Opinión
Puebla: los aspavientos sobre la fealdad de la pobreza Por Aquiles Córdova Morán
Published
hace 14 añoson
Como he dicho ya, con motivo de la protesta que los antorchistas mantienen frente al H. Ayuntamiento de la ciudad de Puebla en demanda de que se atiendan sus carencias en materia de energía eléctrica, agua potable, pavimento para algunas calles, educación, salud y mejoramiento de la vivienda entre otras, ha caído sobre sus cabezas una catarata de ataques mediáticos cuyos autores, sin preocuparse en lo más mínimo por ocultar su carácter de mercenarios al servicio del alcalde poblano, el panista Eduardo Rivera Pérez, compiten entre sí para ver quién se lleva el primer lugar en habilidad para cambiar y distorsionar la verdad de los hechos; para encontrar los calificativos más agresivos e insultantes con que degradar y descalificar a los manifestantes y a sus dirigentes; para idear, en fin, “el argumento más eficaz” que convenza a la opinión pública de lo dañino y reprobable de la protesta y lo justo, plausible y racional de la conducta de los gobernantes que se niegan a atender demandas que son de su entera competencia. Se busca, con todo ello, pavimentar el camino a la represión y al uso de la fuerza en contra de un importante destacamento del pueblo organizado.
De entre todo este florilegio, he escogido el reclamo que me parece más trascendente porque ilustra cómo se mira y se analiza el problema de la pobreza desde las más altas cúpulas del poder político y económico, en Puebla y en el país entero, y cómo, por tanto, pretenden resolverlo según se trasluce de lo que publica la jauría mediática al servicio de esos poderes. Me refiero a las declaraciones de uno de los organismos más representativos de la clase adinerada en Puebla, en las que se queja, primero, de que por culpa de la protesta antorchista y de la competencia (?¡) que les hacen los vendedores de fritangas, golosinas y baratijas de todo tipo, que se cobijan bajo esa protesta, los respetables comerciantes “establecidos” han sufrido pérdidas millonarias; y segundo, de que la mugre, los fétidos olores y la ostensible pobreza de las carpas con que se protegen del sol, el frío y la lluvia los manifestantes, “afea” a tal grado el centro histórico de Puebla, que asquea y ahuyenta al turismo. Tales quejas, como era de esperarse, han recibido el respaldo y la amplia difusión de los mercenarios de la pluma antes aludidos, alguno de los cuales, de cuyo nombre no quiero acordarme, hace el ridículo relatando su “propia experiencia” al visitar el zócalo poblano.
¡Muy bien, señores de olfato, vista y gusto tan exquisitamente educados, que con razón se asquean, indignan y denuncian a la roñosa plebe que les ensucia el aire y sus bellísimos espacios públicos; tienen ustedes toda la razón cuando dicen que los pobres son feos, sucios y malolientes! Pero permítanme hacerles algunas preguntas inoportunas: ¿se han preguntado, aunque sea por casualidad, de dónde surgen esas masas sucias, fétidas y harapientas que les provocan una incontenible revulsión estomacal? ¿Se han dado cuenta de que la pobreza no es sino la otra cara de la riqueza de la que ustedes gozan o a la que ustedes sirven; es decir, sólo el reverso de la medalla que ustedes lucen tan orgullosa como públicamente? ¿Saben que es la imprescindible condición para que puedan existir el lujo, la vida regalada y el gusto exquisito de que hacen ustedes gala, o sea, que sin ella ustedes no existirían tampoco? ¿Han entendido, siquiera sea superficialmente, que los “asquerosos” vendedores de fritangas, dulces y baratijas son el resultado fatal de la ausencia de empleos y de salarios decorosos, que es, a su vez, un deber inexcusable de quienes acaparan la riqueza social (o sea, de ustedes) para justificar su propia existencia como clase? No. No creo que hayan meditado en estas verdades elementales, porque si lo hubieran hecho, cuidarían más sus palabras y moderarían su arrogante condena a las acciones de legítima defensa de los pobres y desempleados; y no lo creo tampoco porque semejante ceguera social, económica y política no es casual ni exclusiva de ustedes, sino característica esencial de todas las oligarquías que en el mundo han sido, cuando menos desde los albores mismos de la sociedad capitalista, productora de mercancías.
Doy algunos botones de muestra de esto último. John Locke (1632-1704) respetable filósofo empirista inglés y padre, junto con algunos otros sabios, de la doctrina liberal, arma y escudo de la burguesía capitalista, escribió en su momento sobre los pobres de Inglaterra (que ya formaban legión): “es necesario intervenir de manera radical y drástica en un área infectada de la sociedad, que está en continua expansión (es decir, que para el ilustre pensador, los pobres no eran resultado y premisa de los ricos y su riqueza, sino una peligrosa infección social que había que extirpar por cualquier medio). Ya a partir de los tres años (¡de los tres años!) conviene poner a trabajar a los niños de las familias que no son capaces de alimentarlos. Además, se debe actuar con respecto a sus padres […] se trata de frenar y circunscribir la mendicidad. Los mendigos tienen la obligación de llevar un distintivo obligatorio; para vigilarlos e impedir que puedan ejercer sus actividades fuera del área y el horario permitidos, habrá un cuerpo especial […] sería bueno que aquellos que hayan sido sorprendidos pidiendo limosna fuera de su parroquia y cerca de un puerto de mar (como se ve, a Locke también le indignaban la fealdad de los pobres y el mal efecto que producían “en el turismo”), fueran embarcados por la fuerza en la marina militar (en aquella época, esto equivalía casi a una sentencia de muerte) […] si después descendieran a tierra sin permiso, o bien se alejaran o se detuvieran en tierra más del tiempo permitido, serán castigados como desertores, es decir, con la pena capital”.
