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¿Marcelo Ebrard se irá a Movimiento Ciudadano tras quiebre con Morena?

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A instantes de que se anuncie a la virtual candidata o candidato de Morena a la Presidencia de la República, Marcelo Ebrard reventó contra Morena ante las supuestas “inconsistencias” que ha denunciado él y su equipo, durante el proceso de la encuesta; lo que ha acentuado las voces que prevén su ruptura con el movimiento del presidente Andrés Manuel López Obrador y lo acercaría a otras opciones, entre ellas a Movimiento Ciudadano.

Su cercanía con MC

Uno de los principales caminos que se marcan para el canciller es salir de Morena y sumarse a las filas de Movimiento Ciudadano, un partido que no es ajeno al excanciller y que ha decidido ir solo a la elección presidencial de 2024. 

Hasta el momento y como si estuviera a la espera de algo, según ellos de los tiempos electorales, Movimiento Ciudadano no ha definido ni el método y tampoco ha inclinado la balanza por alguno de sus militantes, incluso perfiles ya se han bajado de la aspiración, entre ellos Enrique Alfaro, Luis Donaldo Colosio y Patricia Mercado.

En entrevista con Azucena Uresti, excanciller no descartó la posiblidad de irse a Movimiento Ciudadano y ser postulado a la Presidencia: «Es una decisión que tendremos que ver, el lunes tenemos asamblea, pero no es algo que nos hemos propuesto como destino final».

«El lunes vamos a decidir qué camino tomamos, para lograr que eso se cumpla. Porque lo que no podemos aceptar es que ni siquiera se nos permita participar, ni proponer para poder estar en la contienda del 2024», añadió.

La sede nacional de MC se encuentra a unos pasos del World Trade Center y del Hotel Bel Air, en donde se encuentra le cuarto de guerra de Marcelo Ebrard, quien ante la protesta ha recibido palabras de apoyo de la oposición, entre ellos del emecista Jorge Álvarez Máynez. 

Marcelo Ebrard ha sido candidato de Movimiento Ciudadano en dos momentos, el primero en 2006, cuando buscó la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal de la mano del PRD, PT y Convergencia, como se llamaba MCen la primera década del nuevo milenio. 

El segundo, fue en 2015 cuando MC postuló a Marcelo Ebrard como su candidato a la Cámara de Diputados,esto luego de que el PRD le negó la postulación ante las investigaciones que pesaban en su contra, sobre las presuntas irregularidades de la Línea 12. 

Sin embargo, el Tribunal Electoral le revocó el registro como candidato a diputado propietario y también como suplente con el partido naranja, debido a que Marcelo habría participado en los procesos internos tanto del PRD, como de Movimiento Ciudadano.

Abren las puertas del Frente Amplio

Un camino poco viable, pero del que ya tiene las puertas abiertas, es que Marcelo Ebrard se sume al Frente Amplio por México, cuyos miembros se regodean ante la tensión entre el excanciller con el movimiento del presidente Andrés Manuel López Obrador. 

Y es que en vista del estallido que inició Marcelo Ebrard ante las “inconsistencias”, Xóchitl Gálvez, virtual candidata del Frente Amplio lanzó una invitación a la “corcholata” para sumarse a ella y darle la espalda a Morena. 

“¿A ti tampoco te cumplió AMLO? Únete a los millones de decepcionados. En este Frente Amplio te recibimos con el corazón, no con la fuerza pública”, expresó Xóchitl a través de su cuenta X.

Marcelo Ebrard se dice “preocupado”por el número de incidencias en el proceso de Morena y ante ello propuso que se repusiera el proceso, a lo que la dirigencia, “corcholatas”, gobernadores morenistas y del Partido Verde han defendido el método, lo que ha abonado a que se vea inevitable la ruptura con el partido del presidente López Obrador.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia, secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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