Opinión
Reforma electoral: La silenciosa agonía de la democracia mexicana. Por Lic. Jacques A. Jacquez.
Mientras el país se recupera de la resaca de la elección judicial y se concentra en los pactos soterrados y los futurismos del 2030, algo más grave y, al mismo tiempo, más silencioso está ocurriendo: una reforma electoral ya está en marcha. No ha sido votada en el Congreso, ni debatida en foros públicos. No se imprimió en el Diario Oficial. Pero avanza con eficacia quirúrgica. Es la reforma que se ejecuta sin leyes nuevas, pero con efectos reales: un desmantelamiento al INE disfrazado de reforma.
No se trata de modernizar el sistema electoral, sino de desactivarlo desde dentro. El INE, que durante años fue ejemplo continental de autonomía y fortaleza técnica, hoy opera como un ente anestesiado. Ha dejado de fiscalizar con rigor, ha tolerado violaciones flagrantes a la equidad electoral y se ha convertido en un espectador más del proceso democrático. La omisión se volvió regla. La pasividad, estrategia.
La llegada de Guadalupe Taddei al instituto (cuyo perfil tiene vínculos más políticos que técnicos) no fue un accidente. Fue una señal clara de que el árbitro debía no solo alinearse, sino servir al oficialismo. La 4T comprendió que no hacía falta desaparecer al INE. Bastaba con volverlo irrelevante. ¿Para qué desgastarse en buscar una mayoría calificada para reformarlo, si era más sencillo desactivarlo desde sus entrañas?
El rol del INE fue reducido a organizar elecciones con un mero sentido logístico, dejando de lado su misión de garantizar condiciones equitativas y legales para la competencia política.
Pero el nuevo sexenio quiere ir más allá. La democracia que permitió la llegada de Morena al poder es la que hoy pretenden desaparecer para perpetuarse en el mismo.
Claudia Sheinbaum ha anunciado la instalación de un “Comité de análisis para la reforma electoral”, encabezado por Pablo Gómez y conformado por perfiles abiertamente identificados con el oficialismo, como Ernestina Godoy, Jesús Ramírez Cuevas, Arturo Zaldívar y Pepe Merino, entre otros. Una especie de “grupo de notables” que no incluye voces críticas, ni representación de la academia, ni diálogo con la sociedad civil. Un grupo que, más que analizar, parece haber sido creado para legitimar lo que ya está decidido.
Y lo más paradójico es que este comité se siente innecesario. Morena y sus aliados ya cuentan con mayoría en ambas cámaras. ¿Para qué simular consenso si se puede imponer por fuerza de votos?
La única duda importante es si esa mayoría resistirá intacta cuando se discutan temas como la eliminación de los legisladores plurinominales. Muchas de esas posiciones son las que mantienen con vida a los partidos satélite de la 4T: el Partido Verde y el Partido del Trabajo. Sin pluris, esos aliados quedarían reducidos a su verdadera dimensión, insuficiente para sobrevivir por sí mismos. ¿Estarán dispuestos a cavar su propia tumba? ¿O presenciaremos, por fin, una pequeña rebelión dentro del bloque hegemónico?
La historia electoral de México no es perfecta, pero es la que permitió que una oposición llegara al poder. Morena es producto de esas reglas. Si esas reglas desaparecen, también lo hará la posibilidad de alternancia real.
El desmantelamiento no es una hipótesis: ya está ocurriendo. El Congreso está listo para obedecer. La Corte ha sido alineada. El árbitro electoral se volvió testigo mudo. Y la oposición, cuando no está distraída en sus pleitos, permanece en silencio.
Mientras tanto, los ciudadanos siguen viendo el espectáculo en cámara lenta, sin advertir que la democracia mexicana no morirá con un golpe, sino con un bostezo.
Opinión
¿A nadie le importa? Por Caleb Ordóñez Talavera
Hay una pregunta que casi nunca se escucha en la sobremesa, en el chat de la familia o en el pasillo de la oficina: ¿cómo estás, de verdad? Nos enseñaron que es indiscreta, que abre puertas que más vale dejar cerradas. Los números sugieren lo contrario: lo que no preguntamos nos cuesta la vida de miles de personas.
