Opinión
las causas de la izquierda
Víctor Orozco
La izquierda ha apoyado a -y se ha abanderado con- distintas causas a lo largo de los siglos. La primera de ellas fue la lucha por la libertad, en sus diversas dimensiones: de expresión, o de prensa como se le conoció en sus inicios, de conciencia, de trabajo, de enseñanza. Todas ellas fueron arrancadas a sangre y fuego a los viejos poderes venidos del medioevo: la aristocracia, los señores de la tierra y sobre todo la iglesia católica. Al menos en Occidente. En estos combates, estuvieron aliados los componentes del llamado tercer estado en la historia francesa (de la cual surgieron las diferenciaciones de izquierda y derecha), pero comunes a todos los países: burgueses, nacientes obreros, artesanos, clases medias. La dirección de las revoluciones fue asumida en casi todas partes por la masonería, constituida en una especie de internacional en la que se inscribieron la inmensa mayoría de los adalides libertarios.
La libertad en general dejó fuera a las mujeres, la mitad de la humanidad. En las filas de la izquierda, pronto destacaron como dirigentes y teóricas varias de ellas, como Rosa Luxemburgo. Desde las primeras y heroicas sufragistas quienes abrieron la marcha, la emancipación de las mujeres ha sido en siglo y medio una causa central para las izquierdas. Negada en sus inicios, asumida a medias después, con incongruencias, por cuanto entraña una genuina revolución cultural, cuyos cambios comprenden a las propios militantes y adherentes. Algo similar ha sucedido con las otras emancipaciones, por motivos de raza o preferencia sexual.
La siguiente causa, más popular por cuanto respondía a intereses más extendidos en las sociedades, fue la que exigía la igualdad social, el reparto equitativo de la riqueza. Suscitó, sin embargo menos consenso en los revolucionarios, porque ellos mismos estaban divididos por su situación en la pirámide social. El capitalista estaba muy de acuerdo en la igualdad ante la ley y hasta estaba dispuesto a participar en las barricadas si había que defender las libertades públicas, pero de ninguna manera compartía los programas igualitarios que alzaban sus viejos aliados artesanos, campesinos, obreros, intelectuales radicalizados. La escisión se hizo clara significativamente entre los masones: los hubo en la filas de los revolucionarios y en las que los combatían con furia. A la postre, la justicia social se constituyó en el leitmotiv de los revolucionarios y se identificó con ella al socialismo.
Una tercera causa ha identificado a las izquierdas desde sus inicios: el primado de la razón sobre la fe, la ignorancia, los prejuicios y los dogmas. Ello hizo a sus adherentes profunda y tajantemente críticos: de las instituciones, de las costumbres, de las tradiciones, de sí mismos. Ignacio Ramírez, exponente del grupo radical de los liberales mexicanos declaraba: «El nombre de Dios ha producido en todas partes el derecho divino; y la historia del derecho divino está escrita por la mano de los opresores con el sudor y la sangre de los pueblos”. Un poderoso incentivo que alimentó las tendencias anticlericales de las izquierdas, fue la estrecha unidad entre todos los opresores, de cuyo núcleo formaron parte las jerarquías eclesiásticas. Un cartel ingenioso que ha circulado en las redes muestra muy bien la forma cómo funcionó este mecanismo de sometimiento. Tiene la imagen de un indígena americano quien dice: “Cuando ellos vinieron, ellos tenían la biblia y nosotros teníamos la tierra y nos dijeron, cierren los ojos y recen. Cuando abrimos lo ojos, nosotros teníamos la biblia y ellos tenían la tierra”. La operación, en sustancia, describe a todas las formas de sujeción o vasallaje sean impuestos por conquistadores externos a los pueblos o por sus clases expoliadoras interiores. Siempre la enajenación religiosa se funde con la explotación económica. De allí el ateísmo característico de ideólogos y dirigentes en las izquierdas.
