Opinión
EL DESDEBATIDO DEBATE Por Luis Villegas
Vayamos por partes, la verdad, yo a la edecán ni la vi. Y no la vi por la simple y sencilla razón de que el debate lo vimos Adriana y yo juntos; y para quien no lo sepa, mi media naranja tiene el radar descompuesto porque voltee o no voltee yo a ver a alguna individua más o menos visible, zas, el madrazo y el reclamo, el madrazo a secas en caso de falta fulminante (sea o no sea real) o un medio reclamo (cuando no está muy segura de que efectivamente haya yo volteado a ver a la presunta). Total, ese condicionamiento pavloviano ha rendido sus frutos de tal suerte que he adquirido una extraordinaria capacidad para ver por el rabillo del ojo pero así, de frente, si se atreve a aparecer una beldad en el radio de mi visión, como que se me nubla la vista o la Virgen empieza a hablarme. Por eso todo lo que sé de la famosa Julia Orayen lo sé de oídas o de leídas. Lo único cierto, en mi opinión, es que el hecho de que su nombre fuera lo más menciona
do en redes sociales durante y después del debate (“Minutos después de su aparición, Julia Orayen ya era trending topic mundial en la red social Twitter. Según el sitio TweetReach la edecán tuvo 18 mil 708 menciones”),[1] da cuenta cabal de dos cosas: Lo insulso del evento, lo soso, lo intrascendente, lo irrelevante; y la falta de cultura cívica de muchos de los espectadores porque al final de cuentas y para efectos prácticos, Julia Orayen no era sino parte del decorado, un elemento más de la escena, un “árbol” si se tratara de una Pastorela; que haya capturado la atención del televidente en esa proporción resulta patético y lamentable; es, casi, como ir al teatro y ya comenzada la función empezar a ver a los tramoyistas. Absurdo si no fuera ridículo.
Ahora bien, como este asunto de los debates entre candidatos es igualito a las peleas de gallos y de lo que se trata es de saber quién “perdió” y quién “ganó”, se lo voy a decir sin tapujos: Ganó Peña Nieto. Total, absoluta, categórica y definitivamente ganó Peña Nieto.
Y le voy a decir porqué, aunque primero le diga porqué no ganaron los otros tres. En último lugar quedó “El Peje”; fue decepcionante. Nada de “la garra” del 2006; aunque sabemos que su espíritu amoroso es una pose y una estrategia para engañar incautos -a mí ya me empieza a caer bien, lo que da sobrada cuenta de que en el fondo, muy en el fondo, soy un ingenuo-, el debate era su oportunidad dorada para mostrar de qué está hecha esa ternurita… y la dejó pasar. Un discurso hueco, vacío, monótono. “El Peje” dejó ir la ocasión de despedazar a sus rivales; de conmover a Josefina, de despeinar a Peña Nieto y de acabar de educar a Cuadri; lo más triste es que quizá no vuelva a tener esa oportunidad.
En tercer lugar quedó “Chepina” -(¡Aaaay, Chepinaa!), ¡qué lejos quedó mi gallo que era gallina y se llamaba “Josefina”!-. En menor medida que “El Peje” Josefina no se mostró como lo que verdaderamente es: Una persona inteligente, resuelta, con vasta experiencia en el quehacer público y, sobre todo, una mujer en medio de la vorágine de la política. Desperdició las posibilidades que le brindaba su condición para verse segura de sí misma, dueña de sí; y al mismo tiempo, femenina y entera; una fuerza vital arrolladora envuelta en la maravillosa cubierta de su sexo. Nada. Parecía agente de pompas fúnebres. Y para colmo, ni siquiera contenta con la posibilidad de hacer negocio a partir de la tragedia ajena.
En segundo lugar quedó Gabriel Cuadri; elocuente, lúcido, puntual, las razones por las que no quedó en primer lugar son dos y ambas constituyen escollos insalvables para poder contemplarlo como un contendiente serio o el próximo Presidente de México: La primera, que el partido que impulsa su candidatura no tiene auténticas posibilidades de triunfo; el PANAL, a pesar de la fuerza del magisterio, continúa siendo un partido marginal, “cachavotos”, que sobrevive más allá de una precaria medianía a partir de sus alianzas intermitentes, de hecho o de derecho, con el PRI y con el PAN. La segunda razón, peor que la anterior, es que si Enrique Peña Nieto es producto de “El Dedazo” del PRI, de los Salinas de Gortari, de los Montiel, de los Moreira, Cuadri es “El Dedito” de Elba Esther; un apéndice, un tallo, un pedúnculo de “La Maestra” y eso sirve para descalificar no nomás a un Cuadri sino a una veintena de estos por más formalitos que sean o lo parezcan.
