en Estados Unidos.

“Llama la atención que ha habido un despliegue informativo inusual, desde luego promovido por quienes no están de acuerdo con las políticas del gobierno de Cuba, es obvio”, sentenció.

El presidente ofreció ayuda humanitaria para la isla ante la escases de medicamentos y la escalada de contagios de COVID-19.

“México siempre ha sido solidario con Cuba y con todos los pueblos del mundo, si el gobierno de Cuba lo considera necesario y su pueblo así lo demanda , el gobierno de México podría ayudar con medicamentos, con vacunas, con lo que se requiera , y con comida, porque la salud y la alimentación son derechos humanos fundamentales; sin el manejo político intervencionista que se le esta queriendo dar a este asunto”, agregó.

López Obrador incluso sugirió el fin del bloqueo en contra de la dictadura cubana.

“La verdad es que si se quisiera ayudar a Cuba, lo primero que se debería de hacer es suspender el bloqueo a Cuba como lo están solicitando la mayoría de los países del mundo, eso seria un gesto verdaderamente humanitario , ningún país del mundo debe ser cercado , bloqueado , eso es lo más contrario que puede haber a los derechos humanos”, expresó el mandatario mexicano.

“No se puede crear un cerco aislar a todo un pueblo por razones políticas y por cualquier razón, nadie puede, nadie tiene derecho a tomar esas decisiones que afectan a los pueblos, vamos a esperar como se siguen presentando las cosas, le voy a pedir al secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, que esté pendiente, que si es necesario que si lo solicita el gobierno de Cuba, que se busque una relación, que se establezca una comunicación, un puente para ayudar al pueblo de Cuba y respetuosamente exhortar a todos a que no se opte por el uso de la fuerza, por la violencia, que resuelvan lo cubanos estos asuntos por la vía pacifica”, dijo el primer presidente de izquierda en la historia de México.

Fuente: Infobae

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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