En un capítulo colindante con el anterior, se encuentra la lucha por la educación, vista como un instrumento de liberación de todas las alienaciones. Thomas Paine, un liberal de los primeros tiempos, resumía en un aforismo este distintivo: “La razón se obedece a sí misma, la ignorancia a lo que se le dicte”. Esta batalla por el conocimiento se ha librado en dos ámbitos: en el de la investigación y en el de la enseñanza. En el primero, se ha puesto por delante la absoluta libertad para inquirir, sin tótems sagrados ni límites dogmáticos. De allí que héroes intelectuales de las izquierdas hayan sido los grandes descubridores científicos, sobre todo aquellos que han desafiado a los poderes fácticos para poner la ciencia y la tecnología al servicio de la humanidad, como modernos prometeos, arrebatadores del fuego a los dioses. No en balde los retratos de Galileo o de Giordano Bruno, presidían sesiones de clubes revolucionarios. Pero, es en el esfuerzo por llevar la educación básica a las masas, en donde se han expuesto con mayor fuerza esta vocación de las izquierdas. La primera fase fue la ruptura con la enseñanza limitada, elitista y religiosa que imperaba en todas partes. Se aspiraba a educar a todo el pueblo para liberarlo, quizá en una confianza desmedida en los efectos emancipadores de la educación. Por este motivo todas las revoluciones modernas han montado gigantescas campañas alfabetizadoras y construido escuelas formadoras de maestros.
La educación, se ha pensado, trae consigo el progreso. El individual y el colectivo. Y esta nueva categoría, desconocida hasta hace unos trescientos años, se convirtió en una marca de las izquierdas, que fueron incluso identificadas casi por antonomasia como las fuerzas progresistas o del cambio, en oposición a las reaccionarias o retardatarias. La idea del progreso, como un proceso en el que se suceden las etapas, siempre desde las inferiores a las superiores, en las cuales el ser humano tiene mayores elementos para realizarse, para alcanzar metas y al último un mayor grado de felicidad, ha presidido a casi todas las civilizaciones en los últimos siglos. La oposición al inmovilismo de las sociedades donde se imponían las relaciones serviles, concatenó naturalmente al progreso con las otras causas de la izquierda, que nunca ha abandonado la divisa. Sin embargo, el progreso fue también asociado con el crecimiento económico de suyo disparejo e inequitativo, que ahondó los abismos sociales. También la palabra progreso se vinculó con la destrucción de hábitos productivos, hábitat, fauna y aún de conglomerados humanos en los altares civilizatorios. En un cuadro muy difundido en Estados Unidos durante las últimas décadas del siglo XIX, se miraba al progreso representado por el ferrocarril, las fábricas, las ciudades, ante el cual huían despavoridas o perecían las poblaciones indígenas, los rebaños de bisontes y todas las formas de vida social anteriores.
Así que, sin abandonarse la concepción madre del progreso como un mejoramiento continúo, las preguntas: ¿Progreso para quién? ¿Cómo?, han llevado a las izquierdas a limitar su convicción, más aún cuando las clases y grupos dominantes la han hermanado con el “orden”, es decir, con su propio orden, que garantiza su hegemonía. La crítica a otra de las consecuencias asociadas a este “progreso” capitalista, ha llevado a incorporar una causa nueva en el programa de la izquierda, esto es, la defensa del medio ambiente. El vertiginoso desarrollo de la producción fabril, sin tomar en cuenta el agotamiento y destrucción de los recursos naturales con la guía única de maximizar las ganancias, ha motivado una crítica radical a esta forma de progreso. Ha sido tardía en la izquierda, pues sistemas como el soviético, se distinguieron por ser enemigos atroces de la naturaleza. En México, los partidos que se han reclamado de izquierda nunca han levantado con fuerza la causa del ecologismo, usurpada en el ámbito político por una organización de pillos. Debemos su impulso sobre todo a los movimientos sociales y a grupos de intelectuales.
