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Mi comentario a la respuesta del Sr. Axel García Por Aquiles Córdova Morán

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En su edición del viernes 19 de octubre, el diario “La Prensa” publicó un escrito del señor Axel García encabezado así: “AL PUEBLO EN GENERAL; AL SR. GOBERNADOR ERUVIEL ÁVILA VILLEGAS; AL PUEBLO DEL ESTADO DE MEXICO Y EN GENERAL A LOS EMPRESARIOS TRANSPORTISTAS, CONSTRUCTORES, FRACCIONADORES Y EN GENERAL A TODA LA COPARMEX DEL ESTADO DE MÉXICO”. (De paso diré que, entre tanto GENERAL, me sorprendió no encontrar al GENERAL MOTORS, al GENERAL ELECTRIC y al GENERAL EISENHOWER). Pero ya en el cuerpo del escrito se aclara que se trata de una “respuesta” a un artículo mío (ACM) publicado en el diario “EL UNIVERSAL” del 12 de octubre de los corrientes. Por ese motivo me ocupo del asunto.

El autor comienza diciéndose sorprendido porque llamo “pulpo camionero” a su poderoso monopolio del transporte, y se pregunta si soy la “persona de Más Buena Fe del mundo” (la ortografía es del original) o si “definitivamente” soy un “iluso que raya en la ingenuidad” (una manera “elegante” de llamarme estúpido), pues sólo así se explicaría mi despropósito. A renglón seguido se autodefine como un “empresario exitoso” (lo que no excluye, sino más bien presupone y confirma su carácter monopólico, es decir, de “pulpo camionero”, dicho coloquialmente) y dice que es precisamente su “éxito” lo que mis “adláteres” (los líderes del antorchismo mexiquense) no le perdonan. Y acusa: “si me apellidara SLÍM o MC’DONALS o OHL o SMITH o algún apellido extranjero dueño de WALMAR, me la perdonarían” (la ortografía es de Axel García). Según esto, pues, los dirigentes del antorchismo mexiquense lo atacan por mezquindad y por ser peones serviles de la inversión extranjera. Pero hay mucho material, escrito y filmado, de fácil acceso al público, para conocer y documentar nuestra posición respecto a este y otros problemas cruciales del desarrollo económico y social de México. Si el señor Axel García fuera, como presume, un verdadero estudioso de la problemática nacional y un polemista serio, consistente y nacionalista, debería haber consultado dicho material para respaldar su dicho; y puesto que no lo hace, hay que dar por demostrado que su afirmación es una simple calumnia gratuita y una primera pista del verdadero valor del resto de su “respuesta”.

Viene luego una larga parrafada en la cual el señor Axel García hace inútil gala (inútil porque nadie le disputa ese honor) de su conocimiento minucioso de los golpes mafiosos, asaltos a mano armada, secuestro de personas, incendio y destrucción de vehículos, juicios y sentencias judiciales amañados y, por supuesto, asesinatos de líderes que jamás se han aclarado convenientemente. Con tal alarde de minucias y detalles, todos interpretados y narrados a su manera pero sin ningún elemento que haga  prueba plena de su dicho, el señor Axel García cree haber demostrado de modo irrebatible, primero, la ignorancia que me atribuye en materia de transporte y, por tanto, la falsedad de la posición que defiendo en mi artículo citado más arriba; y, segundo, que los trabajadores del volante que defendemos los antorchistas son los verdaderos delincuentes, los que infringen la ley de varios modos, cometen fechorías, hacen uso del motín y la violencia y los autores de los asesinatos que nosotros hemos sido los primeros y los únicos en denunciar públicamente exigiendo el castigo de los culpables. Por lo visto, el señor Axel García, cuya “respuesta” dice a las claras que la lides intelectuales sólidas, rigurosas y consistentes no son su fuerte, piensa que este amasijo, sin orden ni estructura, de supuestas precisiones, afirmaciones escuetas, acusaciones sin sustento, menciones caóticas de lugares, nombres, fechas y circunstancias, es más que suficiente para sacarlo vencedor en su arremetida contra el antorchismo. Pero se equivoca rotundamente.

