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Muere Wilson Fittipaldi, ex piloto brasileño de Fórmula 1 y leyenda del automovilismo

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«A los 80 años, Wilsinho falleció serenamente y rodeado de todo el amor que mereció durante toda su vida», dijo la organización en Instagram.

Wilson Fittipaldi «conjugó talento, visión de futuro y osadía para llevar el nombre de Brasil a un nivel nunca imaginado», agregó.

El excorredor estaba internado en un hospital de Sao Paulo desde el 25 de diciembre, cuando sufrió un paro cardíaco tras atorarse con un pedazo de carne que comió en un almuerzo familiar, con motivo de Navidad y de su cumpleaños 80.

Opacado por la imagen de su hermano menor, dos veces campeón de la Fórmula Uno (1972 y 1974), Wilson Fittipaldi corrió en diferentes categorías de Brasil y Europa.

Nacido en Sao Paulo el 25 de diciembre de 1943, pasó por la Fórmula 2 y la Fórmula 3 antes de alcanzar un acuerdo con Bernie Ecclestone, entonces director del equipo Brabham Ford, para ingresar a la F1 en 1972.

Se estrenó con un tercer lugar en el Gran Premio de Brasil, que no contaba para el campeonato, en un prometedor debut que fue opacándose con el paso de la temporada.

No hizo puntos y vio a su hermano Emerson convertirse, con 25 años, en el campeón mundial más joven de este deporte, un récord que mantuvo hasta que el español Fernando Alonso (24) lo desbancó en 2005.

En 1973 tuvo mejores actuaciones, alcanzando un quinto puesto en el circuito alemán de Nürburgring.

Sumó tres puntos en el campeonato que le permitieron terminar el año en la casilla 16, su mejor ubicación general en la F1.

Se ausentó para la temporada siguiente, en la que Emerson ganó su segundo título, para afinar detalles del estreno en la máxima competencia automovilística de un proyecto personal: el equipo brasileño Copersucar, que tiempo después se llamó Fittipaldi.

Wilson estuvo al volante de un auto que decepcionó. Se retiró en 1975 y se dedicó a dirigir la escudería, a la que su hermano Emerson se unió como piloto de 1976 hasta 1980.

El equipo no entró nunca al podio de la clasificación general de la Fórmula Uno y desapareció en 1982 en medio de aprietos financieros.

Wilson volvió ocasionalmente a las pistas en competencias de menor envergadura y se dedicó a seguir la carrera de su hijo Christian, quien pasó por la F1, Cart, Nascar y la Fórmula 3000, entre otras.

Opinión

Marx Arriaga: cuando la educación se volvió trinchera. Por Caleb Ordóñez T.

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La salida de Marx Arriaga del aparato educativo federal cerró un capítulo ruidoso, pero no el libro completo. Porque más allá del personaje, lo que deja este episodio es una historia conocida —aunque pocas veces contada con calma— sobre cómo la educación en México suele administrarse: entre egos, cuotas y pulsos políticos que poco tienen que ver con lo que pasa dentro del salón de clases.

Arriaga no fue un funcionario gris. Al contrario: fue protagonista. Defendió con convicción una visión específica de los libros de texto gratuitos y convirtió su gestión en una causa. Eso lo volvió visible, influyente… y también prescindible. En educación, cuando el conflicto escala, el sistema rara vez se corrige; simplemente cambia de rostro.

Los números ayudan a dimensionar el tamaño del problema. Cada año, el Estado mexicano distribuye más de 150 millones de libros de texto gratuitos a través de la CONALITEG. Es uno de los programas editoriales más grandes del mundo. Pero ese volumen contrasta con la fragilidad del consenso que lo sostiene. Cambian equipos, cambian prioridades, cambian narrativas, y los libros —que deberían ser un punto de estabilidad— se convierten en terreno de disputa.

Mientras tanto, más de 1.2 millones de docentes en educación básica reciben materiales y lineamientos que se ajustan con rapidez, pero sin el mismo cuidado en la capacitación. El maestro no siempre sabe si el cambio responde a una mejora pedagógica o a una decisión política. Y cuando esa duda se instala, la implementación se vuelve irregular.

Los resultados están a la vista. En la última evaluación PISA disponible, México se mantuvo por debajo del promedio internacional: alrededor de 395 puntos en matemáticas, 415 en lectura y 410 en ciencias, frente a promedios globales que rondan los 470–480 puntos. No son cifras nuevas ni sorprendentes, pero sí persistentes. Y esa persistencia sugiere que el problema no es un sexenio ni un funcionario, sino un modelo que cambia formas sin transformar el fondo.

La historia de siempre: el botín político de la educación.

El caso Arriaga también expone cómo la educación suele operar como espacio de poder simbólico. Definir contenidos no es solo decidir qué se enseña, sino qué país se imagina. Por eso los debates se vuelven tan intensos y, a veces, tan poco técnicos. Se discute más el mensaje que el método, más la intención que el impacto real en el aprendizaje.

Desde fuera, esa dinámica proyecta una imagen incómoda. México aparece como un país que discute la educación desde la confrontación interna, no desde la mejora continua. En un contexto global donde el conocimiento, la innovación y las habilidades críticas son la moneda fuerte, esa señal pesa.

¿Se puede hacer distinto? Sí, pero requiere decisiones menos espectaculares y más estructurales.

Primero, sacar los contenidos básicos del vaivén político. No congelarlos, sino someterlos a revisiones periódicas con reglas claras, evaluaciones públicas y participación real de especialistas y docentes de aula.

Segundo, alinear libros, capacitación y evaluación. No tiene sentido rediseñar materiales si no se invierte con la misma fuerza en formar a quien los va a usar. Hoy, ese es uno de los grandes cuellos de botella.

Tercero, transparentar los procesos de decisión. Quién participa, con qué criterios y con qué indicadores de éxito. Cuando eso se aclara, baja la polarización y sube la confianza.

Y cuarto, recordar algo básico: enseñar a pensar es más rentable que imponer una visión. Los sistemas educativos más sólidos no son los más ideológicos, sino los más consistentes.

La salida de Marx Arriaga no arregla la educación mexicana, pero deja una lección útil: mientras los libros, los programas y las aulas sigan tratándose como territorios de poder, los cambios serán ruidosos y los resultados modestos.

La educación no debería ser el botín de nadie. Debería ser, simplemente, el proyecto más serio del país.

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