La democracia política ha estado entre las divisas de las izquierdas desde los tiempos iniciales. Significa, en sustancia, que los pueblos se gobiernen a sí mismos. Encarnó primero en la república, régimen político alzado como la alternativa frente a las viejas monarquías, anacrónicas y autoritarias. También frente a los totalitarismos modernos y a las dictaduras militares. Para menoscabo de las conquistas democráticas, el actual sistema de partidos políticos, -tenido como garante de las mismas-, ha convertido las nuevas instituciones en un reparto cínico del poder entre camarillas que se recrean a sí mismas. Habrá también que transformarlo desde sus cimientos.
Cada sociedad y cada momento histórico han tenido sus propias izquierdas. Las razones de éstas siguen vigentes, tan vivas y vivificantes como siempre.
Opinión
Huachicol y otros demonios. Por Caleb Ordoñez T.
México lleva ocho años combatiendo el huachicol y el huachicol lleva ocho años ganándole por goleada. López Obrador inauguró su gobierno cerrando ductos y prometiendo mandar al huachicolero al museo de la corrupción del pasado. Ocho años y una transición después, México registró 2,563 tomas clandestinas solo en el primer trimestre de 2026: una cada 51 minutos. El huachicolero no murió. Evolucionó, se puso corbata y aprendió política.
¿Por qué Huachicol?
“Huachicol” nombró primero al alcohol adulterado, era una bebida que prometía una cosa y entregaba otra, antes de migrar a la gasolina robada y, ya en su versión de cuello blanco, al huachicol fiscal. Somos creativos para ponerles nombres folclóricos a nuestras tragedias.

Caleb Ordoñez Talavera
Y esto dejó de ser folclor hace mucho. En el primer trimestre del año, Hidalgo registró 731 tomas clandestinas; Jalisco, 578; el Estado de México, 189. Cuautepec de Hinojosa, un solo municipio de Hidalgo, acumuló 202 perforaciones en tres meses. Una toma clandestina cada 51 minutos no es el vecino con una manguera a las tres de la mañana. Es una industria con horario de oficina, y una industria necesita nómina: gente para sacar el combustible, pipas para moverlo, bodegas para guardarlo y empresas de papel para lavar las ganancias. Y para sostener el aparato durante años hace falta el insumo más caro de todos: suficientes autoridades dispuestas a no ver, no oír y no preguntar.
Aquí conviene hacer una pausa honesta. El gobierno tiene un argumento real que oponer a esto: los aseguramientos han aumentado, no disminuido, y parte de la razón por la que ahora “vemos” más huachicol es que se está buscando más que antes. Es cierto. El problema es que ese argumento explica el número de decomisos, no el de tomas clandestinas —que también aumentó—, y tampoco explica por qué las redes de corrupción y protección que hacen posible semejante negocio han logrado sobrevivir durante ocho años. Encontrar más droga no prueba que se esté ganando la guerra contra el narco; encontrar más huachicol tampoco prueba que se esté ganando esta.
La escoba de Tabasco
Aquí entra Adán Augusto López. No existe sentencia que lo vincule con el huachicol ni está acreditado que perteneciera a La Barredora. Su problema es otro, y más incómodo: cuando gobernaba Tabasco, puso al frente de la seguridad pública a Hernán Bermúdez Requena, el hombre encargado de cazar exactamente a los delincuentes que terminó, presuntamente, dirigiendo.
Hoy Bermúdez está procesado como presunto jefe de “La Barredora”, organización señalada por extorsión, secuestro y robo de combustible. El hombre puesto a barrer el crimen de Tabasco terminó acusado de encabezar La Barredora llena de corrupción. Adán Augusto ha negado cualquier vínculo y no enfrenta cargos. Pero muchos tabasqueños aseguran que está involucrado.