Otro piadoso inglés, el economista Nassau William Senior, principal inspirador e impulsor de la reforma laboral inglesa de 1834, estatuyó en ella que todos los pobres y sin trabajo debían ser recluidos, por la fuerza si era necesario, en las workhouses (casas de trabajo), de las cuales el propio Senior reconoce “la naturaleza esencialmente esclavista de las relaciones vigentes” dentro de ellas. El conocido escritor inglés Daniel Defoe dijo de la workhouse del puerto de Bristol que había “llegado a ser tan terrorífica para los mendigos, que ahora ninguno de ellos osa acercarse ya a la ciudad (la “afeaban”, naturalmente). Engels escribió sobre el mismo tema que “los pensionados de tales establecimientos se confiesan voluntariamente culpables de cualquier delito a fin de que se les envíe a prisión” (es decir, que preferían el calabozo a las piadosas workhouses de Senior). Historiadores modernos agregan: “es más, numerosos indigentes preferían morirse de hambre y de enfermedades antes que someterse a una casa de trabajo”. Alexis de Tocqueville, el cantor por excelencia de la democracia norteamericana, dice sin ambages que “cuando la [industria] es prospera, atrae a un gran número de obreros que, en los momentos de crisis, se hallan sin trabajo”. A pesar de lo cual concluye: “vemos así que el vagabundeo, que nace del ocio y del robo (¡¡Tocqueville, pues, le ganó la delantera a los “analistas” poblanos de los medios!!) –que a su vez, la mayor parte de las veces es la consecuencia del vagabundeo- son los delitos que, en el estado actual de la sociedad, experimentan la progresión más rápida”. Así, Tocqueville demuestra, sin proponérselo, que el ocio y el robo y su acelerado crecimiento nacen de la crisis de la industria y de la consecuente falta de empleo (“vagabundeo”, según él). Con todo, después de aprobada la ley de 1834, las workhouses se atestaron con tantos que huían de la muerte por hambre que, para ahuyentarlos, Tocqueville propone: “hay que hacer de ellas el lugar más odioso posible” para lo cual propone: “es evidente que debemos dar una asistencia desagradable, debemos separar a las familias, convertir las casas de trabajo en una prisión y hacer repugnante nuestra caridad”. Así pues, señores de la prensa poblana y poderosos que les pagan, a ustedes no les cabe ni siquiera el mérito de la originalidad. Es más, ante la feroz ideología del capitalismo de los siglos XVIII y XIX, ustedes resultan algo así como un tímido gatito comparado con un tigre de Bengala. Lo sorprendente es que vayan a la zaga de aquellos sus remotos ancestros, mientras la civilización madre de unos y otros ha optado por atemperar su odio a los pobres como requisito indispensable para sobrevivir y prosperar. Ustedes, al reeditar aquel monstruoso pasado, más parecen querer suicidarse que sobrevivir creciendo y progresando.
Opinión
Siete voces, siete silencios. Por Caleb Ordóñez Talavera
Published
hace 1 semanaon
Jul 24, 2026
El desayuno se interrumpió con el sonido seco de los disparos. Alejandro Leyva apenas tuvo tiempo de reaccionar. Estaba sentado en una fonda del fraccionamiento La Esmeralda, en San Pablo Etla, Oaxaca, en una mañana que parecía igual a cualquier otra. Entonces llegaron hombres armados en motocicleta. Apuntaron directo. Dispararon sin titubeos. Tres impactos, principalmente en la parte superior del cuerpo, bastaron para arrebatarle la vida casi de inmediato. Una mujer que se encontraba en el lugar también resultó herida. Los agresores huyeron con la misma rapidez con la que aparecieron. En cuestión de segundos, lo cotidiano se convirtió en tragedia.
Alejandro Leyva no era un desconocido. Había dirigido la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión, escribía la columna El Zumbido del Moscardón y, sobre todo, era una voz incómoda para el poder. En sus espacios criticaba la corrupción, denunciaba la violencia y cuestionaba decisiones del gobierno estatal. Incluso había denunciado amenazas y actos de intimidación en su contra desde tiempo atrás. Quienes hoy investigan el caso saben que no puede ignorarse ninguna línea relacionada con su actividad periodística. La Fiscalía General de la República ya atrajo la investigación.
