Opinión
Opinión: La pandemia de los niños, por Nancy Toledo
Lo que todos estamos viviendo, lejos de poderse llamar temporal, se ha convertido en un estilo de vida.
Los ajustes que tuvimos que hacer a nuestra vida al comienzo de esta pandemia, han seguido alargándose y modificándose tanto, que ya no son “medidas” de precaución solamente. Es una forma de vivir.
Los trabajos, comercios y lugares de recreación han tenido que cambiar, y volver a cambiar las reglas en su operación. Hay mamparas que separan los mostradores de clientes, las mesas en los restaurantes más alejadas, el aforo restringido en las tiendas… sin embargo las escuelas no han vuelto.
Ni poco, ni mucho. No hay medida, restricción o ajuste que sea válido para que los niños vuelvan a las instalaciones. Aunque sea por unas horas, por unos días, con el mínimo de aforo, con distancia y medidas de seguridad. Simplemente no hay tregua para la educación.
Soy mamá, y lógicamente cuido a mis hijos. No me gustaría poner en riesgo a mis niños, ni a los de nadie. Pero no puedo negar que este tema se ha relegado de manera notoria.
Los niños también están viviendo esta pandemia y sus consecuencias…las mamás hemos tratado por todos los medios de suplir las limitantes que hoy tienen.
Lo veo con mis amigas, lo vivo como mamá. Todas estamos gozando el tiempo con los niños, pero buscando la manera de que ellos tengan sus espacios, sus momentos de recreación, su aprendizaje…no podemos suplir a las maestras en cosas fundamentales. No podemos suplir los juegos con sus compañeros por tanto tiempo.
Tengo la esperanza que la pandemia vaya tomando otro rumbo…y que pronto podamos ajustar una vez más este estilo de vida que hoy llevamos. Que el bienestar de los niños, su educación y desarrollo sea considerado una prioridad.
Por lo pronto, me repito que no queda más que hacer que vivan felices este tiempos. Se que nosotros los atesoraremos en el futuro… este tiempo tan juntos, tan intenso, tan lleno de responsabilidades, aprendizaje y momentos valiosos.
Nancy Anahi Toledo Rascón
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Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
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