Lo que no resuelve es la pregunta política: ¿cómo se gobierna un estado sin enterarse de lo que ocurre alrededor del propio jefe de Seguridad? Solo hay dos respuestas, y ambas son un problema. Si lo sabía, es gravísimo. Si no lo sabía, la pregunta es qué estaba gobernando exactamente. Para quien después llegó a secretario de Gobernación y hoy pretende conservar influencia en la definición electoral de 2027, ninguna cabe en un currículum, aunque ambas quepan en la política mexicana.
El huachicol aprendió a usar corbata
Mientras el país perseguía mangueras en el campo, el negocio se mudó a un piso más alto. El huachicol fiscal ni siquiera necesita perforar un ducto: puede bastarle un barco, una importación mal declarada, una empresa fachada y un pedimento aduanal firmado por la persona indicada. Cambió la camioneta por un escritorio y la manguera por un sello.
Las investigaciones han tocado ya a mandos vinculados con la Marina, la institución a la que López Obrador entregó el control de las aduanas para, supuestamente, erradicar la corrupción. Se le dieron las llaves de la puerta trasera a quien debía cuidarla. El pasado 17 de septiembre se conoció en Guanajuato el aseguramiento de 59 millones de litros de presunto combustible ilícito en diez tanques. Con una cifra así, preguntar solo quién manejaba la pipa es casi un acto de inocencia voluntaria. La pregunta es quién permitió construir la carretera —económica, institucional y política— por la que ese combustible circuló durante años.
Adán y la búsqueda incesante de gubernaturas
Tras el escándalo, Adán Augusto dejó la coordinación de Morena en el Senado y anunció que se dedicaría a tareas electorales rumbo a 2027, elección en la que se disputarán 17 gubernaturas para la que Morena ya registró 277 aspirantes. Lejos de desaparecer, sigue moviendo fichas: respalda públicamente a Andrea Chávez en Chihuahua, frente al alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar (favorito en encuestas), y participa en la operación territorial del partido en estados donde aún no se resuelven las candidaturas.
Es decir: mientras el país intenta averiguar cómo el crimen organizado penetró policías, gobiernos y negocios de combustible, uno de los políticos más salpicados políticamente por el caso sigue participando en la construcción del próximo mapa de poder. Solo en la política mexicana un escándalo de ese tamaño puede convertirse en escala y no necesariamente en lastre.
Los otros demonios
Nos acostumbramos a las fotografías de bidones y camionetas incendiadas —una imagen casi reconfortante porque colocaba al delincuente lejos del poder—. Pero un negocio capaz de producir miles de tomas clandestinas y sobrevivir durante ocho años no se explica únicamente desde abajo. Necesita perforadores, sí, pero también transportistas, empresarios y funcionarios que decidieron no complicarse la vida. Necesita, sobre todo, silencio comprado al mayoreo.
López Obrador creyó que bastaba con cerrar ductos. Sheinbaum enfrenta algo más incómodo: averiguar hasta dónde llegan las tuberías políticas que heredó y decidir —con nombres y cargos, no con comunicados— cuánto está dispuesta a seguirlas. Decomisar combustible es relativamente sencillo; investigar las redes de funcionarios, empresarios y protectores que permitieron que el negocio sobreviviera mientras el gobierno presumía combatirlo es otra cosa.
Ahí empiezan los otros demonios. Porque seguir una manguera es fácil. Lo verdaderamente peligroso es seguir el dinero y, de ahí, sin desviarse, seguir al poder mismo.
¿Alguien les pondrá un alto?
-
México21 horas agoEU denuncia influencia del crimen organizado en Baja California
-
Revista21 horas agoOlas de calor e incendios aumentan contaminación por ozono a niveles alarmantes
-
Policiaca24 horas agoRecupera Policía Municipal 12 vehículos robados
-
México21 horas agoFamilia de Jazmín Adriana bloquea avenida por falta de avances en su búsqueda

You must be logged in to post a comment Login