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Si no resolvemos la inseguridad no vamos a ser recordados como buenos gobernantes: AMLO

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El presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que si no se resuelve el problema de inseguridad en el país, no será reconocido ni recordado como un buen gobernante, por lo que dijo que acepta el desafío de “garantizar la paz y la tranquilidad” en el país.

Durante la inauguración del cuartel de la Guardia Nacional en Villa Ahumada, Chihuahua, el mandatario afirmó que es consciente de que se puede avanzar mucho en el terreno económico, político y social.

“Estoy consciente que podemos avanzar mucho en el terreno económico, en lo político en el que cada vez haya más democracia en el terreno social, que haya un Estado de bienestar, que el mexicano tenga seguridad, protección desde que nace hasta que muere, desde la cuna hasta la tumba, y vamos hacia allá, pero si no resolvemos el problema de la inseguridad y de la violencia no vamos a ser reconocidos, recordados como buenos gobernantes”, puntualizó.

Aseguró que lo fundamental es el bienestar del pueblo, por lo que no se debe dejar de atender a los jóvenes y fomentar el empleo, el mejoramiento de los salarios, rescatar al campo del abandono, que exista justicia social en el país, lo que constituyen pilares para conseguir la paz.

Frente al gobernador de Chihuahua, Javier Corral, así como la secretaria de Seguridad y Protección Ciudadana, Rosa Icela Rodríguez Velázquez, los secretarios de Defensa y Marina, Luis Cresencio Sandoval y José Rafael Ojeda Durán, así como el responsable de la Guardia Nacional, Luis Rodríguez Bucio, dijo que uno de los mayores problemas que enfrenta el país es la corrupción.

“Nada ha dañado más a nuestro país que la deshonestidad de los gobernantes y la ambición de una minoría rapaz que se ha llegado a sentir dueña de México”, mencionó.

Otro de los problemas graves es la desigualdad, del que aseveró que es consecuencia de la corrupción: “Y la corrupción y la desigualdad nos han llevado a la violencia, porque ni modo que lo que se enfrenta de inseguridad y de violencia haya surgido de la nada o sólo porque los seres humanos, los mexicanos, somos malos por naturaleza”.

“Si llegamos a estos niveles de inseguridad y de violencia fue porque imperaba la corrupción y porque se abandonó al pueblo, se le dio la espalda a los mexicanos y los gobernantes se dedicaron a hacer negocios, a robar, por eso se abandonó a los jóvenes, se abandonó a la gente”, destacó.

El mandatario aseguró que no se puede resolver el problema de la inseguridad y de la violencia sólo con medidas coercitivas, “por más profesionalismo y disciplina y buenas instituciones de seguridad, como se tienen esta nueva institución la Guardia Nacional y las dos instituciones, que son pilares, que sostienen al Estado nacional: la Secretaría de la Defensa, la Secretaría de Marina”.

Reiteró que se consolidará a la Guardia Nacional y que mejorarán los salarios, las prestaciones y las instalaciones. “En todo el país ya hay 182 cuarteles, decía que en poco tiempo, y vamos a tener cerca de 500 cuarteles, instalaciones para la Guardia Nacional a finales del gobierno. Si ahora son 100 mil elementos, van a ser 145 mil elementos de la Guardia Nacional”, señaló.

Recordó su propuesta de que la Guardia Nacional dependa de la Secretaría de la Defensa Nacional y que en los próximos tres años su presupuesto aumentará en 50 mil millones de pesos.

“Ya la Guardia Nacional tiene una aceptación del 75 por ciento en poco tiempo y cada vez va a crecer más su prestigio, su fama como corporación que defiende al pueblo, que protege al pueblo”, previó el mandatario.

Opinión

Inzunza: la decadencia del favorito. Por Caleb Ordóñez T.

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Hay políticos que caen peleando. Hay políticos que caen defendiendo una causa. Y hay políticos cuya caída comienza mucho antes de que ellos mismos se den cuenta; cuando todavía sonríen en las fotografías oficiales y firman acuerdos con la soltura de quien cree que el futuro le pertenece.

La historia reciente de Enrique Inzunza Cázares parece pertenecer a esta última categoría.

Porque más allá de las acusaciones que enfrenta, más allá de los expedientes estadounidenses y más allá del ruido mediático que rodea a Sinaloa, hay algo que llama poderosamente la atención: Inzunza no se comporta como alguien que busca convencer al país de su inocencia. Se comporta como alguien atrapado en una partida de ajedrez donde cada movimiento tiene un único objetivo: sobrevivir un turno más. Viviendo en un eterno jaque.

Durante años fue presentado como uno de los hombres más inteligentes del círculo cercano de Rubén Rocha Moya. Jurista, magistrado, presidente del Supremo Tribunal de Justicia,

secretario general de Gobierno y después senador de la República. Su ascenso fue tan rápido que muchos (casi todos) dentro de Morena en Sinaloa, lo veían como una especie de gobernador en espera.

No era un político de masas. No era un gran orador. No era un líder carismático.

