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¿Cuál es el gasto promedio de los mexicanos por Navidad?

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Ya empezó la temporada decembrina y, con ella, el periodo donde el gasto promedio de los mexicanos por Navidad se eleva, oscilando entre los $4000 pesos o más.

Aún cuando en un contexto global todavía enfrentamos una pandemia que, en la actualidad, se mantiene en suspenso por la nueva variante del Covid-19 hallada, la Ómicron, hallada hace solo unos días, la temporada navideña no deja de perder su impulso por las compras.

En ese sentido, México es un país que, históricamente, suele celebrar estas fechas con las personas reunidas en familia, realizando todo tipo de gastos en temas de comida, regalos, detalles, etcétera, además de otros eventos que van surgiendo con el paso de los días.

Para los mexicanos, las fiestas, como tal, inician a partir del 12 de diciembre y hasta el 6 de enero, periodo conocido como el Guadalupe-Reyes, donde se llevan a cabo eventos como posadas, cenas navideñas, intercambio de regalos y juguetes para los niños, entre otros gastos, los cuales se suman a los más fuertes del mes: las cenas de Navidad y Año Nuevo.

La época decembrina es, sin duda, la más fuerte del años, no solo en lo referente a los gastos, sino en lo que concierto a lo emotivo, pues para algunas personas se trata de cerrar un ciclo; culminar un año, por muy difícil que este haya sido, y arrancar el siguiente con la mejor vibra.

Por otro lado, sí hablamos de días en donde se suele gastar, en promedio, más que los meses anteriores, ya que las familias mexicanas distribuyen sus gastos en la compra de alimentos para la cena navideña y de fin de año, regalos para la familia, decoraciones del hogar y regalos para amigos y conocidos.

De acuerdo con información del sitio marketing4ecommerce, la distribución de los gastos por parte de los mexicanos en época de Navidad es la siguiente: un 51 por ciento en alimentos para las cenas de Navidad y Año Nuevo; 43 por ciento en regalos para la familia; 14 por ciento en decoraciones del hogar; y 13 por ciento en regalos para amigos y/o conocidos.

Una encuesta realizada el año pasado reveló que 5 de cada 10 mexicanos prefieren preparar sus alimentos desde cero, mientras que el resto elige hacer sus compras por medio de aplicaciones o plataformas de comida a domicilio e, incluso, ir a restaurantes.

En cuanto a los alimentos, el promedio que gastan las familias oscila entre los 300 y los 1.000 pesos, dependiendo de los ingredientes y porciones. De esta manera, los gastos fuertes son en platos como el pavo, el bacalao, los romeritos, la pierna y el lomo.

Gasto promedio de cada mexicano por época de Navidad

Desmenuzando los precios de cada uno de ellos, el precio del pavo varía entre los 300 y los 500 pesos; el lomo y la pierna cuestan entre los 200 y los 400 pesos; el valor del bacalao se encuentra entre los 360 y los 500 pesos por kilo; por parte, el precio del camarón seco para los romeritos oscila entre los 150 y los 200 pesos por cada 250gr. Todos estos gastos, sin contar con los ingredientes para prepararlos.

Ahora bien, para aquellas personas que prefieren comer fuera de casa e ir a algún restaurante, se habla de que, en promedio, se gastan entre 800 y 3.000 pesos, y si hablamos de quienes piden comida a domicilio, en promedio se gastan 300 pesos por persona.

Otro de los gastos fuertes son las bebidas alcohólicas que, en esta temporada navideña, suele ser prácticamente indispensable. Así, los mexicanos gastan, como mínimo, 1.000 pesos por cada evento como cena de Navidad o de Año Nuevo, mientras en en las posadas, cada mexicano genera un gasto de 500 pesos aproximadamente.

Los regalos son otra derrama fuerte de dinero por parte las personas. Algunos estudios mercadológicos afirman que los mexicanos gastan en promedio 8,433 pesos en hogar y jardinería, 1840 pesos en la categoría de erótica, 1448 pesos en ropa, 1330 pesos en salud y belleza, y 1,096 en libros.

En ese sentido, ahora, tras la llegada de la pandemia, los métodos de compra han cambiado, siendo las plataformas como Mercado Libre, Amazon, Shein y Liverpool en línea, entre otras más, las más utilizadas por los consumidores.

Finalmente, los adornos al interior de la casa también son gastos importantes y que, sin duda, se deben tener en consideración. De esta manera, un árbol artificial de Navidad, como mínimo, cuesta entre 300 y 400 pesos y uno natural tiene un costo promedio de 1.000 pesos y, de hecho, puede aumentar hasta los 20.000 pesos.

Asimismo, las decoraciones interiores del hogar suelen generar gastos desde los 400 pesos, mientras que los adornos exteriores van desde los 500 hasta los 20.000 pesos.

Fuente: Merca 2.0

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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