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Argentina golea a Brasil y festeja su boleto al Mundial 2026

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Argentina goleó esta noche por 4-1 a Brasil, en una jornada donde se había asegurado el pasaporte mundialista en un partido válido por la decimocuarta jornada de las eliminatorias Sudamericanas.

Con goles de Julián Álvarez (m.3), Enzo Fernández (m.12), Alexis Mac Allister (m.36) y Giuliano Simeone (m.70), la Albiceleste selló la derrota más abultada que sufrió Brasil -descontó a través de Matheus Cunha (m.26)- en una clasificación al Mundial.

Con el cupo mundialista conseguido antes de jugar gracias al empate de Bolivia con Uruguay, Argentina se floreó ante Brasil en una nueva edición del Clásico Sudamericano.

Argentina apabulló a Brasil desde el comienzo y encontró rápidamente el primer gol en el minuto 4 cuando tras una excelente combinación en los últimos metros de 35 toques, Thiago Almada le puso una buena pelota a Julián Álvarez, que se llevó el balón de atropellada contra los centrales Marquinhos y Murillo para definir con calidad ante la salida desesperada de Bento.

La Albiceleste no sacó el pie del acelerador y en el minuto 12 amplió tras otra gran jugada colectiva que terminó con un centro de Nahuel Molina Lucero para la definición de Enzo Fernández en soledad para empujar el balón a la red.

A partir de ese minuto se vieron los mejores pasajes de juego colectivo del seleccionado local que se floreó con un toque ante un rival que no encontraba ninguna respuesta ni colectiva ni individual.

Sin embargo, en el minuto 26 una salida en falso de Cristian ‘Cuti’ Romero dejó a Matheus Cunha enfrentado en soledad con Emiliano Martínez y, con una definición al palo puso el descuento y le dio aire a la visita.

A partir de ese momento, Argentina tardó en recuperar su mejor versión y su circuito de juego que tuvo su punto de climax en el minuto 36 cuando Alexis Mac Allister anticipó un centro de Enzo Fernández para devolverle al resultado una ventaja de dos goles.

El final del partido fue caliente con varios cruces de los jugadores argentinos con Raphinha que terminó con dos amonestados por lado y el árbitro Andrés Rojas intentando que no creciera la belicosidad entre ambas plantillas.

En el comienzo de la segunda etapa, Dorival Júnior rotó con tres cambios su formación inicial con los ingresos de Leo Ortíz, João Gomes y Endrick para buscar alguna alternativa.

Sin embargo, Argentina no perdió el control del partido y fue administrando los instantes de presión y manejo del balón ante un rival inexpresivo.

El resultado final llegó en el minuto 70 cuando el ingresado Giuliano Simeone capturó un centro pasado para sacar un remate cruzado que se le metió por encima del portero Bento Krepski.

Argentina luego festejó con su público la clasificación y una jornada histórica con una goleada ante Brasil. Fue despedido con una ovación y ahora esperará la próxima doble fecha FIFA en junio ante Chile de visitante y Colombia de local.

Brasil, en tanto, deberá cambiar el chip, para su doble compromiso en junio contra Ecuador en Quito y Paraguay de local.

Ficha Técnica

4. Argentina: Emiliano Martínez; Nahuel Molina Lucero, Cristian Romero, Nicolás Otamendi y Nicolás Tagliafico (m.75, Facundo Medina); Rodrigo De Paul, Leandro Paredes (m.81, Ezequiel Palacios), Enzo Fernández, Alexis Mac Allister (m.75, Nicolás Paz); Thiago Almada (m.68, Giuliano Simeone) y Julián Álvarez (m.81, Ángel Correa).

Seleccionador: Lionel Scaloni.

1. Brasil: Bento Krepski; Wesley, Marquinhos, Murillo (m.46, Léo Ortiz) y Guilherme Arana; André (m.83, Ederson) y Joelinton (m.46, João Gomes), Raphinha, Rodrygo Goes (m.46, Endrick) y Vinicius Junior; Matheus Cunha (m.68, Savinho).

Seleccionador: Dorival Júnior.

Goles: 1-0, m.3: Julián Álvarez. 2-0, m.12: Enzo Fernández. 2-1, m.26: Matheus Cunha. 3-1, m.36: Alexis Mac Allister. 4-1, m.70: Giuliano Simeone.

Árbitro: El colombiano Andrés Rojas amonestó a Nicolás Tagliafico, Thiago Almada, Nicolás Otamendi, Rodrigo De Paul, Murillo, Raphinha, André, João Gomes y Endrick.

Incidencias: Partido de la decimocuarta jornada de las eliminatorias sudamericanas del Mundial 2026 jugado en el estadio Antonio Vespucio Liberti ‘El Monumental’, de la Ciudad de Buenos Aires.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia, secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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