Frente a eso, yo respondo que lo sustancial de su alegato confuso y sin sustento, fue discutido y analizado con toda minuciosidad, con pruebas legales, documentales y periciales al canto, articuladas y reforzadas con una argumentación (esa sí) rigurosa, serena y bien fundamentada, ante el ahora ex secretario del transporte mexiquense, Jaime Barrera, y ante altos funcionarios del área política del gobierno mexiquense. En tales discusiones participaron transportistas con tanta experiencia y conocimiento del tema como el propio Axel García; abogados expertos, entre ellos el hoy occiso Pedro Sánchez Camacho, cuya maestría y dominio del asunto fueron decisivos para el resultado final y, con toda probabilidad, la causa de su asesinato (no por nada el señor Axel García ofende su memoria acusándolo, post mortem, de extorsionador, secuestrador y narcotraficante) y también, por supuesto, los líderes del antorchismo mexiquense, aunque su intervención  fue bastante discreta y marginal. El resultado de estas mesas de discusión fue que los representantes del gobierno mexiquense tuvieron que rendirse ante las evidencias presentadas por Antorcha y sus aliados, y el propio secretario Jaime Barrera, que no es un simpatizante suyo, tuvo que estampar su firma al pie de un documento en que se compromete a legalizar el organismo formado por los inconformes. En su “respuesta”, el señor Axel García sostiene que esa firma le fue arrancada por la fuerza al secretario, con lo cual lo hace aparecer como funcionario pusilánime y falto de carácter, cosa absolutamente falsa y contraria a la verdad, como el propio señor García sabe.

Precisamente por la existencia de la discusión y del documento que menciono, creo ocioso refutar por enésima vez los “argumentos” de don Axel García. Pero sí juzgo indispensable poner de manifiesto el grado de confianza que merece su entera “respuesta”. A renglón seguido de mostrar su erudición en materia de gangsterismo y del torrente confuso de sus contra acusaciones, don Axel pasa a probar su “profundo” conocimiento del antorchismo y de sus líderes, para lo cual vuelve a amontonar, sin orden ni concierto, injurias, calumnias, acusaciones y señalamientos dolosos sin fundamento en su contra. Hago una síntesis apretada de los principales para conocimiento del público: Volteando del revés los sucesos de Chimalhuacán, que tienen ya calidad de cosa juzgada, Axel García reivindica a “la loba” (“cada quien defiende al delincuente con el que se identifica”, ¿no, don Axel?), colocándola en el papel de víctima mientras acusa al diputado Jesús Tolentino Román de haber tomado “por asalto a sangre y fuego” el palacio municipal, y asegurando, contra toda evidencia, que hubo diez muertos, seis de “la loba”, pero cuatro de Tolentino, y más de doscientos lesionados “por bando”. O sea, ambas parte son, por lo menos, igualmente culpables. Para mayor escarnio a la verdad y a la sindéresis, don Axel nos recuerda que él era el “Subprocurador General de Justicia en Texcoco” cuando ocurrieron estos delitos, pero ni siquiera finge algún sentimiento de culpa por la presunta impunidad de la que goza Tolentino. Si, como ahora dice, quien protege a delincuentes es delincuente, el señor es un delincuente prófugo por la masacre de Chimalhuacán. Suma y sigue. Acusa a los antorchistas mexiquenses de estar llenos de “actas de averiguación previa” por despojo, extorsión, fraccionamiento clandestino, secuestros y asaltos; de haber invadido un total de 20 mil predios; de cobrar 20 mil pesos de enganche “y el resto a plazos” por lotes que el gobierno del Estado de México les otorga gratuitamente, además de exigir la asistencia a 60 mítines, volanteo y colectas, so pena de perder el lote y la construcción; de vender el predio “Pimiango” que el actual presidente electo les adjudicó gratuitamente; de negarse a regularizar la propiedad de los colonos para mantenerlos sometidos a su férula, etc. En suma y en síntesis, que los antorchistas somos el enemigo público número uno de la paz y la tranquilidad del país entero y de empresarios laboriosos y honrados como los de TI AUTOMOTIVE SISTEM (¿tan pronto se le olvidó su nacionalismo de petate, don Axel?), como él y sus socios.

