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Las Perseidas: cómo ver desde México la lluvia de estrellas más famosa

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El próximo 12 de agosto el cielo nos regalará un espectáculo imperdible. Al caer la noche, las estrellas fugaces más famosas, las Perseidas, cruzarán el firmamento, salpicando la oscuridad con cientos de destellos.

El Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) explicó que este evento astronómico se produce cuando la Tierra atraviesa la órbita del cometa 109P/Swift Tuttle, que va dejando tras de sí polvo y escombros. Cuando estos fragmentos cruzan la atmósfera de nuestro planeta, se convierten en estrellas fugaces.

“Al igual que los planetas, los cometas y asteroides giran alrededor del Sol. Y en su camino van dejando restos de su núcleo. Cuando la Tierra cruza la órbita de uno de estos objetos, sus restos interactúan con nuestra atmósfera, produciendo el fenómeno conocido como lluvia de meteoros”, explicó el organismo mexicano.

Según la NASA, la mayoría de los escombros que deja el cometa a su paso son “granos de polvo del tamaño de un guisante que cran fabulosas “estrellas fugaces” a medida que se queman en la atmósfera de la Tierra”. Se espera que durante el pico máximo de actividad, que ocurrirá el 12 de agosto, se puedan ver hasta 150 meteoros por hora.

Además, la agencia espacial estadounidense explicó que este año la postal será muy especial, porque el brillo de la Luna no entorpecerá la función.

“La noche pico este año para las Perseidas se beneficiará de una Luna que se pondrá temprano, por lo que no interferirá con los meteoros más débiles”, señaló la NASA.

Las condiciones serán muy favorables para la observación, y muchos factores se alinearán para que la noche sea inolvidable. Te explicamos todo lo que debes saber para observar las Perseidas desde México.

Paso 1: Fecha y hora

Aunque las Perseidas, también conocidas en muchos países como Lágrimas de San Lorenzo, pueden apreciarse desde el 17 de julio al 24 de agosto, el momento de máxima actividad llegará el día 12 de este mes.

De acuerdo al INAOE, en México podrán verse mejor durante la madrugada del jueves 12, poco antes del amanecer. También en la noche de ese mismo día, después del atardecer.

Paso 2: el lugar

Aunque la Luna se ocultará pronto y esto favorecerá la observación, desde el INAOE recomiendan observar el evento desde algún punto alejado de las luces de la ciudad.

“[Te aconsejamos] recostarte en la playa, el jardín o el lugar de preferencia y mirar hacia el cénit, o el punto más elevado del cielo, ‘¡y a disfrutar!’”, explicó el organismo.

La NASA aconseja además acostumbrar los ojos a la oscuridad, un proceso que, según la agencia espacial, puede tardar unos 30 minutos.

Paso 3: ¿Hacia dónde mirar?

Las Perseidas parecerán caer desde su radiante, la constelación de Perseo, que aparecerá en la zona noreste de la esfera celeste. Sin embargo, si no sabes localizar este grupo de estrellas, ¡no te preocupes! Para contemplarlas bastará con mirar hacia el cénit del firmamento, es decir, hacia el punto más alto en el cielo.

El evento podrá verse a simple vista desde todos los estados del país. No se recomienda utilizar instrumentos profesionales de obversación, ya que los meteoros pasarán a gran velocidad.

Desde la NASA recomiendan contemplar esa misma noche y antes de que se oculte la Luna creciente, la conjunción del satélite terrestre con el brillante planeta Venus.

Fuente: Infobae

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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