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¿Cuáles serán los partidos del Thanksgiving Day del NFL?

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El Día de Acción de Gracias o Thanksgiving Day y el fútbol americano tienen una relación que se remonta a más de un siglo. Fue en 1876 cuando, por primera vez, se jugó un partido de este deporte en el feriado, apenas unos años después de su creación. Desde entonces, la conexión entre el fútbol americano y Thanksgiving Day no ha hecho más que fortalecerse.

Yale y Princeton marcaron el inicio de esta costumbre en 1876, organizando un partido en Thanksgiving Day que sentó las bases para encuentros similares. Equipos universitarios como Michigan siguieron esta tradición, consolidándola en el calendario deportivo. La llegada de la NFL en 1920 marcó el inicio de una era moderna en esta tradición, y ese mismo año, los Staleys de Decatur (hoy Chicago Bears) vencieron 6-0 a los Tigres de Chicago, en un duelo que sería el inicio de una costumbre perdurable.

El atractivo de estos partidos radica no solo en el espectáculo deportivo, sino en su capacidad para reunir a familias y aficionados en una de las festividades más importantes de Estados UnidosThanksgiving Day, celebrado en plena temporada de la NFL, se ha convertido en un escaparate perfecto para la liga, alcanzando audiencias masivas y fortaleciendo su conexión con la cultura estadounidense.

Hoy en día, los partidos de Thanksgiving Dayson tan icónicos como el pavo en la mesa pues una muestra de cómo el deporte puede convertirse en parte integral de las tradiciones de una nación.

¿Qué partidos de la NFL hay este Thanksgiving Day 2024?

Los Detroit Lions son los auténticos protagonistas del Thanksgiving Day. Desde 1934, cuando disputaron su primer partido de Thanksgiving contra los Chicago Bears, los Lions se han convertido en una pieza clave del feriado, acumulando 84 apariciones con un récord de 37-45-2. Décadas después, en los años 60, los Dallas Cowboys se unieron a la tradición y consolidaron su lugar como los favoritos de la televisión en estas fechas. Con 56 partidos jugados y un récord de 32-23-1, los Cowboys han convertido su participación en un evento esperado por millones de fanáticos.

La Semana 13 de la temporada 2024 arrancará este jueves con tres partidos que prometen algo para todos los gustos. Sin embargo, lo que parecía ser una jornada emocionante al inicio de la temporada, llega con algunos encuentros deslucidos por las circunstancias. Los Lions recibirán a sus rivales de la NFC Norte en un duelo que, aunque luce disparejo, podría complicarse por tratarse de un enfrentamiento divisional. Caleb Williams, el prometedor novato de los Bears, enfrentará a una sólida defensa liderada por los Lions, quienes buscan consolidar su dominio en la Conferencia Nacional.

El segundo encuentro del día se perfila como el menos atractivo de la jornada. Con los Giants y Cowboys ocupando los últimos lugares de la NFC Este, este partido carece del brillo esperado. Las lesiones han dejado fuera a Dak Prescott y Daniel Jones, por lo que el enfrentamiento entre Cooper Rush y Danny DeVito será el gran desafío para los aficionados.

El duelo nocturno cerrará el día con un choque más emocionante. Los Dolphins, en plena racha de victorias, buscarán extender su buen momento enfrentando a los Packers en Lambeau Field. Este enfrentamiento promete ser el plato fuerte de la jornada.

 Terminando la jornada especial por el Thanksgiving Day y por segundo año consecutivo, este Black Friday 2024 habrña un juego extra fuera de la jornada regular, y será protagonizado por los actuales campeones los Kansas City Chiefs, quienes recibirán a Las Vegas Raiders en GEHA Field at Arrowhead Stadium.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia, secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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