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No tuvo buena semana: Sheinbaum se enoja en plena entrevista por las preguntas y es criticada

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La exjefa de Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, se molestó durante una entrevista en la que le preguntaron sobre los anuncios espectaculares que se han colocado en el país a favor de las ‘corcholatas’ de Morena y cuando le cuestionaron el papel del presidente Andrés Manuel López Obrador en el proceso interno de ese partido.

Sheinbaum mostró su incomodidad ante la insistencia del reportero, quien preguntó de distintas maneras sobre los anuncios durante una entrevista realizada en la gira de la exjefa de Gobierno por Tabasco.

—En el caso de los espectaculares, si bien es cierto, ya se han tomado medidas, parece poco creíble el discurso de las ‘corcholatas’ en general que nadie sabe quién los puso, se le comentó.

—Yo dije que en muchos lugares había compañeros que habían tomado iniciativa de subir espectaculares y decía hace rato yo le he pedido que los baje, respondió.


Y en el caso de Tabasco, ¿Quién los puso, quién los mandó a poner?, insistió el reportero.

—¿En el caso de Tabasco espectaculares míos?

—Sí

Hay que preguntarle a los compañeros que nos apoyan, pero ya les pedí que bajaran los espectaculares

—Hay otra cosa que queda aquí de manifiesto, doctora, tuvo que intervenir el presidente de la República para que las ‘corcholatas’, y hablemos de su caso, reaccionaran

—Sí. Desde hace rato, nosotros hemos pedido que los bajaran y está bien que intervenga el presidente… El presidente de nuestro partido también hizo un llamado y hacemos el llamado.

¿Esto confirma que el presidente es quien lleva la conducción del proceso (de Morena)?

—No, ¿por qué?, respondió ella.

—Porque él dio la instrucción de que se bajaran…

—No, él no dio la instrucción, dio una opinión, reviró Sheinbaum

—Pero ustedes la acataron

—No, no la acatamos.

—¿Qué hicieron entonces?

—Reconocemos la opinión y tomamos nuestras decisiones. No sé por qué tanta violencia en la entrevista, eh, reprochó la exjefa de Gobierno de la CDMX. “Está muy violenta la entrevista”.

—Son los temas del día, dijo el entrevistador.

—Estamos acostumbrados a tener una conversación normal, tranquila, entonces, así empezó, entonces, así le seguimos

—Son los temas del día, insistió él

—Sí, son los temas del día, pero también cómo se hacen las preguntas, dijo ella.

La entrevista se difundió en redes sociales este jueves 13 de julio, lo que generó reacciones de periodistas, quienes llamaron a que los políticos no se sientan atacados cuando se les cuestiona.

El video de la entrevista a Claudia Sheinbaum se publicó casi al mismo tiempo de que se dio a conocer que Mario Delgado, dirigente nacional de Morena, regañó a las ‘corcholatas’ de ese partido por el gasto de recursos.

En una carta enviada a Marcelo Ebrard, Sheinbaum, Ricardo Monreal, Adán Augusto López, Delgado los invitó a “seguir caminando en unidad y cumplir en su actuar y en sus recorridos con los lineamientos establecidos por el Consejo Nacional del partido y hacer valer la voluntad del pueblo”.

En la misiva, subrayó que “es pertinente reiterar lo consignado en la carta que firmaron todos y cada uno de ustedes, las y los aspirantes”, porque “la consecuencia de desapegarse del actuar diligente es la pérdida de la confianza del pueblo”.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia, secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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