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Opinión

Se minimiza deportaciones de venezolanos.

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Ciudad de México.- El canciller Marcelo Ebrard aseguró que el Gobierno de Estados Unidos solo ha deportado a algunos cientos de venezolanos tras el cambio en su política migratoria hacia los ciudadanos de ese país sudamericano.

Cuestionado sobre qué hará México para atender a esta población que ha sido devuelta a territorio nacional, dijo que se les ofrecerá refugio y solo serán repatriados aquellos que así lo quieran.

«Ayer (de Estados Unidos) regresaron 170, no son miles», aseguró el funcionario.

¿Qué van a hacer con ellos?, se le preguntó.

«Pues darles oportunidades, que ellos nos digan si quieren estar en México. Las opciones de México, ¿cuáles serían? Decirles en el puente: ‘no te admito’. Imagínate el problema que tendríamos en el puente. Y dos, repatriarlos, tampoco. Solo aquellos que quieran. Entonces, aquel que quiera quedarse en este país es bienvenido», respondió.

Ebrard, quien fue entrevistado tras participar en el séptimo Encuentro de Jóvenes de la Alianza del Pacífico, afirmó que en el país hay 77 mil venezolanos que ya son residentes.

Sobre el señalamiento de algunas organizaciones de la sociedad civil, que acusaron a México de colocar no un muro de concreto sino un despliegue policial para impedir el paso de los migrantes, el secretario de Relaciones Exteriores dijo que la política del país es darle acogida a todo aquel que lo necesite, pero no puede permitir que haya un tránsito indiscriminado.

«Nuestra política es esa. Si tú quieres estar en México es relativamente sencillo estar aquí, solo tienes que pedir una solicitud de refugio», sostuvo Ebrard.

«Con lo que no está de acuerdo el Gobierno de México es dejar que transite por el país un gran número de personas que no sabemos quiénes son. ¿Por qué?, porque no los podemos proteger, en primer lugar, y segundo, porque las arriesgas».

El pasado 12 de octubre, Estados Unidos cerro el ingreso a los venezolanos que lleguen a través de la frontera con México y regresó al País aquellos que habían cruzados en los últimos días.

Ayer, en la conferencia del presidente Andrés Manuel López Obrador, ofrecida en Ciudad Victoria, Tamaulipas, Ebrard informó que durante los primero cuatro días posteriores al cambio de política migratoria han sido devueltos mil 768 venezolanos.

«El primer día fueron 744, el día dos fueron 594, el día tres 251 y el día cuatro 179, como verán ustedes es un número decreciente, esto es en toda la frontera», detalló el canciller.

Opinión

El agua y la sed de poder. Por Caleb Ordóñez T.

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La crisis del agua en el norte de México ya dejó de ser un tema técnico. Hoy es un asunto político, económico y profundamente social. Porque cuando un país empieza a preguntarse si tendrá suficiente agua para producir, crecer y vivir, deja de hablar del clima y empieza a hablar de poder. En paralelo, México vive uno de sus momentos más prometedores en décadas con el boom del nearshoring, es decir, la decisión de empresas globales de mover sus fábricas más cerca de Estados Unidos para reducir costos, tiempos y riesgos. La narrativa suena poderosa: más inversión, más empleos, más desarrollo. Pero hay una pregunta incómoda que empieza a pesar más que cualquier discurso: ¿con qué agua se va a sostener ese crecimiento con la inminente sequía que viene?

Caleb Ordoñez

El nearshoring no funciona solo con tratados ni con entusiasmo económico. Necesita energía constante, infraestructura eficiente y enormes -inmensas- cantidades de agua. Y ahí aparece el verdadero problema: las regiones más atractivas para esta inversión son también las más presionadas por la sequía. Estados como Nuevo León, Chihuahua, Coahuila, Sonora, Baja California y Tamaulipas concentran esta paradoja. Son motores industriales, puertas de entrada al mercado estadounidense y piezas clave del nuevo mapa económico de América del Norte, pero al mismo tiempo enfrentan niveles de estrés hídrico cada vez más preocupantes. El norte del país se está volviendo más competitivo hacia afuera, pero más vulnerable hacia adentro.

Y no es solo que falte agua, sino cómo la usamos. En México, la mayor parte del consumo se destina al sector agropecuario, mientras la industria crece y las ciudades se expanden con rapidez. Los acuíferos, muchos ya sobreexplotados, no logran recuperarse al ritmo de la demanda. Aquí entra un concepto clave que pocas veces se explica con claridad: la disponibilidad de agua. No significa simplemente que exista agua en el territorio, sino que esté disponible de forma constante, accesible en costos, con calidad adecuada y con infraestructura suficiente para captarla, tratarla y distribuirla. Y hoy, en buena parte del norte del país, esa ecuación ya no está garantizada. El riesgo no es futuro, es presente.

Cuando el agua empieza a escasear, la política inevitablemente entra en escena. Para la presidenta Claudia Sheinbaum, este puede convertirse en uno de los temas más delicados de su administración. Porque el discurso de crecimiento impulsado por el nearshoring puede chocar directamente con la realidad cotidiana de millones de personas que empiezan a resentir cortes, baja presión o incertidumbre sobre el abasto. Y cuando la gente percibe que el desarrollo económico compite con su acceso a un recurso básico, el problema deja de ser técnico y se vuelve emocional.

Ahí es donde la oposición encuentra terreno fértil. En estados donde históricamente el PAN y el PRI han tenido estructuras políticas, empresariales y sociales muy sólidas (como Nuevo León, Chihuahua o Coahuila), una crisis de agua sostenida puede traducirse en algo muy concreto: voto de castigo. La narrativa es simple y poderosa: “llegó la inversión, pero se fue el agua”; “prometieron desarrollo, pero no aseguraron lo básico”. Y cuando esa percepción se instala en la conversación pública, los equilibrios políticos cambian. Morena no solo enfrenta un reto de gestión, enfrenta un reto de narrativa, que si no se preparan, será imposible de solucionar.

Pero hay algo todavía más delicado. El agua ya no solo genera escasez, empieza a generar tensión. Conflictos entre sectores productivos, entre comunidades, entre zonas urbanas y rurales. Cuando el recurso se vuelve limitado, también se vuelve motivo de disputas y violencia. Lo que hoy son señales de estrés mañana pueden convertirse en conflictos abiertos si no se actúa con visión de largo plazo.

Por eso este no es solo un problema de gobierno, es un reto de país. Cuidar el agua no puede quedarse en campañas o discursos, tiene que convertirse en cultura, en educación, en disciplina cotidiana. Tenemos que enseñar —y aprender— que el agua no es infinita, que abrir la llave no es automático, que cada decisión cuenta. Porque al final esto va mucho más allá de la política o la economía. Un país que no cuida su recurso más vital no solo pone en riesgo su crecimiento, pone en riesgo su estabilidad. Y cuando el agua empieza a escasear, lo primero que se seca no es la tierra, es la paciencia social.

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