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Opinión: Regreso a la escuela, por Nancy Toledo

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Se acabaron las vacaciones, llegó el momento de volver a la escuela, pero una vez más… en casa.

Empezamos el segundo semestre de este ciclo escolar, en la misma modalidad. Pero en realidad estamos por cumplir el año en esta situación, y aunque debo reconocer que no ha sido tarea fácil para ninguna de las partes involucradas (niños, maestras y mamás) cada vez mejora esta dinámica.

No digo que sea fácil y habrá quien opine completamente diferente, pero a pesar de que se empieza a hacer pesada esta carga, también es más sencilla de llevar. Y no crean que no me moría de ganas de seguir de vacaciones… de dejar a mis hijos estar en pijamas hasta tarde, de jugar a todo y nada.

Por un momento recordé lo que sentía de niña cuando sabía que volveríamos a la escuela… sí, es una sensación de perder la libertad y un poco de flojera de despertar temprano, trabajar más y hacer tareas, pero también había una emoción de un nuevo comienzo, de volver a ver a las maestras, a los compañeros (aunque sea a través de una pantalla en este caso). Esa emoción de un nuevo comienzo SIEMPRE la sentí también.

Entonces entendí que debía de agarrarme de esta parte emocionante y hacerlo así, ¡para mí también y para transmitírselo a mis hijos!

Bastante bien están tomando esta situación, bastantes cambios han resistido y se han adaptado para vivir de esta manera… ¡así que me motivé para hacerlo yo también!

No tendrán el mejor espacio para trabajar, no seré la mejor y paciente para enseñar, no estarán en la escuela físicamente, pero estoy tratando de que disfruten esta etapa, porque es la que les toca. Y así como yo recordé lo que sentía de niña, deseo que los niños de hoy también tengan ese recuerdo de emoción y nuevas experiencias.

¡Demos un jalón más! ¡Sí podemos! Les quiero transmitir ánimo a todos y desearles un feliz regreso a clases.

Nancy Anahí Toledo Rascón
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Opinión

El agua y la sed de poder. Por Caleb Ordóñez T.

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La crisis del agua en el norte de México ya dejó de ser un tema técnico. Hoy es un asunto político, económico y profundamente social. Porque cuando un país empieza a preguntarse si tendrá suficiente agua para producir, crecer y vivir, deja de hablar del clima y empieza a hablar de poder. En paralelo, México vive uno de sus momentos más prometedores en décadas con el boom del nearshoring, es decir, la decisión de empresas globales de mover sus fábricas más cerca de Estados Unidos para reducir costos, tiempos y riesgos. La narrativa suena poderosa: más inversión, más empleos, más desarrollo. Pero hay una pregunta incómoda que empieza a pesar más que cualquier discurso: ¿con qué agua se va a sostener ese crecimiento con la inminente sequía que viene?

Caleb Ordoñez

El nearshoring no funciona solo con tratados ni con entusiasmo económico. Necesita energía constante, infraestructura eficiente y enormes -inmensas- cantidades de agua. Y ahí aparece el verdadero problema: las regiones más atractivas para esta inversión son también las más presionadas por la sequía. Estados como Nuevo León, Chihuahua, Coahuila, Sonora, Baja California y Tamaulipas concentran esta paradoja. Son motores industriales, puertas de entrada al mercado estadounidense y piezas clave del nuevo mapa económico de América del Norte, pero al mismo tiempo enfrentan niveles de estrés hídrico cada vez más preocupantes. El norte del país se está volviendo más competitivo hacia afuera, pero más vulnerable hacia adentro.

Y no es solo que falte agua, sino cómo la usamos. En México, la mayor parte del consumo se destina al sector agropecuario, mientras la industria crece y las ciudades se expanden con rapidez. Los acuíferos, muchos ya sobreexplotados, no logran recuperarse al ritmo de la demanda. Aquí entra un concepto clave que pocas veces se explica con claridad: la disponibilidad de agua. No significa simplemente que exista agua en el territorio, sino que esté disponible de forma constante, accesible en costos, con calidad adecuada y con infraestructura suficiente para captarla, tratarla y distribuirla. Y hoy, en buena parte del norte del país, esa ecuación ya no está garantizada. El riesgo no es futuro, es presente.

Cuando el agua empieza a escasear, la política inevitablemente entra en escena. Para la presidenta Claudia Sheinbaum, este puede convertirse en uno de los temas más delicados de su administración. Porque el discurso de crecimiento impulsado por el nearshoring puede chocar directamente con la realidad cotidiana de millones de personas que empiezan a resentir cortes, baja presión o incertidumbre sobre el abasto. Y cuando la gente percibe que el desarrollo económico compite con su acceso a un recurso básico, el problema deja de ser técnico y se vuelve emocional.

Ahí es donde la oposición encuentra terreno fértil. En estados donde históricamente el PAN y el PRI han tenido estructuras políticas, empresariales y sociales muy sólidas (como Nuevo León, Chihuahua o Coahuila), una crisis de agua sostenida puede traducirse en algo muy concreto: voto de castigo. La narrativa es simple y poderosa: “llegó la inversión, pero se fue el agua”; “prometieron desarrollo, pero no aseguraron lo básico”. Y cuando esa percepción se instala en la conversación pública, los equilibrios políticos cambian. Morena no solo enfrenta un reto de gestión, enfrenta un reto de narrativa, que si no se preparan, será imposible de solucionar.

Pero hay algo todavía más delicado. El agua ya no solo genera escasez, empieza a generar tensión. Conflictos entre sectores productivos, entre comunidades, entre zonas urbanas y rurales. Cuando el recurso se vuelve limitado, también se vuelve motivo de disputas y violencia. Lo que hoy son señales de estrés mañana pueden convertirse en conflictos abiertos si no se actúa con visión de largo plazo.

Por eso este no es solo un problema de gobierno, es un reto de país. Cuidar el agua no puede quedarse en campañas o discursos, tiene que convertirse en cultura, en educación, en disciplina cotidiana. Tenemos que enseñar —y aprender— que el agua no es infinita, que abrir la llave no es automático, que cada decisión cuenta. Porque al final esto va mucho más allá de la política o la economía. Un país que no cuida su recurso más vital no solo pone en riesgo su crecimiento, pone en riesgo su estabilidad. Y cuando el agua empieza a escasear, lo primero que se seca no es la tierra, es la paciencia social.

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