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Desde San Lázaro por Jaime Fong

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En esta ocasión me voy a referir a una iniciativa presentada al inicio del presente periodo ordinario en San Lázaro, la cual modifica la fecha de toma de protesta del presidente de la republica, cambiándola del 1 de diciembre al 1 de octubre. Pero ¿Qué beneficios se derivan de esta decisión?

La cuestión más relevante radica en que del día de la elección, que por lo regular es durante la primera semana de Julio, al día de la toma de protesta, pasan 5 largos meses, donde se tiene a un Presidente constitucional saliente y uno electo, esto durante el llamado periodo de transición.

Durante las elecciones presidenciales de 2012, dos meses fueron suficientes para que los órganos jurisdiccionales en materia electoral, confirmaran al triunfador. Si a esto sumamos un mes para los tramites que conlleva la entrega – recepción de la administración pública federal, bastarían tres meses para que el presidente pudiera tomar protesta. Por ello la relevancia de la iniciativa y la fecha planteada de entrada en funciones del nuevo titular del ejecutivo fuera el 1 de octubre.

Si a esto sumamos el corto e insuficiente tiempo en el que se debe presentar, discutir, analizar y aprobar tanto la Ley de ingresos como el Presupuesto de Egresos, no representa la importancia de dicho procedimiento en el que se deciden solo unos cuantos miles de millones de pesos, para ser exactos, 3,900 millones de millones de pesos que se ejercerán durante el presente año 2013.

Por ello, son muchos los efectos positivos derivados de la posible aprobación de esta reforma; reducir la incertidumbre de las elecciones, hacer eficiente la transición entre los gobiernos, presentar el último informe del presidente saliente y que el presidente electo tenga el tiempo necesario para discutir un tema tan importante como es el presupuesto y los ingresos del país.

Estaremos desde San Lázaro muy al pendiente de esta iniciativa que ya se encuentra en la comisión de puntos constitucionales.

Al tiempo, tiempo.

Hasta la próxima semana

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México, el gran estadio del mundo. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay instantes en la historia de un país en los que todo converge: la atención del planeta, la emoción colectiva y la oportunidad de mostrarse tal como es. México está a punto de entrar en uno de esos instantes. En 2026, el deporte no será un simple acontecimiento en la agenda; será un relato continuo que se vivirá en estadios repletos, en playas abiertas al mundo, en ciudades vibrantes, carreteras llenas y un país visto a través en cientos de millones de pantallas. Un año en el que la pasión se convertirá en espectáculo y el espectáculo en identidad.

El Mundial de Futbol es el epicentro. El torneo que paraliza al planeta y que transformará al país anfitrión en un punto de referencia cultural, económico y emocional. Durante semanas, México será una conversación global: aeropuertos llenos de idiomas, calles convertidas en ríos de aficionados, plazas públicas latiendo al ritmo del balón. No se trata solo de partidos; se trata de comprobar la capacidad de un país para recibir, organizar, emocionar y dejar huella eterna. México ha sido el color de todos los mundiales y ahora le toca explicarle al mundo porque amamos tanto esta fiesta global.

Pero la grandeza de 2026 no se sostiene en un solo evento. El calendario completo dibuja una narrativa más ambiciosa. El béisbol, por ejemplo, tendrá uno de sus momentos más simbólicos con la Serie del Caribe en Jalisco. Un torneo que es tradición, orgullo regional y fiesta popular. El diamante se convierte en punto de encuentro continental; el estadio, en una extensión de la calle. Viajan los equipos, viajan los aficionados y viaja una identidad que conecta a México con el Caribe y con millones de seguidores del béisbol en todo el continente.

La velocidad irrumpe con fuerza desde la pista. La Fórmula 1 ha hecho de México una de sus sedes más celebradas. No es solo la carrera: es el ritual previo, la música, la ciudad transformada en escenario global; el premio más querido del mundo. Es la confirmación de que el país puede ejecutar eventos de máxima exigencia con precisión, estilo y personalidad. La bandera a cuadros no marca el final; marca el inicio de una celebración que se extiende toda la noche por toda la capital.

En el tenis, Acapulco vuelve a demostrar que el prestigio se construye con experiencia. Los mejores jugadores del mundo no llegan solo a competir; regresan porque saben que ahí el deporte se vive con excelencia. Cada punto es observado, cada partido es un escaparate y cada edición refuerza la idea de que México sabe jugar en las grandes ligas del deporte internacional.

Ahí mismo en la costa, el pádel ha encontrado en México (donde lo vio nacer) una de sus casas más apasionadas. Gradas llenas, figuras globales y una afición que vive el deporte como convivencia y espectáculo. A su alrededor crece una industria moderna y aspiracional que conecta con nuevas generaciones y crece de manera impresionante.

Las costas amplían el escenario. El golf, con torneos de alto nivel tanto PGA como LIV golf, convierte a las playas mexicanas en destinos de élite. Campos espectaculares, paisajes únicos y un turismo especializado que llega, se queda y consume. A esto se suman el surf y la pesca deportiva, disciplinas que transforman la naturaleza en escenario competitivo y al país en destino deseado.

Y cuando el espectáculo parece completo, entran en escena las grandes ligas de Norteamérica. La Major League Baseball ha encontrado en México una plaza capaz de llenar estadios rápidamente y generar audiencias continentales.

Y para alegría de millones, regresa la NFL, con partidos que se convierten en verdaderos fenómenos culturales, confirma algo contundente: México no es solo mercado, es sede; no es espectador, es protagonista. Pocos países fuera de Estados Unidos pueden decir lo mismo.

Todo converge en una certeza: México se ha consolidado como uno de los grandes organizadores de eventos deportivos del mundo. No importa si se trata del torneo más grande del planeta o de una competencia especializada; el país responde con carácter, apostando por la infraestructura, talento y lo más importante la hospitalidad del mexicano.

Más allá de títulos y resultados, el impacto verdadero está en la derrama económica, en el empleo, en la proyección internacional y en la memoria que se construye. Cada evento es una invitación abierta a conocer el país, a recorrer sus estados y a regresar. En 2026, los grandes ganadores no estarán solo en el podio. El gran vencedor será México, con todos sus territorios, su gente y su capacidad infinita para convertir el deporte en una celebración que el mundo no olvida.

Es emocionante imaginar que lo viviremos, para recordarlo siempre.

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