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Casa Blanca alerta por pandemia de “no vacunados” en EU

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Las autoridades sanitarias de Estados Unidos suplicaron este viernes a quienes se resisten a vacunarse contra el coronavirus que lo hagan, debido al aumento de contagios, hospitalizaciones y muertes propiciadas por la variante Delta.

“Hay un mensaje claro que está llegando: esto se está convirtiendo en una pandemia de personas no vacunadas”. Así lo aseguró a la prensa la directora de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC), Rochelle Walensky.

La agencia reportó más de 33 mil casos nuevos el jueves, elevando el promedio diario en siete días a 23 mil 306, un aumento de 70% respecto a la semana previa.

En tanto, el promedio de hospitalizaciones diarias es de 2 mil 790 en una semana, un aumento de 36%.

Y después del descenso en el número de muertes registrado en los últimos tiempos, el promedio diario fue de 211 decesos en una semana, un aumento de 26%.

Los picos se concentran en comunidades con bajas tasas de inoculación, y “los estadounidenses no vacunados representan prácticamente todas las hospitalizaciones y muertes recientes por COVID-19?, dijo Jeff Zients, coordinador de Respuesta al Coronavirus de la Casa Blanca.

La nueva ola obedece a la variante Delta del coronavirus, que representa más del 80% de los casos nuevos, según el rastreador covSpectrum.

Un estudio reciente en la revista Virological muestra que la variante Delta crece más rápidamente dentro del cuerpo en comparación con otras cepas, y es mucho más contagiosa.

Las vacunas, incluyendo las de Pfizer, Moderna y Johnson & Johnson, siguen siendo muy eficaces contra la variante, pero la campaña de inmunización de Estados Unidos se ralentizó drásticamente en las últimas semanas.

El presidente Joe Biden había fijado el 4 de julio como plazo para que el 70% de los adultos hubieran recibido al menos una dosis, pero al 15 de julio la tasa de inoculados era de 67.9%. Al ritmo actual, la meta no se alcanzará hasta fin de mes.

Varias zonas del país, en particular las que votaron por el expresidente republicano Donald Trump en las elecciones de 2020, tienen tasas de vacunación significativamente más bajas que las regiones que votaron por el demócrata Biden, y están en el centro del aumento de contagios.

Sin embargo, y debido a que el 80% de los mayores de 65 años, el grupo etario más vulnerable, completó la inmunización, las autoridades sanitarias esperan que el aumento de las hospitalizaciones y muertes no sea tan dramático como el de los contagios.

Esto seguiría el patrón observado en Israel y Reino Unido, países con alto índice de vacunación golpeados por una ola de contagios de la variante Delta.

Un panel de expertos convocado por los CDC analizará la próxima semana si las personas inmunodeprimidas que presentaron una respuesta insatisfactoria a las vacunas anticovid, pueden recibir una tercera dosis, dijo Walensky.

Fuente: Uno TV

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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