Y eso nos deja con el ganador absoluto de la noche: Enrique Peña Nieto (a) “El Bombón”. Y si usted piensa que la razón para declararlo el vencedor indiscutido del debate se halla en la solidez de su propuesta, en su calidad oratoria, en su desenvoltura o capacidad argumentativas, le diré que no; que no es esa la razón. La imagen de Enrique Peña Nieto es una impostura más falsa, mil veces más falsa, que la de Andrés Manuel López Obrador y va desde la onda perfecta de su abultado copete hasta su pretendida “historia de amor” con “La Gaviotaaaaaaa”. Y aunque al igual que Josefina, Peña Nieto se mostró inseguro y acartonado, por lo menos Josefina debió vencer multitud de resistencia para alzarse con la candidatura de su Partido y continúa batallando, porque se requiere mucho valor y determinación para sortear las dificultades que representa ser mujer y candidata a la Presidencia de la República en un México bronco y machista; intolerante y sectario; dispuesto, tristemente todavía, a vender a sus niñas, en algunas comunidades del país, por un saco de frijol o maíz. En cuanto a los aliados de Peña, la biografía de algunos de ellos haría palidecer la de “La Maestra” y eso ya es mucho decir.
No, Enrique Peña Nieto ganó el debate por la simple y sencilla razón de que no se desmoronó; de que pudo balbucir, más o menos de manera coherente y sin despeinarse, el discurso diseñado por sus asesores desde su cuartel de campaña. Ganó porque sus adversarios no quisieron o no pudieron hacerlo tropezar; ganó porque fue capaz de mantenerse entero, durante dos horas, frente a las cámaras, sin decir ninguna sandez; ganó, porque su ignorancia mayúscula, magnífica, perfecta, no fue exhibida y, quizá, solo tal vez, vislumbrada; ganó, porque su incultura y cortedad de ideas, brillaron por su ausencia; ganó, pues, porque, terriblemente, por unas horas pudo dejar de ser él, para convertirse en la ilusión y el anhelo inalcanzable de millones de mexicanos. Ganó, en definitiva, porque fue artífice del prodigio de negarse a sí mismo por unas horas, para vivir de prestado la vida de otro, hecho a su imagen y semejanza, pero infinitamente mejor en su silencio, en su parquedad, en su mutismo; hasta ahora, los mejores aliados de su Campaña.
Opinión
Chihuahua, la gran batalla. Por Caleb Ordóñez T.
Andrea Chávez hizo prácticamente todo lo imaginable para convertirse en candidata a gobernadora de Chihuahua. Recorrió el estado durante años, apareció en espectaculares, inundó las redes, protagonizó polémicas nacionales, consiguió el respaldo de Adán Augusto López y tuvo al PT amenazando prácticamente con una rebelión si Morena no la elegía. Construyó alrededor de su nombre esa sensación tan mexicana, de antaño, de que una candidatura ya estaba decidida antes de decidirse.
Y pues, perdió.
No por mucho. En la pregunta definitiva de Morena, Cruz Pérez Cuéllar obtuvo 31.53% contra 30.61% de Andrea. Apenas 0.92 puntos. Pero debajo de aquella diferencia microscópica aparecieron datos bastante más interesantes: Cruz tenía mayor conocimiento que quizá solo los chihuahuenses entenderían, fue un 64.75% contra 51.17%; también quedó arriba cuando se preguntó quién sería mejor candidato y registró mayor disposición de voto. El mecanismo ponderado terminó otorgándole 8.5 puntos contra 1.5. Una tremenda paliza.
Andrea construyó visibilidad. Cruz conservó los factores reales del poder. Y ésa puede ser la primera gran lección de Chihuahua rumbo a 2027.
Porque Cruz es un político de una estructura de antaño; otra escuela. Fue dirigente estatal partidista, diputado local, diputado federal, senador por Morena y dos veces alcalde de Ciudad Juárez. Ya había perdido una candidatura al gobierno estatal pues no tenía presupuesto, luego regresó a Juárez, hizo puentes con AMLO y Sheinbaum, reconstruyó y esperó.
Pertenece a esa generación que aprendió política de primer nivel antes de TikTok: conocer municipios, relacionarse con empresarios, campesinos, ganaderos, comerciantes, dirigentes seccionales, hacerse amigo de adversarios y hasta esquivar los rencores personales que muchas veces pesan más que cualquier encuesta.
No creo que sea fácil.
Pero suele ser bastante bastante útil.
Quizá por eso su primera reacción después de derrotar a Andrea no fue cobrar facturas. “La voy a buscar”, le dijo con ánimo conciliador al periodista Joaquín López-Dóriga. La llamó un activo de Morena y habló inmediatamente de unidad, estructura territorial y diálogo.
Cruz entendió algo elemental: ganó la candidatura, pero todavía no gana Chihuahua.
Y para ganar Chihuahua necesita a Andrea y a su gente.
