Opinión
No se trata de ellos. Por Caleb Ordóñez T.
El presidente Andrés Manuel López Obrador se confiesa ante el país, nos delata que solía hablar con el exministro presidente de la Suprema Corte, Arturo Zaldívar, para que interviniera en ciertos procesos judiciales.

Caleb Ordóñez T.
Pareciera que López Obrador habla en un mundo al revés. Para el ejecutivo, las órdenes disfrazadas de acuerdos hacia el presidente del tribunal no solo deben de ser toleradas, sino ejecutadas con elegancia. Como si estuviéramos en los años 60’s.
Confiesa sin recato: “(Ahora) Los jueces ordenan que se libere a un delincuente en horas, no 72 horas, en 24 horas, y un sábado y tenemos que andar pendientes para ver si no tiene otras órdenes de aprehensión, en algunos casos sí y ya no salen, pero cuando se daban estos hechos y estaba Zaldívar, se hablaba con él y él podía, respetuoso de las autonomías de los jueces, pero pensando en el interés general, pensando en la justicia, en proteger a los ciudadanos ante el crimen, hablaba con el juez y le decía ‘cuidado con esto’”. Refiriéndose a la prisión domiciliaria del empresario Emilio Lozoya.
El presidente no solo muestra su resentimiento a la ministra Norma Piña por las puertas cerradas la corte que ostenta. También envía un mensaje que retrata su confianza de culminar el sexenio con un profundo poder ejercido, lo cual, a su parecer, debe de ser aplaudido por sus múltiples seguidores. Pretende que lo recuerden como un gobernante “todopoderoso”.
Sus números de aprobación quizá lo hacen sentir tan cómodo que convierte de un pésame por la muerte de un excolaborador, en un reclamo airado contra su oposición, que ya da algunas señales de vida.
El síndrome del administrador
Todos tenemos un pequeño dictador por dentro. Si no, pregúntele a su administrador de algún grupo de WhatsApp al que pertenezca.
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Opinión
¿La Presidenta 2.0? Por Caleb Ordóñez Talavera
El mensaje estaba por terminar cuando Claudia Sheinbaum dejó las cifras y habló de política. Había presumido inversiones, programas sociales y la reducción de homicidios. Entonces lanzó una frase difícilmente casual: “Que nadie se equivoque: aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”. En Palacio Nacional estaban gobernadores, empresarios, ministros, legisladores y buena parte de la clase política. Pero también había sillas que pesaban por estar vacías. Adán Augusto López, Gerardo Fernández Noroña, Andrés Manuel López Beltrán y Rubén Rocha Moya no asistieron. Y cuando alguien necesita aclarar que todos siguen unidos, normalmente es porque algo se está moviendo.
LA FOTO QUE NO SALIÓ
El Segundo Informe fue una rendición de cuentas, pero también pareció la presentación de una nueva etapa. Sheinbaum cumplirá dos años en Palacio Nacional y cada vez se nota menos aquella presidenta obligada a explicar su relación con López Obrador. El expresidente sigue siendo intocable en el discurso, pero ya no parece indispensable para entender lo que ocurre en el poder.
La propia Sheinbaum lo dijo al día siguiente: López Obrador no le llama para decirle qué hacer y ha sido “sumamente respetuoso”. Ella no necesita romper con AMLO. Necesita algo bastante más complicado: gobernar sin pedir permiso a quienes alguna vez pensaron que haber sido cercanos a él les garantizaba influencia durante todo el sexenio.
Ahí aparece Adán Augusto. Hasta hace poco era uno de los hombres más poderosos de Morena. Coordinaba a los senadores y mantenía una red política propia. Hoy ya no ocupa esa posición. La comunicación de Palacio Nacional pasa ahora por Ignacio Mier y otros interlocutores. Incluso Óscar Cantón, cercano al tabasqueño y perfilado para presidir el Senado, quedó fuera; el cargo terminó en manos de Higinio Martínez. Sheinbaum lo confirmó sin rodeos: con Adán ya no habla… como antes. No hubo pleito público ni portazo. Simplemente dejó de estar en el centro y perdió importancia para Palacio.
SIN ROMPER, PERO MANDANDO
Ese parece ser el método Sheinbaum. No hay purgas espectaculares ni enemigos expulsados. Hay desplazamientos, nuevas responsabilidades y personas que, poco a poco, dejan de aparecer en las fotografías importantes.
Mientras unos pierden espacio, otros lo ganan. Omar García Harfuch se ha convertido en el rostro de una política de seguridad distinta a la del sexenio anterior. Marcelo Ebrard ocupa una posición central en la complicada relación económica con Estados Unidos. Rosa Icela Rodríguez funciona como operadora política y enlace con Morena. Ignacio Mier ocupa ahora un espacio que antes pertenecía a Adán Augusto.
No parece casualidad. El poder presidencial también se construye escogiendo con quién sí se habla.
Por eso, la frase “no hay rompimientos” admite otra lectura. Quizá no fue una descripción, sino una instrucción: puede haber diferencias, reacomodos y pérdida de poder, pero nadie tiene autorización para incendiar el movimiento.
EL GOBIERNO QUE VIENE
El tercer año será distinto porque ya no bastará con administrar la herencia. Sheinbaum está colocando las piezas de su propio gobierno y los ajustes naturales que ocurran en el gabinete mostrarán quiénes serán indispensables en la segunda mitad del sexenio y, sobre todo, rumbo a la elección intermedia de 2027.
También por eso llamó la atención su insistencia en la austeridad. Habló de sencillez, humildad, vehículos de lujo y gastos innecesarios después de meses de polémicas por viajes y excesos de personajes de Morena. Cuando le preguntaron al día siguiente a quién iba dirigido el mensaje, respondió: “A todas y a todos”. No hacía falta dar nombres.
A Sheinbaum le interesa conservar la marca política de López Obrador, pero parece decidida a quitarle al obradorismo aquello que pueda convertirse en problema: cacicazgos, grupos internos y personajes convencidos de que tienen derecho de picaporte durante seis años.
LA PRESIDENTA CON “P” DE PODER.
El episodio de Rubén Rocha Moya terminó de dejarlo claro. El gobernador intentó regresar a su cargo sin avisar a Palacio Nacional. Sheinbaum dijo públicamente que no le parecía pertinente y, después de 33 horas de presión política, Rocha volvió a pedir licencia. No hubo necesidad de golpear la mesa.
Esa quizá sea la parte más interesante del Segundo Informe. Durante meses nos preguntamos cuándo Claudia Sheinbaum rompería con López Obrador. Tal vez nunca lo haga porque no lo necesita.
Puede conservar al fundador, reivindicar su legado y repetir los principios de la Cuarta Transformación mientras construye un sistema de poder cada vez más suyo.
Morena tuvo durante años un solo centro gravitacional. Después de 2024, muchos creyeron que podían conservar pequeñas órbitas propias. Esta semana quedó claro que no era así.
Sheinbaum no quiere romper con nadie. Quiere algo más ambicioso: quedarse con todo el poder sin tener que romper con grupos de poder internos. Los cambios que vienen en su gabinete y, sobre todo, las candidaturas de 2027 dirán si lo logró. Porque el poder que no se disputa en público, tarde o temprano, se cobra en las listas.
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