Opinión
El espejito embrujado. Por Javier Contreras
“Espejito, espejito:
¿quién es la más bella del todo el mundo?
…eres tú, mi reina”
Las selfies son como el espejito embrujado que cuando nos vemos, engaña. Nos dice lo que queremos escuchar, nos halaga y seduce. Hace que nos veamos mejores de cómo somos con filtros que pueden mejorar las arrugas o desaparecerlas. Además, tiene la función de lupa o lente de aumento para ampliar la figura y verla más al detalle.

Dr. Javier Contreras Orozco
Las selfies serían el sueño ideal y perfecto de la bruja malvada del cuento de Blancanieves o de Dorian Grey de la novela de Oscar Wilde para verse siempre jóvenes y radiantes, aunque la realidad sea otra.
En lugar del simple click de la selfie, la bruja malvada le preguntaba al espejo: espejito, espejito ¿quién es la más bella del todo el mundo? Y la respuesta llegaba de inmediato: “eres tú, mi reina” hasta que apareció la hijastra Blancanieves.
Y el personaje Oscar Wilde lograba que su imagen plasmada en una pintura fuera envejeciendo, mientras que él siempre se veía igual como si no pasaran los años por encima, como nos autoengañamos muchas veces en las fotos de perfil de las plataformas de redes sociales.
¿Qué poder ejerce sobre nosotros el espejo? ¿solo nos reflejamos o hay algo más poderoso? ¿Realmente lo que vemos en el espejo es el reflejo de nosotros o una deformación cómoda? En las selfies nos vemos como queremos vernos, no como somos.
Los monjes cartujanos son una comunidad que tiene cientos de años y sigue siendo considerada de las más estrictas en sus reglas cuya razón de vivir se reduce a dos acciones: ora et labora. Ora y trabaja, levantándose en la madrugada a orar y completan el día con labores del propio convento. Y entre sus prohibiciones está el tener un espejo en su celda para evitar la vanidad de su imagen y por lo tanto, no ser presa de la soberbia. Pueden durar años sin saber cómo es su rostro lo que desarrolla su humildad. Ejercicio imposible en la era de la imagen, acá en el mundo de la vanidad.
Esa vanidad que ha conformado el triángulo en el que vivimos en la cultura incestuosa con nosotros mismos. La soberbia nos empujó al narcisismo y éste detonó una megalomanía.
Hay dos características que nos identifican casi en cualquier parte del planeta: vivimos en un mundo globalizado y estamos inmersos en la burbuja de hiperconectividad.
La clásica definición de que somos unos seres autorreflexivos que a diferencia de los animales actuamos guiados por la conciencia y la reflexión ha migrado a unos seres que nos vemos a nosotros mismos, nuestra imagen y figura, pero no a nuestro interior, solo nuestros rostros.
Aquella vieja y trillada frase socrática de “conócete a ti mismo” sería el equivalente a una selfie del alma. Sócrates fue de los primeros en señalar que para conocer el mundo primero hay que conocernos a nosotros mismos, que para comprender y entender a las demás, debemos de voltear la vista hacia dentro de nosotros y por lo mismo, para criticar y enjuiciar a los que nos rodean, primero debemos de mirar de manera humilde hacia nuestro interior.
La palabra conciencia, significa con-conocimiento. Es la certeza interior de nosotros mismos que regula las acciones y reacciones. El ejercicio que hacemos con la conciencia se da en los monólogos que hacemos. Somos autoparlantes: nos platicamos y de ahí surgen nuestras decisiones. No existe ningún animal o ser vivo, aparte del humano, con esa característica.
Entonces, conócete a ti mismo, no solo implica un consejo o recomendación de voltear la vista hacia nosotros ni vernos en el espejo que solo refleja el exterior, pero no penetra más allá.
La hiperconexión que nos ofrece la tecnología digital, es la posibilidad de estar permanentemente conectados a redes, mantener comunicación sin importar el tiempo o la distancia, a tener acceso a información o desinformación las 24 horas de los 7 días de la semana.
Y la globalización implica la totalidad de temas diversos y dispersos para generar la percepción que estamos en una sociedad de la información, lo que puede entenderse de que sabemos de todo, comentamos y discutimos de todo como los políticos y gobernantes enfermos de hybris, que creen que el poder les otorga la capacidad de hablar y acaparar la atención. La hybris es lo que a menudo ataca a los gobernantes al perder la moderación de sus atribuciones y las decisiones se convierten en berrinches o caprichos de obras.
Sin embargo, el conócete a ti mismo del siglo XXI, se reduce a tómate una foto. Si Sócrates viviera en este tiempo volvería a aceptar tomar cicuta para morir.
Sócrates murió de manera voluntaria en el año 399 antes de Cristo después de ser sentenciado bajo la acusación de corromper a las juventudes de Atenas y por no reconocer a los dioses oficiales y tradicionales. La acción de este veneno puede tener resultados después de 15 minutos de ingerirlo con efectos que empiezan con la resequedad de la boca y gradualmente va generando taquicardia, sudoración, espasmos, temblores hasta llegar a convulsiones y la muerte.
Así es: Sócrates volvería someterse al mismo sacrificio al repetirse las mismas causas de su muerte, pero con nuevos ingredientes y distracciones. Las redes sociales representan los pecados capitales que permitimos nos corrompan y los nuevos dioses que rinden culto al hedonismo, egocentrismo y materialismo.
Y casi todo se concentra en el mundo de la selfie, el mundo del yo, el verme a mí mismo de manera intensiva, compulsiva y obsesiva con fotografías a todas horas y en todas las formas y posiciones. Solo para nuestro deleite. Las selfies solo nos hacen ver lo externo y material; todo está centrado en nosotros, no para conocernos, sino para deleitarnos con una imagen temporal, superficial y muchas veces sometida a cirugía plástica.
Vivimos en una supuesta sociedad de la información que ha fracasado porque seguimos inmersos y víctimas de la sociedad de la desinformación.
Lejos de buscar la verdad, la rodeamos y pretendemos suplantarla con apariencias y puntos de vista personales y aislados, gritando a los cuatro vientos que lo que yo crea de lo que sea, es mi verdad, y por lo tanto es una verdad.
Se argumenta que la verdad es como un chicle que se puede restirar a nuestro gusto y placer o una liga ideológica que la jalamos de un lado a otro según nuestros intereses. Lamentablemente hemos convertido a las redes sociales en artífices de este estiramiento de la verdad a la que hemos rebautizado como “alternancia de la realidad” que al buen entendedor es un capricho y una aberración al sostener que podemos cambiar la realidad a nuestro gusto y conveniencia.
Esta es la tentación de muchos políticos y gobernantes que intentar hacer un decreto de verdad de lo que ellos creen y descalificar a los que no piensen como ellos.
Somos víctimas de engaños y noticas falsas, falsos supuestos en gran parte del contenido en algunas redes sociales que se alimentan de rumores, chismes, trascendidos y mentiras que componen lo que conocemos como posverdad.
Mientras tanto, nos entretenemos tomándonos selfies y dedicando horas y horas a ver fotos de otros con interés, morbo, curiosidad o envidia.
Somos como la bruja malvada que a cada minuto nos tomamos una selfie y la subimos preguntando quién es la más bonita o el más guapo.
Ora et labora…o tómate fotos y obsérvate en el espejo que cargamos a todos lados.
Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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