Opinión
PALABRAS DE VICTOR OROZCO al recibir la medalla al mérito «Victor Hugo Rascón Banda».
Estas son las palabras que pronucié al recibir la medalla al mérito cultural Víctor Hugo Rascón Banda otorgada por el Congreso del Estado de Chihuahua el pasado día 20 de agosto:
«Acepto con intenso gusto y gratitud esta presea que ha tenido a bien otorgarme el Honorable Congreso de mi estado, cuyos paisaje
Desde mis años adolescentes he buscado la congruencia entre el pensar y el actuar, quedándome a veces con magros o decepcionantes frutos, sobre todo en el ámbito de la política militante. Ello, sin embargo, no me ha llevado a inclinar la bandera de los principios, la cual sostengo en etapa de esta madurez-vejez tan fecunda que me ha tocado en suerte vivir, como en mis deslumbradores años de estudiante universitario. Creo en la libertad, como la única posibilidad al alcance de las personas para sacudirse las cadenas impuestas por todas las enajenaciones: religiosas, económicas, políticas o culturales y ser ellas mismas, creo también que todos debemos tener a lo largo de nuestra existencia las mismas oportunidades para crear y realizarnos. Y estoy persuadido que la historia, entre otras cosas, es una inacabable contienda de los pueblos para poner en acto ambas aspiraciones.
En mis reflexiones, sea sobre el pretérito o sobre el presente o en los deberes con mis oficios de maestro, analista, investigador o difusor de la cultura, he tratado de ser fiel a éste desiderátum, de la única manera posible: sin hacer concesiones a la represión de las ideas, a la impostura o a la mentira. Con tal vocación y para mi honra, recibo la Medalla al Mérito Cultural del Estado de Chihuahua “Víctor Hugo Rascón Banda”. Reitero mis agradecimientos, a los tres poderes del Gobierno del Estado, a los distinguidos integrantes del Jurado Calificador, a mis familiares y amigos presentes y a los ausentes. Muchas gracias a todos».
—
VÍCTOR OROZCO
Opinión
La trampa de “las rentas justas” en la CDMX. Por Caleb Ordóñez T.
En la Ciudad de México hay jóvenes que trabajan para pagar un departamento en el que apenas tienen tiempo de dormir. Familias que destinan buena parte de sus ingresos a cuatro paredes. Personas que viven a dos horas de su empleo porque acercarse al centro se convirtió en un lujo.
La vivienda es uno de los grandes fracasos de la política urbana capitalina.
Y ahora el gobierno pretende resolverlo con otra ley.
Clara Brugada presentó una iniciativa que promete rentas justas, contratos regulados y protección contra abusos. Una propuesta que, vista desde el discurso político, parece irreprochable. ¿Quién podría estar en contra de que las personas paguen menos por vivir dignamente?

Caleb Ordoñez T.
El problema es que las buenas intenciones no construyen departamentos.
Y los decretos tampoco.
Las buenas intenciones también tienen consecuencias
La iniciativa contempla limitar aumentos conforme a la inflación, registrar obligatoriamente los contratos y aplicar multas de hasta 46 mil 924 pesos. También propone asesoría gratuita y mecanismos contra desalojos violentos.
Hay medidas necesarias. Los abusos inmobiliarios existen. Los desalojos arbitrarios también. Ninguna persona debería perder su hogar mediante amenazas o intimidaciones.
Pero legislar para corregir una injusticia no debería producir otra.
Pensemos en una jubilada que dedicó treinta años a pagar un pequeño departamento. Hoy lo renta para complementar una pensión insuficiente. No pertenece a ningún cártel inmobiliario. No especula con edificios enteros. Simplemente administra el patrimonio que consiguió trabajando.
¿Qué sucederá si las nuevas obligaciones, restricciones y sanciones hacen que prefiera retirar su propiedad del mercado?
Habrá una vivienda menos.
Y si otros propietarios toman decisiones semejantes, quienes terminarán compitiendo por los departamentos disponibles serán precisamente aquellos que la ley pretende proteger.
No es una consecuencia demostrada ni inevitable. Es un riesgo que el Congreso tiene la obligación de evaluar.
Porque una cosa es regular los abusos y otra, muy distinta, pretender administrar la escasez.
El problema tiene dimensiones profundas. Según el INEGI, en 2024 el ingreso promedio de los hogares urbanos capitalinos rondaba los 37 mil pesos mensuales. Un promedio que, además, oculta enormes desigualdades.
¿Cuánto debe ganar una familia para vivir cerca de su trabajo? ¿Cuánto tiempo de su vida debe sacrificar transportándose? ¿En qué momento tener una habitación propia dejó de ser una aspiración razonable?
Esas preguntas no se resuelven únicamente vigilando contratos.
Se resuelven construyendo vivienda, mejorando el transporte, acercando servicios y generando condiciones para que la ciudad pueda alojar a quienes la mantienen funcionando.
Brugada también promete ampliar la vivienda asequible. Bien. Pero esa debería ser una prioridad medible, no una promesa subordinada al entusiasmo por imponer nuevas reglas.
El gobierno también debe rendir cuentas
Hay otra contradicción.
Desde 2024 existen disposiciones para limitar incrementos de renta y registrar contratos. Antes de anunciar nuevas sanciones, sería conveniente conocer los resultados de las anteriores.
¿Cuántas familias se beneficiaron? ¿Cuántos abusos fueron sancionados? ¿Qué funcionó y qué fracasó?
El gobierno exige transparencia a los particulares, pero todavía debe ofrecer respuestas convincentes sobre la eficacia de sus propias medidas.
Y mientras tanto, el verdadero debate corre el riesgo de perderse entre consignas: propietarios contra inquilinos, mercado contra Estado, ricos contra pobres.
Una discusión tan cómoda para los políticos como inútil para quienes necesitan vivienda.
La propiedad privada merece certeza jurídica. Los inquilinos merecen protección. Y ambos necesitan un gobierno capaz de entender que sus derechos no son necesariamente enemigos.
La iniciativa todavía puede corregirse. Sería deseable que el Congreso escuchara más evidencia y menos discursos.
Porque el desafío no consiste en decidir quién tiene la culpa de que vivir en la capital resulte tan caro.
Consiste en reconocer quién tiene la responsabilidad de hacerla habitable.
Una ciudad no se vuelve más justa cuando el gobierno decide cuánto debe costar vivir en ella, sino cuando consigue que vivir en ella deje de ser un privilegio.
-
Revista23 horas agoDiego Luna adapta “Ceniza en la boca” de Brenda Navarro
-
Revista17 horas agoEncuentro SerSur de Danza UNAM abordará temas de identidad y migración
-
Dinero24 horas agoDiputados aprueban reformas a la Ley del Impuesto sobre la Renta
-
Política14 horas agoSenado aprueba reforma que multa a proveedores de internet por infracciones


You must be logged in to post a comment Login