Pero si don Axel García puede mentir y calumniar en materia de transporte amparado en su experiencia y conocimiento del tema, no puede hacer ni alegar lo mismo respecto al antorchismo y sus líderes. Aquí, el de la experiencia y dominio del tema soy yo, don Axel, aunque usted piense y sostenga lo contrario; y con la autoridad que me da ese conocimiento, afirmo y sostengo que sus acusaciones contra el diputado Jesús Tolentino Román, contra la presidenta electa de Ixtapaluca, Lic. Maricela Serrano, y contra el antorchismo mexiquense todo, son calumnias infames de punta a cabo, es decir, que no contienen un ápice de verdad y que son nacidas del odio asesino que le causa el accionar político del pueblo organizado en el Movimiento Antorchista; nacional y mexiquense. Por razón de espacio no me detengo a rebatir cada una de ellas, pero lo haré si se hace necesario. Me limito por hoy a finalizar con dos breves comentarios. Primero, emplazo a Axel García a publicar el número de cada una de las muchísimas averiguaciones previas que, según él, existen en contra de los antorchistas mexiquenses; a exhibir las pruebas sobre las 20 mil invasiones que les achaca; a dar a conocer sus fuentes de los datos sobre el número de mítines y las elevadas cuotas de inscripción que cobran a los solicitantes de vivienda y las pruebas fehacientes de la venta ilícita de lotes. Bastaría con eso, a mi parecer, para dar por buenas todas sus acusaciones, incluida su parrafada sobre el transporte; por el contrario, si no lo hace, quedará demostrado que miente de modo descarado y criminal sobre la conducta política de los líderes antorchistas y, por tanto, también sobre lo que asegura y acusa en relación con el transporte, con todo y su gran conocimiento del tema. Segundo, me parece una maniobra muy desafortunada y obvia la “presión” contra el gobernador, Dr. Eruviel Ávila Villegas, dándole lecciones de derecho y “exigiéndole” más protección de la que ya le dispensa. Sería más discreto e inteligente limitar los excesos del “pulpo camionero” para facilitar la tarea a sus protectores oficiales, que lo respaldan aun en contra del interés público y del derecho de todo mexicano al trabajo honrado y digno.

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La embajada, ¿un salvavidas para Adán Augusto? Por Caleb Ordóñez T.

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El rumor corrió con fuerza, como suelen correr las versiones que no nacen en el vacío. En los pasillos del poder se empezó a repetir una misma idea: Adán Augusto López Hernández estaría explorando —o incluso negociando— su salida del Senado a cambio de una embajada. No como castigo, no como premio, sino como salida política. Cuando un trascendido de ese tamaño se vuelve insistente, no es porque alguien quiera inventar una historia, sino porque el sistema está buscando una válvula de escape.

En política, los fuertes rumores no siempre anticipan hechos, pero casi siempre revelan tensiones. Y hoy, la tensión alrededor de Adán Augusto es real, profunda y multicausal.

Caleb Ordóñez T.

Desde que asumió como coordinador del grupo mayoritario en el Senado, su figura pasó de ser un operador eficaz en la sombra a un protagonista expuesto todos los días. El Senado es una máquina de desgaste: cada sesión suma presión, cada negociación deja heridos, cada escándalo se amplifica. Y Adán Augusto llegó a ese espacio con una mochila pesada, cargada de pasado, poder y enemigos.

Porque no es un senador más. Es exsecretario de Gobernación, exgobernador, aspirante presidencial frustrado y, sobre todo, líder de un grupo político interno tan disciplinado como polémico, que hoy empuja candidaturas por todo el país. Gobernaturas, alcaldías, congresos locales, espacios estratégicos rumbo a 2027. Ese movimiento no es clandestino ni improvisado: es una estructura que incomoda porque compite, porque presiona y porque recuerda que el poder dentro del oficialismo no es monolítico.

Ahí comienza el problema.