Su poder provenía de otra parte: de la operación silenciosa, del control institucional, de la cercanía con el grupo gobernante y de una influencia que crecía discretamente, lejos de los

reflectores, precisamente donde ese tipo de poder se cultiva mejor.

Por eso resulta tan revelador observar lo que ocurre hoy.Cuando un político es acusado injustamente, normalmente intenta salir a dar la cara. Busca entrevistas. Explica. Debate. Confronta. Construye una narrativa que lo sostenga mientras el

temporal amaina.

Inzunza ha hecho exactamente lo contrario.

Los números lo dicen con una frialdad que ningún argumento político puede disfrazar.

Desde el 29 de abril de 2026, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos hizo pública la acusación formal en su contra, Inzunza acumuló 21 días de ausencia en sesiones del Congreso. No pidió licencia. No renunció. Simplemente dejó de aparecer. Su única

reaparición fue una fotografía en redes sociales junto a su madre, con ubicación en Batequitas, Badiraguato. Un político que dice no tener nada que esconder, escondido. Y cuando finalmente habló, lo hizo desde X, con una frase que revela más de lo que oculta:

«Soy abogado de mí mismo y me basta mi probidad.» Es la declaración de alguien que no quiere testigos en su defensa.

Y en política las formas importan tanto como los hechos, porque la percepción pública rara vez se construye únicamente con documentos judiciales. También se construye observando

cómo reaccionan los protagonistas cuando el suelo comienza a moverse bajo sus pies.

Lo que proyecta Inzunza no es fortaleza. No transmite confianza. No parece un político concentrado en demostrar que las acusaciones son falsas.

Parece un político concentrado en administrar daños.

Esa imagen explica en buena medida por qué hoy se encuentra tan aislado. No porque Morena haya decidido abandonarlo de la noche a la mañana. No porque el Senado haya ejecutado una conspiración interna. Sino porque el propio Inzunza dejó de ser una apuesta

rentable.

La política es brutalmente pragmática. Los partidos respaldan a quienes generan votos, estabilidad o futuro. Cuando un liderazgo comienza a representar riesgo, incertidumbre o

desgaste, las distancias aparecen solas, sin reuniones, sin comunicados, sin rupturas formales. Simplemente aparecen.

Hace apenas unos meses su nombre figuraba entre los aspirantes más serios para suceder a Rocha en la gubernatura de Sinaloa. Hoy prácticamente nadie dentro del oficialismo habla de esa posibilidad. No porque exista una sentencia. No porque haya sido declarado culpable. Sino porque la candidatura dejó de ser viable.

Y en política la inviabilidad suele ser una condena mucho más rápida que cualquier resolución judicial.

Lo verdaderamente inquietante es que el caso de Inzunza trasciende a una sola persona.

Se convierte en un espejo incómodo para todo el sistema político mexicano.

Lo que hace singular el caso de Inzunza no es la acusación en sí. Es la arquitectura que describe. Según el expediente estadounidense, Inzunza habría acompañado al gobernador

Rocha Moya a una reunión con Los Chapitos tras las elecciones de junio de 2021, cuando

todavía era secretario general del gobierno estatal y en ese encuentro habrían acordado que el cártel tendría control sobre la Policía Estatal de Sinaloa. Si eso es cierto, no estamos

hablando de un funcionario que recibió un sobre. Estamos hablando de una negociación institucional: el Estado cediendo su monopolio de la fuerza a cambio de estabilidad política.

Eso es algo cualitativamente distinto, y más perturbador, que la corrupción individual de siempre. No es un hombre que se corrompió. Es una institución que se ofreció.

Por eso el caso Inzunza genera tanta atención. No solo por sus detalles particulares, sino porque representa el choque entre dos narrativas que México lleva años intentando reconciliar sin éxito: la del político exitoso que parecía destinado a gobernar uno de los

estados más importantes del país, y la del funcionario que termina convertido en símbolo de una crisis de confianza cada vez más profunda.

Su tragedia política no consiste únicamente en las acusaciones.

Consiste en haber perdido aquello que realmente construye el poder: la credibilidad.

Cuando la gente deja de creer en tu futuro, el poder comienza a evaporarse. Cuando tus aliados dejan de apostar por ti, el aislamiento se vuelve inevitable. Cuando tu nombre genera más preguntas que certezas, las puertas empiezan a cerrarse, no con portazos, sino con la silenciosa delicadeza con que se cierra una puerta frente a alguien a quien ya no se espera.

Por eso Enrique Inzunza muy probablemente ya no será gobernador de Sinaloa. No porque un

juez lo haya decretado. No porque un partido lo haya expulsado. Sino porque la política mexicana ya comenzó a actuar como si ese futuro hubiera desaparecido.

Y pocas cosas son más devastadoras para un político que seguir ocupando un cargo mientras todos a su alrededor se comportan como si su historia ya hubiera terminado.

Esa es la verdadera decadencia.

No perder el poder. Sino ver cómo el poder te abandona: despacio, en silencio, sin siquiera molestarse en despedirse.

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