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Nombran a Pablo Gómez como titular de la UIF tras renuncia de Santiago Nieto

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El exlegislador y catedrático Pablo Gómez suplirá a Santiago Nieto al frente de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF).

La Secretaría de Gobernación (Segob) informó de la nueva designación, la cual se hizo por instrucciones del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Ayer, en su conferencia matutina, el mandatario se refirió a la boda de Nieto Castillo con la consejera electoral Carla Humphrey, llevada a cabo en Guatemala, evento que causó polémica el pasado fin de semana.

El Presidente consideró que la unión, realizada en un hotel de lujo, con 300 invitados, refleja que persisten inercias del derroche que predominaba durante el periodo neoliberal.

También recomendó a los servidores públicos actuar con moderación y austeridad.

Por la noche, la Segob informó que Santiago Nieto, quien asumió la titularidad de la UIF en diciembre de 2018, había presentado su dimisión al cargo y sería relevado por Pablo Gómez.

En Twitter, Nieto explicó que prefirió presentar su renuncia “antes de que pudiera afectarse al proyecto, por las críticas derivadas de actos de terceros relacionados con un evento personal y transparente”.

Pablo Gómez es economista egresado de la UNAM, catedrático y exlegislador.
Ha trabajado a favor de causas sociales y los derechos humanos.
Participó como dirigente en el movimiento estudiantil de 1968 y fue preso político.
Pablo Gómez sustituye en la UIF a Nieto

Fue nombrado nuevo al cargo ayer por el secretario de Gobernación, luego de que el titular presentara su renuncia.

Por instrucciones del presidente Andrés Manuel López Obrador, el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, dio posesión a Pablo Gómez como nuevo titular de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) ayer.

Gómez Álvarez releva a Santiago Nieto Castillo, quien asumió el cargo desde el 1 de diciembre de 2018 y presentó su renuncia al jefe del Ejecutivo federal ayer.

Tales determinaciones se tomaron luego de que durante la conferencia matutina que todos los días ofrece el Presidente de la República, éste calificó de asunto escandaloso la suntuosa boda entre Santiago Nieto y la consejera del Instituto Nacional Electoral, Carla Humphrey.

La boda entre ambos servidores públicos se realizó el pasado fin de semana en el Hotel Santo Domingo de la ciudad de Antigua, Guatemala, donde asistieron más de 300 invitados, entre empresarios y políticos.

“Es un asunto escandaloso en efecto, aun cuando se trata de un acto privado; los asuntos públicos son cada vez más públicos en México o se sabe más de asuntos o eventos privados, antes no se conocía nada, había ostentación y derroche”, dijo el presidente López Obrador durante la mañanera.

Manifestó que los servidores públicos deben actuar con moderación, con austeridad y que sigan el ejemplo de Juárez, que decía que el servidor público debía aprender a vivir en la justa medianía.

A la boda acudió la entonces secretaria de Turismo de la Ciudad de México, Paola Félix, quien también presentó su renuncia a su cargo ante la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum.

Ese día, el gobierno de la Ciudad de México dio a conocer que “los principios de la Austeridad Republicana son fundamentales para el gobierno capitalino, por lo que refrenda su compromiso con la honradez y transparencia”.

Horas después de que se diera a conocer el nuevo titular de la UIF, el propio Santiago Nieto, en redes sociales justificó su renuncia al cargo, expresando lealtad al Presidente y amor a su esposa Carla Humphrey.

En tanto ella se sumó al apoyo incondicional hacia su esposo y le respondió con un tuit.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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