La llegada de una nueva presidenta redefinió las reglas del juego. Claudia Sheinbaum necesita orden, control narrativo y disciplina legislativa. Y el Senado se volvió un frente sensible. Cada fractura interna cuesta gobernabilidad. Cada corriente autónoma se convierte en una amenaza potencial. En ese contexto, Adán Augusto dejó de ser solo un aliado con historia: pasó a ser un factor de tensión permanente.

A eso se sumó el golpe más duro: el costo reputacional derivado de su gestión pasada en Tabasco. La historia de su exsecretario de Seguridad —hoy señalado como operador criminal— se convirtió en un ancla que arrastra todo intento de defensa. No importa cuántas veces se repita que no hay una imputación directa: en política, la frase “él lo nombró” pesa más que cualquier deslinde técnico. El daño no es jurídico, es simbólico. Y el símbolo ya se instaló.

Como si eso fuera poco, el frente administrativo y legal terminó de cerrar el cerco. Más de treinta denuncias, montos que se cuentan en cientos de millones de pesos y cuestionamientos patrimoniales que, aun sin sentencia, generan una percepción devastadora. No porque prueben culpabilidad, sino porque obligan a dar explicaciones constantes. Y en el Senado, explicar es perder.

Con ese panorama, la embajada aparece como una jugada lógica. No elegante, no heroica, pero sí muy racional.

Salir del Senado reduce el ruido de inmediato. Desaparecen los micrófonos diarios, las preguntas incómodas, la necesidad de reaccionar. El personaje se traslada a una lógica distinta: la del servicio exterior, la representación del país, la agenda institucional. No limpia el pasado, pero enfría el presente.

Hay, además, un precedente que en el poder nadie ignora. Cuando Alejandro Gertz Manero dejó la Fiscalía General para asumir una embajada en el Reino Unido, la lectura fue similar: no se trató de un ascenso diplomático, sino de una reubicación política cuidadosamente calculada. En su momento, su permanencia en el centro del debate público ya era más costosa que útil, y la salida permitió despresurizar al gobierno sin abrir un conflicto frontal. El paralelismo es evidente: cuando una figura concentra demasiado desgaste, demasiadas resistencias internas y demasiada atención incómoda, la embajada se convierte en una fórmula conocida del sistema para retirar el estorbo sin admitirlo, enfriar la crisis y ganar tiempo. En política, a veces no se va el que cae, sino el que estorba quedándose.

Además, su salida reordena el tablero interno. Sin Adán Augusto en el Senado, su grupo político pierde un eje visible de poder, pero no se desintegra. Al contrario: se dispersa y se vuelve más negociable. Los aspirantes que hoy se cobijan bajo su sombra tendrían que sentarse directamente con el centro del poder. Eso reduce fricciones, descomprime ambiciones y elimina la sensación de que una sola corriente está capturando territorios.

Desde el punto de vista personal, la embajada también compra tiempo. Tiempo para que las investigaciones avancen o se diluyan. Tiempo para que la agenda pública cambie. Tiempo para reconstruir una narrativa distinta: la del político que se hizo a un lado “por el bien del país”, no la del dirigente que fue desplazado por escándalos.

Claro, el movimiento no está libre de riesgos. Salir del Senado puede implicar perder el fuero. Nadie con problemas potenciales hace eso a la ligera. Por eso, esta jugada solo tiene sentido si existe la percepción —o el acuerdo— de que el riesgo legal es controlable. La embajada, en ese sentido, no es protección jurídica, sino protección política.

Y está, por supuesto, la batalla final: la percepción pública. Para algunos será un premio; para otros, un exilio diplomático. Esa disputa no se define con el cargo, sino con el relato. Y ese relato no solo lo construye Adán Augusto: lo administra el poder.

Al final, el punto es brutalmente simple. En la política mexicana no siempre pierde el que se va. Muchas veces pierde el que se queda demasiado tiempo cuando el desgaste ya es irreversible. La embajada, en este caso, no sería una huida, sino un movimiento lateral para evitar una caída vertical.

Porque cuando los rumores de salida se vuelven insistentes, no hablan del futuro del cargo, hablan del presente del poder y hoy Adán Augusto está en el top de los más incómodos para palacio nacional.

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