En 2025, México registró 8,709 muertes por suicidio, una tasa de 6.7 por cada 100 mil habitantes, frente a 5.1 en 2015. Son casi 24 personas cada día. Mientras tanto, la tasa de homicidios bajó de 25.8 a 21.4 entre 2024 y 2025. Una violencia ocupa los titulares; la otra avanza sin ruido.

Caleb Ordoñez T.
No se reparte al azar. La tasa es de 10.9 entre los hombres y de 2.6 entre las mujeres, más de cuatro veces mayor. Tampoco respeta la juventud: entre los 15 y los 29 años hubo 3,318 suicidios, el 38.1 % del total, y es la tercera causa de muerte en ese grupo. En la adolescencia, el dato es más alarmante todavía: 821 personas de 10 a 17 años murieron así en 2025, la cifra más alta desde el año 2000, y entre las adolescentes la tasa casi se triplicó en veinticinco años, de 1.4 a 4.3.
¿Por qué? Ninguna estadística lo responde por completo, y desconfío de quien ofrece una sola causa. El suicidio rara vez es consecuencia de un único golpe. Es la suma de un dolor que se acumula y de un entorno que no lo ve. Lo que sí podemos decir es qué ingredientes se repiten.
El primero es la enfermedad mental sin atender. La depresión y la ansiedad severa son comunes, tratables y, aun así, muchas veces invisibles. El segundo es la geografía de los servicios: los especialistas se concentran en las ciudades grandes, y quien vive lejos tiene que invertir horas y dinero para conseguir una consulta, justo cuando le cuesta más dar cualquier paso. Los especialistas llevan años advirtiendo que la salud mental es una de las áreas más desatendidas del sistema público.
Tampoco basta con culpar a la violencia. Chihuahua (13.8) y Yucatán (13.7) encabezan las tasas de suicidio, pero Yucatán es el estado con menos homicidios del país, con una tasa de 2. Es solo un caso, no una prueba, pero invita a mirar más allá de la inseguridad: hacia el aislamiento, la precariedad, el consumo de alcohol y el duelo no resuelto.
Luego está la cultura. La brecha entre hombres y mujeres no es solo biología. A muchos varones se les educó para no quebrarse, para resolver con trabajo, silencio o cantina lo que debería hablarse. Ese mandato de aguantar les cierra la puerta a pedir ayuda justo cuando más la necesitan.
Y están los adolescentes, cuyo aumento nadie ha explicado del todo. Se señalan el acoso escolar, la presión académica, la soledad y la comparación constante en redes sociales, aunque el peso de cada factor se discute. Lo que sí sabemos es lo que falta: psicólogos en las escuelas y adultos que sepan qué decir cuando un hijo se encierra, deja de comer con la familia o cambia de golpe.
Todos estos factores tienen algo en común: crecen en el silencio. El tabú nos hace ocultar causas de muerte, cambiar de tema en el velorio y tratar la tristeza profunda como un asunto de carácter. Aísla a quien sufre y deja solos a quienes sobreviven.
Por eso, la primera medida no cuesta presupuesto. Preguntar con franqueza si alguien está pensando en hacerse daño no lo induce a hacerlo; muchas veces es el primer alivio que recibe en semanas. Escuchar sin juzgar, no responder con un «no es para tanto» y acompañar a la persona hacia un profesional son gestos al alcance de cualquiera. Los medios tenemos nuestra parte: informar sin detallar métodos, sin romantizar y con una vía de ayuda a la vista.
Pero la conversación sola no alcanza. Hacen falta más psicólogos, más clínicas fuera de las capitales y un presupuesto que corresponda a la dimensión del problema.
Las crisis suicidas, por intensas que sean, suelen ser pasajeras, y la mayoría de quienes reciben apoyo sigue adelante. Eso nos devuelve a la pregunta del principio. Hoy, con alguien cercano, hagámosla en serio. Y quedémonos a escuchar la respuesta.
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