Con él ya son siete periodistas asesinados en México durante este año.
Siete.
Es una cifra que debería provocar una crisis nacional. Sin embargo, en México, lamentablemente, ya aprendimos a recibir este tipo de noticias con total resignación. Ya no nos duele. Esa quizá sea la peor derrota.
Este crimen no es un caso aislado. Es la continuación de un patrón que este país se niega a romper, y por eso vale la pena detenerse a pensar en lo que realmente significa.
Porque el problema nunca ha sido únicamente el número de periodistas asesinados. El verdadero drama es que, detrás de cada crimen, existe un mensaje mucho más profundo: hay regiones enteras donde informar se convirtió en una actividad de alto riesgo.
Durante años, el periodista mexicano dejó de preocuparse únicamente por verificar datos, conseguir entrevistas o publicar exclusivas. Hoy también debe preguntarse si una investigación pondrá en riesgo a su familia, si un reportaje provocará amenazas, si una llamada desconocida puede cambiarle la vida o si una publicación en redes sociales bastará para convertirse en objetivo de alguien.
Esa no es una democracia sana.
México sigue siendo uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo fuera de contextos formales de guerra. Y lo más preocupante es que esa realidad ya no distingue entre periodistas nacionales, reporteros comunitarios, conductores de radio, fotógrafos, columnistas o creadores de contenido que investigan asuntos públicos. Quien incomoda al crimen organizado, a intereses económicos o al poder político puede terminar enfrentando amenazas, campañas de desprestigio, demandas judiciales, vigilancia o, en el peor de los casos, la muerte.
Pero, ¿Por qué ocurre?
Porque la impunidad sigue siendo el mejor aliado de quienes quieren callar voces. Porque demasiados asesinatos permanecen sin castigo. Porque muchas amenazas jamás llegan a investigarse seriamente. Porque los mecanismos de protección suelen reaccionar cuando el riesgo ya escaló demasiado. Y porque, en numerosas regiones del país, el crimen organizado, los intereses políticos y la debilidad institucional terminan cruzándose peligrosamente.
Cada periodista asesinado envía, además, un mensaje devastador a las nuevas generaciones.
¿Qué joven de veinte años decidirá investigar corrupción municipal si observa que hacerlo puede costarle la vida?
¿Qué estudiante de comunicación apostará por el periodismo de investigación cuando descubre que quienes revelan información incómoda terminan necesitando escoltas (que nunca tendrá), cambiando de ciudad o siendo asesinados?
Cuando matan a un periodista no solamente eliminan una voz. También intentan sembrar miedo entre quienes todavía no empiezan a ejercer.
Y eso termina empobreciendo a toda la sociedad.
Porque cuando desaparecen periodistas independientes, también desaparecen historias que jamás conoceremos. Desaparecen denuncias de corrupción, investigaciones sobre desvío de recursos, vínculos criminales, abusos de autoridad o violaciones de derechos humanos. El silencio siempre beneficia a alguien. Nunca beneficia a los ciudadanos.
Por eso, la defensa de la libertad de expresión no puede recaer únicamente en los periodistas.
También corresponde a la sociedad. Cada ciudadano tiene la responsabilidad de defender el derecho a estar informado. Eso significa valorar el periodismo serio, exigir investigaciones imparciales, rechazar la desinformación y comprender que una prensa crítica no es enemiga del gobierno, sino un contrapeso indispensable para cualquier democracia.
Y, desde luego, el Estado tiene obligaciones mucho más grandes. Pues no basta con emitir comunicados de condena después de cada asesinato. No basta con prometer investigaciones exhaustivas. Tampoco basta con atraer expedientes a instancias federales cuando la indignación ya ocupa los titulares.
El gobierno debe garantizar investigaciones rápidas, independientes y profesionales; fortalecer realmente los mecanismos de protección; castigar tanto a autores materiales como intelectuales y construir condiciones para que ningún periodista tenga que elegir entre publicar una información o conservar la vida.
Porque cuando el miedo dicta qué puede publicarse, la democracia comienza a perder terreno.
No los olvidamos.
Esta columna está dedicada a quienes ya no podrán volver a escribir una nota, tomar una fotografía o encender un micrófono este año: Carlos Castro, asesinado en Poza Rica el 8 de enero; Juan David Gámez, en Nuevo León el 18 de marzo; Roxana Guzmán, secuestrada el 2 de junio y encontrada sin vida semanas después; Luis Ángel López, asesinado en Poza Rica el 11 de junio; Alex Serna, en Zihuatanejo el 3 de julio; Josué Martínez, en Puebla el 16 de julio; y ahora Francisco Alejandro Leyva Aguilar, en Oaxaca.
Siete nombres.
Siete familias.
Siete historias interrumpidas.
Pero también siete razones para no acostumbrarnos.
Porque el día que dejemos de indignarnos por un periodista asesinado habremos aceptado que en México la verdad tiene precio. Y una nación que permite que maten a quienes la cuentan corre el riesgo de quedarse, para siempre, sin quien la narre.

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