Después de semejante inversión política -y económica-, Chávez no desaparece porque perdió una encuesta. Conserva reconocimiento, operadores, seguidores en redes sociales, relaciones nacionales y una estructura construida durante años. Además es juarense, justamente donde Cruz deberá resolver una de las sucesiones municipales más importantes del país.
¿Andrea candidata a la alcaldía de Ciudad Juárez?
Hoy sería especulación.
Pero tampoco hay que ser Maquiavelo para imaginar la posibilidad.
Una Andrea verdaderamente incorporada, llevando a su estructura hacia Juárez mientras Cruz concentra su operación estatal, podría transformar la batalla interna más peligrosa de Morena en una alianza electoral formidable. Ella tendría futuro; Cruz tendría unidad; Morena conservaría dos estructuras que hasta hace unos días estaban intentando derrotarse.
Para conseguirlo ambos tendrían que tragarse algo.
Andrea, el orgullo.
Cruz, las facturas pendientes.
Eso se llama política.
La otra posibilidad es mucho más entretenida para el PAN: que Andrea se retire, que sus operadores se dispersen o, peor todavía, que comience el deporte favorito de los partidos mexicanos cuando alguien pierde una interna: el fuego amigo. Una elección competitiva puede perderse por los votos que obtiene el adversario, pero también por aquellos que tus propios aliados deciden no ayudarte a conseguir.
Cruz parece dispuesto a intentar la operación cicatriz, aunque no con todos. Con Andrea quiere hablar. Con Javier Corral, no se tomará ni un café. Cuando López-Dóriga le preguntó por el exgobernador, respondió que no es su compañero y que no quiere su apoyo. Incluso consideró que ser su enemigo es un gran premio, pues en Chihuahua no quieren al exgobernador.
Ahí también hay oficio.
Cruz parece distinguir perfectamente entre Andrea y todos los personajes que se acomodaron alrededor de Andrea. Una cosa es integrar a quien prácticamente empató la medición final y otra organizar una posada para abrazarse con cada adversario acumulado durante veinte años.
Unidad no significa amnesia.
Mientras tanto, en el PAN deben estar haciendo cuentas.
Marco Bonilla gobierna la capital y pertenece al partido que controla el estado. Tiene estructura, exposición, pocos negativos y el enorme activo de competir desde el principal bastión panista. Pero enfrente tendrá a un político que gobierna la ciudad más poblada de Chihuahua, conoce los sectores económicos y políticos del estado y lleva décadas construyendo relaciones más allá de los partidos.
Las encuestas cuentan historias diferentes. Algunas han colocado a Cruz con ventajas muy importantes; otras han puesto a Bonilla competitivo. Eso significa algo mucho más divertido que una elección resuelta:
Hay elección.
Y Chihuahua capital será una batalla dentro de la gran batalla. El PAN conserva ahí su principal fortaleza, pero también tendrá que administrar sus diferencias internas que son verdaderamente hostiles. Morena deberá demostrar que puede trasladar hacia el centro del estado la fuerza que posee en Juárez. Cruz tendrá que convertir poder territorial en una coalición estatal; Bonilla, transformar una plataforma capitalina en un proyecto para 67 municipios.
Porque Chihuahua no será una elección más.
Para Morena es la joya que todavía no posee. La izquierda contemporánea nunca ha gobernado el estado y conquistarlo tendría un enorme valor político y simbólico. Para el PAN significa exactamente lo contrario: Chihuahua forma parte intrínseca de su historia y perderlo sería entregar uno de sus bastiones nacionales fundamentales.
La paradoja es maravillosa. Un estado que nunca ha tenido un gobierno estatal de izquierda tiene profundas conexiones con la izquierda que gobierna México. Bertha Luján, chihuahuense, presidió el Consejo Nacional de Morena y es madre de Luisa María Alcalde y Bertha Alcalde. María Sorté, madre de Omar García Harfuch, nació en Camargo. Andrea es juarense. Cruz también construyó desde Juárez su principal fortaleza política.
E insisto, Chihuahua nunca ha sido gobernado por la izquierda.
Pero demasiados caminos de la izquierda nacional conducen hacia Chihuahua. Tierra que la presidenta ha llamado “su Estado favorito”.
Por eso todos van a ir.
Morena buscará aquello que todavía no tiene. El PAN defenderá aquello que no puede permitirse perder. El PT tendrá que acomodarse después de haber apostado abiertamente por Andrea. La gobernadora Maru Campos defenderá su legado y Marco Bonilla tendrá que salir de la comodidad de la capital y hacer campaña lo más pronto posible.
Y en medio estarán Cruz y Andrea.
Ella tendrá que decidir qué hacer con su derrota.
Él, qué hacer con su victoria.
Falta más de un año.
Pero Chihuahua ya dejó de prepararse para el 2027.
Chihuahua ya está en el 2027 y el país entero querrá saber qué sucederá ahí. Podría convertirse en la madre de todas las batallas.
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